La casa sin espejos

CAPÍTULO 13: El ala oeste

La oscuridad fue absoluta.

Nora apretó la linterna.

No se encendió.

—Adrián.

—Estoy aquí.

Su voz sonó muy cerca.

—Lucía.

Nadie respondió.

Gabriel dijo:

—No os mováis.

Irene soltó una risa nerviosa.

—Gran plan.

Nora extendió una mano.

Encontró una manga.

Adrián.

Él le sujetó los dedos.

Esta vez ninguno se apartó.

—¿Puedes verla? —susurró Nora.

—No.

—Pensaba que veías mejor en la oscuridad.

—No en esta.

La respuesta la inquietó.

Un roce sonó a la derecha.

Luego un susurro.

—Nora.

Ella cerró los ojos por reflejo.

Adrián apretó su mano.

—No respondas.

—Ya sé.

La voz volvió.

—Nora.

No era Lucía.

Era su madre.

Nora sintió que el corazón se le encogía.

—Cariño.

No.

No iba a caer.

La voz cambió.

Ahora era Esteban.

—Señorita Valdoria.

Luego Helena.

—Irene.

Después Gabriel.

—Adrián.

Voces por todas partes.

Nombres.

Llamadas.

Fragmentos.

Irene murmuró:

—La casa.

Helena respondió:

—No.

—¿Qué?

—Esto no es la casa.

Nora sintió frío.

—¿Entonces qué?

Un golpe sonó detrás.

Alguien encendió una cerilla.

Gabriel.

La pequeña llama iluminó sus rostros.

Y una figura detrás de él.

Lucía.

Nora abrió la boca.

—Detrás.

Gabriel se volvió.

Nada.

La cerilla se apagó.

—Lucía —dijo Adrián—. No queremos hacerte daño.

Una risa suave sonó desde el corredor.

—Ya lo hicisteis.

—Yo no estaba cuando saliste.

—Precisamente.

Nora escuchó pasos.

Descalzos.

Alrededor.

—Lucía.

—Tú cállate.

La voz estaba ahora cerca de Nora.

—No sabes quién eres todavía.

—Entonces dime.

Adrián susurró:

—No.

Nora apretó su mano.

—Si quiere hablar, que hable.

Lucía rio.

—Por eso te eligió.

Nora sintió un escalofrío.

—¿Quién?

—La casa.

—Helena publicó el anuncio.

—No hablo de Helena.

La voz se alejó.

—¿La casa me eligió?

—La casa te llamó.

—¿Cómo?

—Mucho antes de que nacieras.

Nora pensó en su nombre escrito en 1891.

—¿Quién escribió mi nombre?

Silencio.

—Lucía.

Una luz apareció.

No eléctrica.

Una línea pálida bajo una puerta.

Nora no recordaba que hubiera puerta allí.

—No —dijo Adrián.

La luz aumentó.

Lucía apareció delante.

Esta vez completamente visible.

No parecía un fantasma.

No parecía muerta.

Parecía agotada.

Más delgada que en las fotografías.

Con la piel casi translúcida.

—No abras esa puerta —dijo Adrián.

Lucía lo miró.

—Siempre dices eso.

—Lucía.

—A Clara también.

Adrián quedó inmóvil.

Nora sintió su mano tensarse.

—¿La conociste?

Lucía miró a Nora.

—No como tú crees.

—¿Está viva?

—No sé qué significa viva aquí.

Nora sintió un nudo en el estómago.

—¿Y tú?

Lucía sonrió.

Fue una sonrisa triste.

—Tampoco.

Helena dio un paso.

—Ven con nosotros.

Lucía la miró.

—Ahora sí me ves.

Helena se quedó quieta.

—Siempre te vi.

—No.

—Lucía...

—Veías algo que te daba miedo.

—Sí.

La sinceridad pareció sorprenderla.

Lucía bajó los ojos.

—Eso fue peor.

Nora intervino.

—¿Qué hay detrás de esa puerta?

Lucía la miró.

—El camino al ala oeste.

—Hay otra entrada.

—No esta noche.

—¿Qué significa?

—La casa cambia sus caminos.

Irene murmuró:

—Eso explica bastante.

Lucía tocó la puerta.

—Si entráis por aquí, llegaréis a la habitación circular.

Helena reaccionó:

—No.

Lucía sonrió.

—Sabía que dirías eso.

Nora miró la luz bajo la puerta.

—¿Y si no entramos?

—Seguirá abriéndose sola.

—¿Hasta cuándo?

—Hasta que alguien termine lo que empezó.

—¿Clara?

Lucía negó.

—Leonor.

Nora sintió frío.

—Pensaba que Leonor intentó arreglar el pacto.

—Eso os dijeron.

Lucía miró a Gabriel.

Él no respondió.

—¿Es mentira?

Gabriel habló:

—No sabemos qué parte.

Lucía soltó una risa.

—Exactamente.

Nora dio un paso hacia ella.

—¿Tú entraste en la habitación circular?

—No.

—Pero atravesaste la puerta negra.

—Sí.

—¿Qué había detrás?

Lucía la miró durante varios segundos.

—Recuerdos que no eran míos.

—¿De quién?

—De todos.

—¿Clara?

—Sí.

Adrián apretó la mandíbula.

—¿Y viste lo que ocurrió?

Lucía lo miró.

—Fragmentos.

—¿Yo la herí?

Nora sintió la tensión.

Lucía negó lentamente.

—No.

Adrián cerró los ojos.

Nora sintió su mano aflojarse.

—¿Quién? —preguntó.

Lucía miró hacia Helena.

Después a Gabriel.

Luego a Irene.

—Nadie de ellos.

—¿Entonces?

—Clara se hirió sola.

Nora se quedó inmóvil.

—¿Por qué?

—Para abrir el espejo.

—Con sangre.

—Sí.

—¿Y qué había detrás?

Lucía miró la puerta iluminada.

—Algo que quería salir.

—¿Leonor?

—No.

El silencio se volvió pesado.

—Entonces ¿quién?

Lucía bajó la voz.

—La primera.

Nora sintió un escalofrío.

—¿La primera qué?

—La primera persona que la casa guardó.

Nadie habló.

Gabriel parecía haber dejado de respirar.

—¿Quién era? —preguntó Nora.

Lucía respondió:

—Una Valdoria.

El apellido golpeó el corredor.

—¿Nombre?

—Elena.

Nora recordó los retratos.

Elena Valcárcel.

Mateo Valdoria.

—No vi ninguna Elena Valdoria.




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