La lluvia empezó antes del mediodía.
No una tormenta.
Una lluvia fina, constante, que convertía el jardín en una sucesión de sombras grises.
Nora estaba sentada junto a la ventana de su habitación.
No la abrió.
Ya no por obediencia.
Por prudencia.
En sus manos tenía una fotografía de Lucía.
La chica sonreía frente al invernadero.
Parecía normal.
Viva.
Nora no conseguía dejar de pensar en la frase.
NO SÉ SI SIGO VIVA.
Adrián había bajado a hablar con su madre.
Nora no quiso ir.
Si veía a Helena en ese momento, probablemente terminaría gritándole.
Necesitaba pensar.
Lucía no se había ido.
La habían perdido dentro de la misma propiedad.
Y, al menos durante seis días, Helena había sabido que seguía allí.
¿Por qué fingir lo contrario?
Por miedo.
Por vergüenza.
O porque lo que le había ocurrido a Lucía formaba parte de algo que la familia ya conocía.
Un golpe suave sonó en la puerta.
Nora no respondió.
Otro.
—Soy yo.
Adrián.
—Eso no mejora mucho tus probabilidades.
—Lo sé.
Nora dudó.
Luego abrió.
Adrián estaba mojado.
No empapado.
Pero tenía gotas en el cabello y el jersey oscuro pegado a los hombros.
—¿Saliste?
—Al patio interior.
—¿Con este tiempo?
—No me afecta igual que el sol directo.
Nora se apartó.
—Pasa.
Él entró.
Miró la ventana.
—¿Puedo?
—¿Qué?
—Sentarme.
Nora señaló la silla.
—Qué formal.
Adrián se sentó.
Durante varios segundos ninguno habló.
La lluvia golpeaba el cristal.
Nora miró hacia afuera.
—¿Qué dijo Helena?
—Que no sabía dónde estaba Lucía.
—Pero sabía que seguía en la propiedad.
—Sí.
—¿Y por qué mintió?
Adrián bajó los ojos.
—Porque cuando empezó a verla, pensó que no era realmente Lucía.
Nora lo miró.
—¿Qué era entonces?
—Un eco.
—¿Qué significa eso?
—No estoy seguro.
Nora suspiró.
Adrián continuó:
—Después del incidente de 1891 hubo personas que aseguraron ver a Clara.
—¿Después de desaparecer?
—Sí.
—¿Dónde?
—En espejos. Ventanas. Al fondo de pasillos.
—Igual que Lucía.
—Sí.
—¿Helena pensó que Lucía estaba muerta?
—Pensó que la casa estaba reproduciendo su imagen.
Nora sostuvo la fotografía.
—Pero Esteban le llevaba comida.
—Sí.
—Entonces él creía que estaba viva.
—Sí.
—¿Y tu madre?
—No quiso arriesgarse a acercarse.
Nora soltó una risa sin humor.
—Qué generosa.
Adrián no la defendió.
Eso le gustó.
—Esteban dijo que Lucía comía algunas veces —añadió.
Nora se volvió.
—¿Entonces estaba viva?
—Probablemente.
—¿Probablemente?
—A veces la comida desaparecía. Otras quedaba intacta.
—¿Por qué no la sacaron?
—La puerta de la trampilla no se abría desde arriba cuando intentaban bajar.
—Nosotros la abrimos.
—Sí.
—Porque yo estoy aquí.
—Quizá.
Nora miró la lluvia.
—Todo vuelve a mí.
—Parece que sí.
—Odio eso.
—Lo sé.
—No quiero ser una pieza de vuestra historia.
—No tienes por qué serlo.
Nora lo miró.
—Ya lo soy.
Adrián no respondió.
La lluvia aumentó.
Las gotas formaron caminos sobre el vidrio.
—¿Por qué las ventanas tienen que permanecer cerradas?
—Por varias razones.
—Dame la principal.
Adrián miró hacia el cristal.
—La casa conserva lo que ocurre dentro.
—Eso no responde.
—Las ventanas son límites.
—Como la verja.
—Algo parecido.
—¿Qué pasa si se abre una?
—Depende.
Nora esperó.
—¿De qué?
—De quién esté cerca.
—Eso suena mal.
—Lo es.
—¿Entraría la cosa del jardín?
—No necesariamente.
—Entonces ¿qué?
Adrián se levantó.
Se acercó a la ventana.
No tocó el cristal.
—A veces las casas viejas retienen pactos.
—Ya me dijeron eso.
—Las paredes importan. Las puertas importan. Los umbrales.
—Y las ventanas.
—Sí.
—¿Porque son una salida?
—Porque son una invitación.
Nora sintió un escalofrío.
—¿A qué?
Adrián la miró.
—A mirar dentro.
La frase quedó suspendida.
Nora observó la ventana.
De repente ya no parecía simplemente un vidrio.
—¿Algo nos observa desde fuera?
—A veces.
—¿Lo que vi entre los árboles?
—Tal vez.
—¿Y si abro?
—Puede verte mejor.
Nora soltó una risa nerviosa.
—Eso es absurdamente inquietante.
—Lo sé.
—¿Por qué no tapiarlas?
—La casa necesita luz.
—¿Los vampiros también?
—No tanta.
—Muy gracioso.
—Gracias.
Nora miró hacia él.
La cercanía le resultaba extraña.
Había pasado demasiado tiempo pensando en Adrián como peligro.
Pero en aquella habitación parecía solo un chico cansado.
Un chico que había vivido demasiado.
—¿Clara te quería?
La pregunta salió sola.
Adrián se quedó inmóvil.
Nora casi se arrepintió.
—No tienes que...
—Sí.
La respuesta fue baja.
—Creo que sí.
—¿Crees?
—Con el tiempo empiezas a desconfiar incluso de recuerdos buenos.
Nora bajó la mirada.
—¿Y tú?
—Sí.
—Mucho.
Adrián sonrió apenas.
—Demasiado para alguien que llevaba poco tiempo viva.
Nora sintió algo difícil de nombrar.
Celos no.
No podía ser.
Curiosidad.
Tal vez.
—¿Cómo era?
Adrián volvió a sentarse.
—Te parecería irritante.
—Entonces nos llevaríamos bien.
Él sonrió.
—Probablemente.
—¿Se parecía a mí?
La sonrisa desapareció.
—Un poco.
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Editado: 30.09.2026