La casa sin espejos

CAPÍTULO 14: Una verdad a medias

El corredor del ala oeste olía a polvo húmedo y cera vieja.

No había ventanas.

Solo lámparas de pared separadas por varios metros, encendidas con una luz amarilla que parecía demasiado débil para tanta oscuridad.

Nora avanzó primero.

No porque quisiera.

Porque la llave seguía en su mano y, de alguna manera, parecía tirar de ella.

Adrián caminaba a su lado.

Lucía detrás.

Helena, Gabriel e Irene unos pasos más atrás.

Nadie hablaba.

Los retratos cubrían ambas paredes.

Docenas.

Quizá cientos.

Nora los miraba al pasar.

Personas desconocidas.

Niños.

Mujeres.

Hombres.

Algunos llevaban el apellido Varela.

Otros Valcárcel.

Otros Valdoria.

Pero había algo más.

Cada retrato tenía una pequeña placa.

No solo con nombre y fecha.

También con una palabra.

RECUERDA.

CONTIENE.

ABRE.

Nora se detuvo.

—Son funciones.

Gabriel se acercó.

—Sí.

—No familias.

—No exclusivamente.

Nora miró otro cuadro.

JULIÁN VARELA — ABRE.

Luego:

AMALIA VALDORIA — CONTIENE.

—Entonces el pacto podía pasar entre ramas.

—Parece que sí —dijo Gabriel.

—Eso significa que todo lo que me contaron sobre cada apellido era incompleto.

Helena respondió:

—Era lo que sabíamos.

Nora la miró.

—O lo que decidieron recordar.

Helena no contestó.

Lucía soltó una risa baja.

—Vas entendiendo.

Siguieron.

La habitación circular estaba al final.

La puerta era blanca.

No negra.

Eso inquietó a Nora más.

Todo lo peligroso en aquella casa parecía haberse acostumbrado a esconderse detrás de cosas normales.

Adrián se detuvo antes de entrar.

—Nora.

Ella lo miró.

—¿Qué?

—Si ves algo que te parezca familiar, no te acerques sin decirlo.

—¿Por qué?

—Porque quizá no sea tuyo.

La advertencia le erizó la piel.

—Recuerdos.

—Sí.

Nora miró la habitación.

—¿Tú recuerdas esto?

Adrián tardó.

—Partes.

—¿La puerta?

—Sí.

—¿Entrar?

—Sí.

—¿Con Clara?

—Sí.

—¿Y después?

—No.

Nora apretó la llave.

—Entonces quizá lo averigüemos.

Adrián no pareció alegrarse.

Entraron.

La habitación era exactamente como en el retrato.

Circular.

Sin ventanas.

Paredes cubiertas por telas negras.

Nora sabía lo que ocultaban.

Espejos.

En el centro había uno descubierto.

Alto.

Ovalado.

Marco de madera oscura.

El mismo de su sueño.

Nora dejó de respirar.

—Es ese.

Adrián la miró.

—¿Cuál?

Ella comprendió que había hablado en voz alta.

—El que vi.

—¿En sueños?

Nora no respondió.

Lucía sí.

—Ya no tiene sentido ocultarlo.

Nora se volvió hacia ella.

—¿Tú sabías?

—Sabía que empezarías a soñar cuando la casa te reconociera.

—¿Por qué?

—Porque así empieza.

Helena dio un paso.

—¿Qué empieza?

Lucía la miró.

—La sustitución.

El silencio fue inmediato.

Nora sintió un frío profundo.

—¿Qué sustitución?

Lucía señaló el espejo.

—La casa no puede guardar a todos para siempre.

—¿Guardar?

—Recuerdos. Ecos. Partes de personas.

—¿Y qué hace?

—Elige dónde ponerlos.

Nora miró el cristal.

Su reflejo aparecía perfectamente.

El de Adrián no.

Solo una sombra.

Lucía tampoco se reflejaba del todo.

Su figura parecía transparente.

Helena y Gabriel eran manchas oscuras.

Irene apenas existía en el espejo.

Nora sintió náuseas.

—¿Y yo?

Lucía la observó.

—Tú estás completa.

—Porque estoy viva.

—Por ahora.

Adrián se tensó.

—No.

Lucía lo miró.

—¿Vas a volver a fingir que no sabes cómo funciona?

—No sabes lo que dices.

—Sé más que tú.

—Porque la casa te lo enseñó.

—Sí.

—Entonces no puedes confiar en ello.

Lucía sonrió triste.

—Tú tampoco.

Nora levantó una mano.

—Basta.

Todos callaron.

—¿Qué significa sustitución?

Lucía se acercó al espejo.

No demasiado.

—Cuando una persona queda ligada demasiado tiempo, la casa empieza a usarla para sostener recuerdos ajenos.

—¿Como un recipiente?

—Sí.

—¿Eso le pasó a Clara?

—Casi.

Nora sintió el corazón acelerar.

—¿Y a Leonor?

Lucía miró el cristal.

—Sí.

Helena cerró los ojos.

—No.

—Tu hermana quería escapar antes de perderse por completo.

—Leonor quería controlar el pacto.

—Ambas cosas pueden ser ciertas.

Nora miró a Helena.

—¿Tú sabías que estaba siendo consumida?

Helena tardó.

—Sabía que cambiaba.

—¿Cómo?

—Olvidaba cosas.

—¿Qué cosas?

—Primero pequeñas.

Gabriel habló:

—Después personas.

Adrián se quedó inmóvil.

Nora lo vio.

—Igual que te pasa cuando te alejas.

Él asintió.

Nora sintió que todo volvía a conectarse.

—Entonces no eres tú quien olvida al salir.

—La casa deja de darte los recuerdos.

Adrián miró el espejo.

—Eso parece.

Nora se volvió hacia Lucía.

—¿Y tú?

—Estoy entre ambos lados.

—¿Viva?

Lucía sonrió.

—Sigo sin saberlo.

Nora la miró con frustración.

—¿Comes?

—A veces.

—¿Duermes?

—A veces.

—¿Sientes dolor?

—Sí.

—Entonces estás viva.

Lucía bajó los ojos.

—No siempre aparezco donde quiero.

Nora no supo qué responder.

—¿Qué viste al entrar por la puerta negra?

Lucía miró a Adrián.

—Una noche que no ocurrió como él recuerda.




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