La casa sin espejos

CAPÍTULO 7: Flores sin sol

Nora se volvió tan rápido que chocó con Adrián.

Detrás no había nadie.

Solo plantas.

Hojas.

Sombras.

—La vi.

Adrián miró el cristal.

—¿A quién?

—Lucía.

—¿Estás segura?

—Sí.

—¿Cómo sabes que era ella?

Nora levantó la fotografía.

—Era la misma chica.

Adrián se acercó al vidrio.

El vaho lo cubría casi por completo.

—¿Dónde?

—Detrás de mi reflejo.

Él pasó una mano por la superficie.

La condensación desapareció.

Nada.

—Lucía no puede reflejarse ahí si no está...

Se interrumpió.

Nora lo miró.

—¿Si no está qué?

Adrián apartó la mano.

—Olvídalo.

—No.

—Nora.

—Termina.

Él guardó silencio.

Ella comprendió.

—¿Si no está viva?

Adrián no respondió.

Nora miró otra vez el cristal.

—¿Crees que murió?

—Creo que algo le ocurrió.

—No es lo mismo.

—No.

—¿Y si está atrapada?

Adrián la miró.

—¿Dónde?

Nora señaló la fotografía del espejo.

—Ahí.

—No sabemos qué es ese espejo.

—Precisamente.

Una hoja cayó cerca.

Luego otra.

Nora levantó la vista.

Las plantas del techo se estaban marchitando.

No lentamente.

Delante de ellos.

Las hojas verdes se doblaban.

Perdían color.

Las flores blancas de una enredadera se cerraron y oscurecieron.

Adrián retrocedió.

—Tenemos que salir.

—¿Por qué?

—Ahora.

Nora ya había aprendido a reconocer cuándo no discutía por control, sino por miedo.

Lo siguió.

Apenas alcanzaron la puerta cuando una vid cayó desde arriba.

Golpeó el suelo donde Nora había estado un segundo antes.

Adrián abrió.

Ambos salieron al corredor cubierto.

Cerró de golpe.

El vidrio tembló.

Dentro, las plantas siguieron muriendo.

Nora observó horrorizada.

En menos de un minuto, el invernadero pasó de verde intenso a una masa oscura de tallos vencidos.

—¿Qué ha pasado?

Adrián respiraba rápido.

—No sé.

—No me digas eso.

—No había ocurrido antes.

Nora miró las flores.

—Helena dijo que las flores se marchitan rápido.

—Sí.

—¿Pero así?

—No.

Nora pensó en su llegada.

Las hortensias.

Ya marchitas.

—Empezó cuando llegué.

Adrián no respondió.

—¿Verdad?

—No lo sé.

—Adrián.

—Las flores del vestíbulo duraban días. Desde ayer duran horas.

Nora sintió un nudo en el estómago.

—Entonces sí.

—Eso no significa que tú lo causes.

—La puerta apareció. Los relojes se movieron. Las flores mueren.

—También puede significar que algo reacciona a ti.

—Qué alivio.

Adrián apoyó una mano en la pared.

Parecía cansado.

Nora lo observó.

—¿Todavía te afecta haber salido al sol?

—Sí.

—¿Cuánto tarda en pasar?

—Depende.

—¿De qué?

—De cuánto tiempo estuve fuera.

—Fueron minutos.

—Para nosotros basta.

Nora miró sus manos.

Ya no parecían quemadas.

Pero la piel seguía más pálida de lo normal.

—¿Por qué saliste?

Adrián la miró.

—Porque estabas allí.

La respuesta fue demasiado sencilla.

Nora apartó la vista.

—Podías haber llamado a alguien.

—No había tiempo.

—Podías dejar que me asustara y volviera sola.

—No sabías qué había entre los árboles.

—Tú tampoco.

—Sabía suficiente.

Nora se cruzó de brazos.

—¿Qué era?

Adrián dudó.

—No uno de nosotros.

—Eso ya lo sé.

—Puede ser alguien que perdió demasiado de sí mismo.

—¿Otro vampiro?

—Algo parecido.

—Eso no responde nada.

Adrián apoyó la espalda contra la pared.

—La sed cambia con los años.

Nora guardó silencio.

—Algunos aprenden a controlarla —continuó él—. Otros no quieren hacerlo. Y algunos pasan tanto tiempo alimentándose sin límites que dejan de parecer humanos incluso cuando intentan hacerlo.

Nora recordó la mano pálida en el árbol.

—¿Vive aquí?

—No dentro.

—¿Entonces?

—En los terrenos.

—¿Tu familia lo permite?

—No podemos echarlo.

—¿Por qué?

Adrián miró hacia el invernadero.

—Porque estaba aquí antes que nosotros.

Nora sintió frío.

—¿Antes que los Varela?

—Sí.

—¿Qué es?

—No lo sé.

Ella soltó aire.

—De acuerdo. Esa frase ya empieza a tener personalidad propia.

Adrián sonrió cansado.

—Lo siento.

—¿Ataca?

—A veces.

—¿A personas?

—Sí.

—¿Y me contrataron sabiendo que algo así vive afuera?

—No puede entrar en la casa.

—¿Por qué?

—No está invitado.

Nora recordó una de las reglas.

Un vampiro no puede entrar en ciertos lugares si alguien vivo no lo invita.

—¿La casa necesita una persona viva para mantenerlo fuera?

Adrián levantó la mirada.

El silencio fue suficiente.

—Eso es parte de por qué estoy aquí.

—No lo sé.

—Pero lo sospechas.

—Sí.

—¿Lucía era esa persona?

Adrián miró el suelo.

—Tal vez.

Nora sintió rabia.

—La trajeron para usarla.

—No sé si al principio.

—¿Y a mí?

—No pienso dejar que te usen.

Nora lo miró.

—No puedes prometer eso.

—No.

—Entonces no lo hagas.

Adrián sostuvo su mirada.

—Está bien.

La respuesta le gustó más que una promesa.

A la mañana siguiente, el invernadero estaba cerrado.

Helena había prohibido entrar.

Eso, naturalmente, convirtió el lugar en la primera cosa que Nora quería investigar.

Pero durante el desayuno no dijo nada.

La familia estaba reunida.

Gabriel leía un periódico que parecía más una excusa que una actividad.

Irene bebía algo de una taza oscura.

Adrián no estaba.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.