La casa sin espejos

CAPÍTULO 6: La biblioteca mutilada

Adrián no negó reconocer la letra.

Eso fue lo peor.

Nora lo vio en su cara antes de que él pudiera ordenar una respuesta.

La rigidez en los hombros.

La forma en que dejó de mirar el dibujo.

El segundo exacto en que sus ojos fueron hacia la frase y luego se apartaron.

Esta vez no dejes que él te salve.

Nora recogió el libro del suelo.

—La reconoces.

Adrián no contestó.

—¿De quién es?

—No estoy seguro.

—Mientes.

—No del todo.

—No me importa la parte que sea técnicamente cierta.

Adrián se pasó una mano por el rostro.

—Nora...

—Dime quién escribió esto.

El silencio volvió a llenarlo todo.

La biblioteca parecía más grande de noche.

Las lámparas encendidas de golpe proyectaban círculos amarillos sobre las mesas, pero entre las estanterías seguía habiendo corredores de sombra.

Nora sostuvo el libro abierto.

—¿Lucía?

Adrián cerró los ojos un instante.

Y esa pausa bastó.

—Es de ella.

Él no respondió.

—Adrián.

—Se parece.

—¿A su letra?

—Sí.

Nora miró la frase otra vez.

—Entonces está viva.

—No lo sé.

—Alguien escribió esto.

—Ese libro estaba aquí antes que Lucía.

—Pero ella pudo escribir dentro.

—No en esa página.

Nora levantó la vista.

—¿Por qué?

Adrián se acercó.

No tanto como para invadirla.

Lo suficiente para ver el dibujo.

—Porque esa página no estaba.

—¿Qué?

—El libro estaba incompleto.

—¿Lo habías visto?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Hace años.

Nora sintió que otra capa de paciencia se le desprendía.

—¿Cuántos años?

Adrián miró el volumen.

—Muchos.

—Muy útil.

—Antes de Lucía.

Nora pasó varias páginas.

Los bordes eran irregulares.

Algunas habían sido arrancadas.

Otras estaban cortadas cerca del lomo.

—Esto estaba mutilado.

—Sí.

—¿Quién arrancó las páginas?

Adrián negó con la cabeza.

—No lo sé.

—Otra vez.

—Porque es verdad.

Nora dejó el libro sobre la mesa.

—Entonces vamos a hacerlo diferente.

Adrián levantó una ceja.

—¿Cómo?

—Yo pregunto. Tú respondes solo lo que sabes con certeza. Sin protegerme, sin decidir qué debería entender, sin medias verdades.

—Eso suena bastante unilateral.

—También puedo volver a la puerta negra sola.

—De acuerdo.

La respuesta fue inmediata.

Nora casi sonrió.

—Bien.

Se sentó.

Adrián permaneció de pie.

—Primera pregunta. ¿Lucía escribió notas en los libros?

—Sí.

—¿Muchas?

—No lo sé. Encontré tres.

—¿Qué decían?

Adrián vaciló.

Nora lo miró.

—Con certeza.

—Una decía que mi madre mentía sobre la fecha de la maldición.

—¿Y las otras?

—Otra hablaba de un espejo en el ala oeste.

—¿Cuál?

—No especificaba.

—La tercera.

Adrián guardó silencio.

—La tercera —repitió Nora.

—Decía que yo recordaba cosas que no había vivido.

Nora se quedó quieta.

Uno de los misterios que ya la inquietaban tomó forma.

—¿Es verdad?

Adrián miró hacia las estanterías.

—Sí.

—Explícalo.

—No puedo.

—¿Porque no sabes?

—Porque no sé cómo.

Nora apoyó los brazos sobre la mesa.

—¿Qué recuerdas?

Adrián tardó más esta vez.

—Una habitación con cortinas rojas. Un jardín cubierto de nieve. Una mujer cantando junto a un espejo.

—¿Leonor?

—No sé.

—¿Clara?

Adrián no contestó.

—¿La conociste?

Él levantó la mirada.

—Sí.

Nora sintió un golpe bajo las costillas.

—¿A Clara Valdoria?

—Sí.

—¿Y no pensabas decírmelo?

—No sabía que era antepasada tuya.

—Pero conocías el apellido.

—No lo recordaba.

Nora soltó una risa seca.

—Ciento cincuenta y tres años y justo olvidas ese detalle.

—No funciona así.

—¿Qué no funciona así?

Adrián se apoyó en el respaldo de una silla.

—La memoria.

Su voz había cambiado.

Más baja.

Menos defensiva.

—No recordamos todo. A veces los años se mezclan. Hay períodos enteros que desaparecen. Rostros que se vuelven imprecisos. Voces que se quedan aunque olvides a quién pertenecían.

Nora no dijo nada.

Adrián continuó:

—Y hay recuerdos que vuelven sin permiso.

—¿Los de Clara?

—Algunos.

—¿Por qué?

—No sé.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace diecisiete años.

Otra vez ese número.

Nora lo miró fijamente.

—Desde que nací.

Adrián no respondió.

Ella sintió una corriente fría recorrerle la espalda.

—¿Empezaste a recordar a Clara cuando yo nací?

—No sabía que tú habías nacido.

—Pero ocurrió ese año.

—Sí.

—¿Qué recordaste primero?

Adrián bajó los ojos.

—Su voz.

—¿Qué decía?

Él tardó.

—Mi nombre.

Nora se quedó inmóvil.

Por alguna razón, aquello la inquietó más que el resto.

—¿Cómo?

—Como si me llamara desde otra habitación.

Nora pensó en la puerta.

En la voz diciendo su nombre.

—¿Y después?

—Una escalera.

—¿Esta?

—No.

—¿Dónde?

—No la reconozco.

—¿Algo más?

Adrián apretó la mandíbula.

—Sangre en un espejo.

Nora dejó de respirar.

—¿De quién?

—No lo sé.

—¿Clara murió?

—No la vi morir.

—¿Desapareció igual que Lucía?

—No exactamente.

—¿Qué significa eso?

Adrián se separó de la silla.

—Significa que la noche del incidente de 1891 hubo un incendio pequeño en el ala oeste. Leonor quedó inconsciente. Clara desapareció. Al día siguiente faltaban varios espejos y casi todas las páginas relacionadas con el pacto.

Nora miró los libros mutilados.

—Así que las arrancaron entonces.




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