La casa sin espejos

CAPÍTULO 8: La chica que se fue

La sonrisa apareció primero.

Después los ojos.

Luego el contorno del rostro.

Nora no se movió.

La imagen de Leonor se formaba directamente sobre la pared, como si la pintura estuviera emergiendo desde debajo del yeso.

No había marco.

No había lienzo.

Solo una mujer que no debería estar allí.

—¿Está viva? —preguntó Nora.

Nadie respondió.

Adrián miraba la pared con una expresión que ella no sabía interpretar.

No era solo miedo.

Había reconocimiento.

Y algo parecido a culpa.

—Adrián.

Él no apartó los ojos del retrato.

—No.

—¿No qué?

—No está viva.

Helena habló casi al mismo tiempo:

—No lo sabemos.

Nora se volvió hacia ella.

—¿Cómo pueden no saber si alguien murió hace más de cien años?

—Porque con Leonor nada terminó de una forma normal.

—Muy tranquilizador.

Gabriel avanzó hacia la pared.

—No debería haber regresado.

Irene, que había aparecido detrás de Adrián sin que Nora la oyera entrar, soltó una risa corta.

—Llevamos diciendo eso desde 1891.

Helena se volvió.

—Te dije que no entraras.

—Y sin embargo aquí está el retrato de una muerta apareciendo solo. Me pareció una ocasión familiar.

Nora miró otra vez la imagen.

Leonor era joven.

No mucho mayor que Irene.

Quizá veintitrés.

Veinticinco.

Llevaba un vestido oscuro, de cuello alto.

Una mano descansaba sobre el respaldo de una silla.

La otra sostenía algo.

Nora entrecerró los ojos.

—¿Qué tiene en la mano?

Gabriel se acercó.

—Antes era una flor.

—Ya no.

La mancha comenzó a definirse.

No era una flor.

Era una llave.

Pequeña.

De hierro oscuro.

Nora llevó una mano al bolsillo de la mochila casi por instinto.

Helena lo vio.

—Nora.

Ella no respondió.

—¿Tienes la llave contigo?

—¿Por qué?

—Porque es esa.

Nora sintió un escalofrío.

Sacó la llave.

Todos la miraron.

Irene fue la primera en hablar.

—Interesante.

—¿Qué?

—Nunca la habíamos encontrado.

Nora apretó los dedos alrededor del metal.

—Estaba en mi almohada.

Gabriel se acercó un paso.

—Déjame verla.

—No.

—Nora.

—Hasta hace una hora ni siquiera admitían que mi llegada estaba planeada.

Helena cerró los ojos.

—Eso no cambia lo que es.

—¿Y qué es?

Gabriel respondió:

—La llave de la habitación de Leonor.

Nora miró el retrato.

La mujer pintada sonreía.

—¿La habitación de la puerta negra?

—No.

Adrián habló en voz baja.

—La habitación circular.

Nora lo miró.

—¿Cuál?

Irene cruzó los brazos.

—La que no tiene ventanas.

Nora recordó las reglas de la casa.

Habitaciones cerradas.

Ala oeste.

Puertas que aparecían.

Espejos ocultos.

—¿Está en el ala oeste?

—Sí —dijo Gabriel.

Helena añadió:

—Y no vas a entrar.

Nora soltó una risa cansada.

—Ya no creo que eso dependa completamente de ustedes.

Como si la casa quisiera darle la razón, un golpe sonó dentro de la pared.

Uno.

Después otro.

El retrato vibró.

La llave pintada en la mano de Leonor pareció oscurecerse.

Nora sintió calor en la palma.

Miró la llave real.

Estaba tibia.

—Adrián.

Él ya la había visto.

—Suéltala.

Nora abrió la mano.

La llave cayó sobre la alfombra.

No hizo ruido.

El metal estaba casi rojo.

Helena dio un paso atrás.

—Nunca hizo eso.

—¿Cuántas veces la han visto? —preguntó Nora.

—Una.

Gabriel respondió sin apartar los ojos del objeto.

—En 1891.

—¿Quién la tenía?

Silencio.

Nora entendió antes de escuchar la respuesta.

—Clara.

Gabriel asintió.

—Sí.

Nora miró a Adrián.

—¿Y desapareció con ella?

—Eso creíamos.

—Hasta que apareció en mi cama.

Nadie respondió.

Irene se acercó lentamente a la llave.

Adrián se interpuso.

—No.

—Solo voy a mirar.

—Desde ahí.

Irene arqueó una ceja.

—¿Ahora la proteges de mí?

—Sí.

El gesto hizo que Nora lo mirara.

Irene también.

Durante un instante los hermanos permanecieron frente a frente.

—Qué rápido —dijo ella.

—No empieces.

—Solo observo.

Nora intervino.

—No necesito que nadie discuta sobre mí como si no estuviera.

Irene sonrió.

—Eso me gusta de ti.

—No creo que el sentimiento sea mutuo.

—Todavía.

Helena señaló la puerta.

—Todos fuera.

—¿Por qué? —preguntó Nora.

—Porque vamos a cerrar este salón.

—El retrato acaba de aparecer en una pared.

—Precisamente.

—Entonces quiero verlo.

—No.

Nora respiró hondo.

—Helena.

La mujer la miró.

—No me vuelva a pedir obediencia sin información.

La tensión entre ambas duró varios segundos.

Finalmente Gabriel habló.

—Quédate.

Helena se volvió hacia él.

—No.

—Ya está dentro.

—Eso no significa...

—Está dentro desde que cruzó la verja.

Silencio.

La frase dejó algo pesado en el aire.

Nora la guardó.

—¿Qué significa eso?

Gabriel miró hacia la pared.

—Que ya no sirve fingir que puede mantenerse al margen.

Helena apretó la mandíbula.

Pero no volvió a pedirle que se fuera.

El retrato terminó de formarse veinte minutos después.

Nadie tocó la pared.

La imagen era completa.

Leonor aparecía de pie en una habitación circular.

Nora lo comprendió por la curvatura de la pared detrás.

No había ventanas.

Sí había espejos.

Muchos.

Todos cubiertos.

Excepto uno.

El que estaba detrás de Leonor.

En él no se veía su reflejo.




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