Adrián evitó a Nora durante todo el día.
No de una forma discreta.
Desapareció.
No estaba en el comedor.
No estaba en la biblioteca.
No estaba en el salón norte.
Cuando Nora preguntó por él, Esteban respondió que no sabía dónde estaba.
Irene sonrió y dijo:
—Está haciendo lo que siempre hace cuando algo le importa demasiado.
—¿Qué?
—Irse.
Nora no respondió.
No quería que aquello le doliera.
Y, sin embargo, le dolía.
No porque Adrián hubiera salido de su habitación.
No porque hubiera evitado hablar con ella.
Sino porque la conversación junto a la ventana había cambiado algo.
Hasta entonces, Adrián era parte del misterio.
Una pieza más.
Peligrosa.
Atractiva en una forma que Nora no quería analizar.
Pero separable de ella.
Después de la lluvia, ya no.
Había visto miedo en él.
Culpa.
Soledad.
Y durante unos segundos, justo antes de que la criatura apareciera en el cristal, había sentido que podían entenderse.
Ahora lo odiaba un poco por haber roto eso tan rápido.
También se odiaba por echarlo de menos.
Así que hizo lo que mejor sabía hacer.
Trabajar.
Pasó la mañana revisando los libros dañados.
No encontró más notas de Lucía.
Sí encontró algo diferente.
Un patrón.
Las páginas arrancadas no estaban dispersas al azar.
Casi todas aparecían cerca de referencias a cuatro palabras:
espejo.
recuerdo.
vínculo.
heredero.
Nora creó una lista.
Luego otra con las fechas.
Las últimas tres la incomodaron.
Su madre.
Ella.
Ahora.
No podía ser casualidad.
En uno de los libros encontró una anotación parcialmente borrada.
El vínculo no se transmite por apellido, sino por...
La palabra siguiente estaba raspada.
Nora pasó el dedo sin tocar directamente la superficie.
Podría ser sangre.
Memoria.
Promesa.
No sabía.
Cerró el libro.
La puerta se abrió.
Helena entró.
Nora no levantó la cabeza.
—Si vienes a decirme que deje de investigar, llegas tarde.
—No.
Nora siguió escribiendo.
—Eso es nuevo.
Helena permaneció junto a la puerta.
—Quiero hablar contigo.
—¿Ahora sí?
—Sí.
Nora dejó el lápiz.
—Adelante.
Helena se acercó.
No parecía tan impecable como de costumbre.
Llevaba el cabello suelto.
Una arruga marcaba la manga de su blusa.
Pequeñas cosas.
Pero en Helena parecían enormes.
—Adrián no debió contarte lo de Clara de esa manera.
—Al menos me lo contó.
—Sí.
—¿Tú pensabas hacerlo?
Helena sostuvo su mirada.
—Eventualmente.
Nora soltó una risa.
—Odio esa palabra casi tanto como “después”.
Helena no se ofendió.
—Clara no fue llevada aquí para ser sacrificada.
—Pero la retuvieron.
—Sí.
—El registro dice “no permitir salida”.
—Lo sé.
—Entonces no intentes hacerlo parecer menos grave.
Helena respiró despacio.
—No voy a hacerlo.
Nora se sorprendió.
—Bien.
—Mi familia estaba desesperada.
—Eso tampoco lo justifica.
—No.
Otra respuesta inesperada.
Nora la observó con más atención.
Helena parecía cansada.
No físicamente.
Algo más profundo.
—¿Qué querían de Clara?
—Cerrar el pacto.
—Eso ya lo sé.
—No sabes qué significa.
—Entonces explícalo.
Helena miró hacia las estanterías.
—La casa no pertenecía originalmente a los Varela.
Nora esperó.
—¿A Leonor?
—Tampoco.
Helena tomó asiento.
—Antes de esta casa había otra.
—¿Aquí?
—En parte.
—Eso suena extraño.
—Porque lo es.
Nora se sentó frente a ella.
—Sigue.
—La propiedad pertenecía a una familia llamada Valcárcel.
El apellido no le decía nada.
—¿Humanos?
Helena la miró.
—Sí.
—¿Qué pasó?
—Hicieron un pacto.
—¿Con quién?
—No lo sabemos.
Nora suspiró.
Helena continuó antes de que pudiera interrumpir.
—Sabemos el resultado. La casa empezó a retener recuerdos. Después, personas. Luego algo cambió en quienes vivían aquí.
—¿Se convirtieron en vampiros?
—No exactamente.
—Entonces ¿cómo entran ustedes?
Helena tardó.
—Mi familia llegó después.
—¿Por qué?
—Porque los Valcárcel necesitaban ayuda.
—¿Y ustedes podían darla?
—Creímos que sí.
Nora la miró.
—¿Ya eran vampiros?
Helena negó.
—No.
La respuesta la dejó inmóvil.
—¿La casa los convirtió?
—No directamente.
—Entonces...
Helena bajó la voz.
—El pacto salió mal.
Nora sintió un escalofrío.
—¿Qué hicieron?
—Intentamos absorber parte de la deuda.
—¿Cómo?
—Con sangre.
Nora dejó de moverse.
—Sangre de quién.
—Nuestra.
—¿Y eso los cambió?
—Sí.
Nora pensó en Adrián.
Ciento cincuenta y tres años.
En Irene.
En Gabriel.
En Helena.
—¿Leonor hizo el pacto?
—No el primero.
—Entonces ¿por qué todos hablan de su maldición?
—Porque intentó corregirlo.
—Y lo empeoró.
Helena no respondió.
—Claro.
Nora apoyó las manos sobre la mesa.
—¿Y Clara?
—Descendía de los Valcárcel.
Nora se quedó inmóvil.
—Entonces yo también.
—Sí.
—¿ Valdoria es una rama?
—Por línea materna.
Nora pensó en su abuela.
En su madre.
En sí misma.
—¿Mi madre sabe algo?
—No.
—¿Estás segura?
—Sí.
—¿La vigilaban?
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Editado: 30.09.2026