Adrián tardó casi una hora en recuperarse.
Nora no llamó a Helena.
Él se lo pidió.
No como una orden.
Como una súplica.
—No quiero que lo sepan todavía.
Nora lo ayudó a sentarse.
—¿Por qué?
—Porque mi madre decidirá qué significa antes de que yo pueda recordarlo.
—Eso no suena tan terrible.
—Lo es cuando lleva un siglo haciéndolo.
Nora no discutió.
Se sentó en el suelo frente a él.
La habitación seguía vacía.
La tarde había oscurecido por las nubes.
La ventana permanecía cerrada.
—¿Qué viste exactamente?
Adrián apoyó la cabeza contra la pared.
—Fragmentos.
—¿Los mismos?
—No.
—Entonces empieza.
Él la miró.
—Tienes una obsesión poco saludable con interrogar vampiros.
—Tengo una obsesión poco saludable con no morir.
—Justo.
Nora esperó.
Adrián respiró hondo.
—Clara estaba en la habitación circular.
—Eso ya lo sabíamos.
—Pero no estaba prisionera.
—¿Segura?
—Sí.
—¿Cómo lo sabes?
—La puerta estaba abierta detrás.
Nora frunció el ceño.
—Podía salir.
—Sí.
—¿Y no lo hizo?
—No.
—¿Por qué?
—Miraba el espejo.
—El de Leonor.
—Creo.
—¿Y tú?
—Estaba detrás.
—Con la llave.
—Sí.
Nora pensó en el retrato.
Leonor sosteniéndola.
Clara reflejada detrás.
—¿Qué decía?
Adrián cerró los ojos.
—“Falta una sangre”.
Nora sintió un escalofrío.
—¿Qué significa?
—No lo sé.
—¿Algo más?
—Sí.
Esperó.
—Dijo: “No pueden cerrar lo que nunca debió existir”.
Nora permaneció callada.
—Después me pidió que abriera el espejo.
—¿Abrir un espejo?
—No sé cómo.
—La llave.
—Sí.
Nora sintió que la pieza encajaba.
—Entonces la llave no abre la habitación.
Adrián la miró.
—Puede abrir el espejo.
—Y la voz detrás de la puerta quería que se la devolviera.
—Sí.
—Entonces algo está atrapado detrás.
—Probablemente.
Nora respiró despacio.
—¿Leonor?
—Tal vez.
—¿Clara?
Adrián no respondió.
Nora entendió que esa posibilidad lo aterrorizaba.
—¿Qué ocurrió después?
—Le dije que no.
—¿Por miedo?
—Sí.
—¿Y ella?
Adrián tragó saliva.
—Se enfadó.
Nora casi sonrió.
—Parece familia mía.
—Sí.
La respuesta salió demasiado rápida.
Ambos se quedaron en silencio.
—¿Qué más?
Adrián miró sus manos.
—Me dijo que si no abríamos el espejo esa noche, la deuda pasaría a otra generación.
Nora sintió frío.
—A mí.
—No dijo tu nombre.
—Pero pasó.
—Sí.
—¿Y entonces?
—Discutimos.
—¿La ventana?
—Eso fue antes.
—Entonces la criatura ya había entrado.
—Sí.
Nora se puso tensa.
—¿Qué era?
—No lo sé.
—¿Apareció en la habitación circular?
—No recuerdo.
—¿Quién abrió la ventana?
—Yo.
—Porque Clara te lo pidió.
—Sí.
—¿Por qué?
Adrián apretó la mandíbula.
—Quería dejar entrar a alguien.
Nora sintió un escalofrío.
—¿A quién?
—No sé.
—La criatura.
—Tal vez.
—¿Y si no era un enemigo?
Adrián la miró.
—¿Qué quieres decir?
—Lleva aquí desde antes que vosotros.
—Sí.
—Tal vez también está ligado al pacto.
—Eso parece.
—¿Y si Clara necesitaba que entrara?
Adrián se quedó pensativo.
—Para completar algo.
—O romperlo.
Silencio.
Nora se levantó.
Empezó a caminar.
—Tenemos tres grupos.
Adrián arqueó una ceja.
—¿Grupos?
—Los Varela. La casa. Y lo que está afuera.
—Eso parece.
—Pero quizá la casa y lo de afuera no sean enemigos.
—Podrían ser partes de lo mismo.
—Exacto.
Nora lo señaló.
—Y Leonor intentó corregir el pacto.
—Sí.
—Clara intentó abrir el espejo.
—Sí.
—Lucía entró por la puerta.
—Sí.
—Y ahora yo tengo la llave.
Adrián se puso de pie.
—Eso no significa que debas usarla.
Nora lo miró.
—Todavía no.
—Nora.
—He dicho todavía.
—Eso no me tranquiliza.
—No era el objetivo.
Helena convocó a todos al salón norte al caer la tarde.
Esta vez estaban todos.
Gabriel.
Irene.
Adrián.
Esteban.
Nora.
En la pared, el retrato de Leonor seguía donde había aparecido.
La sonrisa había desaparecido.
Ahora su rostro era serio.
—Eso cambió —dijo Nora.
Gabriel asintió.
—Hace una hora.
—¿Al mismo tiempo que Adrián recordó?
Helena lo miró.
—¿Recordó qué?
Adrián tensó la mandíbula.
Nora respondió antes que él.
—Más cosas de 1891.
Helena se volvió hacia su hijo.
—¿Qué viste?
Adrián guardó silencio.
—Adrián.
—Después.
—No.
Nora intervino.
—Ahora no.
Helena la miró.
—Esto es un asunto familiar.
—Yo también lo soy para la maldición, al parecer.
Irene soltó una risa.
Gabriel se frotó la frente.
—Tiene razón.
Helena lo miró con irritación.
—Últimamente disfrutas demasiado diciendo eso.
—Porque últimamente tú te equivocas demasiado.
El silencio fue incómodo.
Nora no esperaba verlos discutir.
Helena tampoco parecía acostumbrada.
—¿Por qué nos reuniste? —preguntó Adrián.
Helena miró a Esteban.
Él colocó una caja sobre la mesa.
Era pequeña.
De madera negra.
—La encontramos en el sótano.
Nora se acercó.
—¿Hoy?
—Sí.
—¿Dónde?
Esteban respondió:
—Detrás del retrato original de Leonor.
—¿Estaba escondida?
—Sí.
Gabriel abrió la caja.
Dentro había un frasco.
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Editado: 30.09.2026