La casa sin espejos

CAPÍTULO 15: La deuda de los Varela

La grieta avanzó lentamente.

Desde el centro del espejo hacia arriba.

Nora retrocedió.

Adrián hizo lo mismo.

Nadie necesitó discutirlo.

Algo había cambiado.

El cristal emitía un sonido casi imperceptible.

Como hielo quebrándose.

—¿Qué significa que Nora era una orden? —preguntó Nora.

Lucía no apartó los ojos del espejo.

—No lo sé exactamente.

—Acabas de decirlo.

—Sé lo que vi.

—¿Dónde?

—Dentro.

—¿Dentro de qué?

—De la casa.

La grieta se detuvo.

Silencio.

Lucía respiró.

—Hay palabras que el pacto usa como funciones.

Nora frunció el ceño.

—Como abrir y contener.

—Sí.

—¿Nora es una de ellas?

—No.

—Entonces.

Lucía miró hacia las telas que cubrían los otros espejos.

—Es algo más antiguo.

Gabriel se tensó.

Nora lo vio.

—Otra vez sabes algo.

Él negó.

—No con certeza.

—Ya no necesito certeza. Necesito todo.

Gabriel miró a Helena.

Luego a Nora.

—En documentos antiguos aparece una palabra parecida.

—¿Dónde?

—En latín deformado. En notas marginales.

—¿Qué significa?

—Custodia.

Nora sintió un escalofrío.

—Guardar.

—Sí.

—¿Guardiana?

—Tal vez.

Lucía negó.

—No solo guardar.

Todos la miraron.

—Retener.

Nora sintió frío.

—Entonces Clara escribió “retén”.

—O “no dejes salir”.

Adrián levantó la mirada hacia el espejo.

—A Leonor.

—Sí.

Nora comprendió.

—No estaba escribiendo mi nombre.

—No.

—Estaba cerrando el paso.

—Sí.

—¿Y cómo terminó siendo mi nombre?

Silencio.

Lucía la miró.

—Porque la casa lo recordó.

La frase le produjo más miedo que cualquier otra.

—¿Qué significa?

—La casa convierte recuerdos en formas.

—Personas.

—Nombres.

—Entonces mi nombre existe porque la casa lo conservó.

—Quizá.

Nora sintió vértigo.

—Eso es imposible.

Irene habló:

—Estamos en una habitación llena de espejos que almacenan recuerdos de muertos. La palabra “imposible” ya no nos sirve mucho.

Nora la miró.

—Gracias.

—De nada.

Adrián seguía observando la grieta.

—Si Clara usó esa palabra para detener a Leonor...

—Entonces la casa pudo convertirla en una marca —dijo Gabriel.

Nora sintió que lo entendía demasiado rápido.

—Y esa marca pasó por mi familia.

—Sí.

—Hasta mí.

—Tal vez.

Nora soltó una risa seca.

—Eso explica por qué me pusieron ese nombre.

Helena la miró.

—Tu madre no sabía.

—Quizá no conscientemente.

Nora pensó en ella.

En casa.

En una vida sencilla.

En la posibilidad de que algo tan absurdo hubiera llegado hasta allí sin que ninguna supiera.

—¿Mi abuela se llamaba de otra manera?

—Sí —dijo Helena.

Nora se volvió.

—¿Cómo sabes?

Helena palideció.

Demasiado tarde.

—¿Cómo sabes cómo se llamaba mi abuela?

—Investigamos la línea.

—¿Hasta dónde?

—Varias generaciones.

Nora sintió ira.

—¿Tienen archivos sobre mi familia?

—Sí.

—Quiero verlos.

—Los verás.

—Ahora.

Gabriel intervino:

—Primero tenemos que salir de aquí.

Nora miró el espejo.

La grieta había vuelto a moverse.

Ahora descendía.

—¿Qué pasa si se rompe?

Lucía respondió:

—No sé.

—¿Nunca lo viste?

—No.

—¿Y Clara?

—Lo agrietó. No lo rompió.

Adrián se acercó a Nora.

—Nos vamos.

Esta vez ella no discutió.

Todos salieron.

Lucía fue la última.

Cuando cruzó la puerta, el espejo emitió un golpe profundo.

No se rompió.

Pero todas las telas negras de la habitación cayeron al mismo tiempo.

Nora se volvió.

Decenas de espejos quedaron descubiertos.

No reflejaban la habitación.

Cada uno mostraba una escena distinta.

Una niña corriendo.

Un hombre llorando.

Una mujer muerta en una cama.

Adrián de niño.

Helena abrazando a Leonor.

Gabriel cubierto de sangre.

Irene gritando.

Clara escribiendo.

Lucía escondida bajo el invernadero.

Y uno mostraba a Nora.

No ahora.

Más mayor.

De pie frente a la verja abierta.

Sola.

Nora dejó de respirar.

—No mires.

Adrián tiró de ella.

La puerta se cerró.

Helena abrió una sala que Nora nunca había visto.

Pequeña.

Sin retratos.

Sin ventanas.

Una mesa.

Seis sillas.

—¿Otra habitación secreta?

—No.

Irene miró alrededor.

—Solo aburrida.

Gabriel colocó varios documentos sobre la mesa.

Carpetas.

Sobres.

Fotografías.

Nora reconoció su apellido.

VALDORIA.

Se sentó.

—Todo.

Helena asintió.

—Todo lo que tenemos.

Nora abrió la primera carpeta.

Certificados.

Nacimientos.

Matrimonios.

Muertes.

Su abuela.

Su bisabuela.

Nombres que conocía.

Otros no.

—Llevan décadas siguiendo esto.

—Sí.

—¿Quién empezó?

—Gabriel.

Nora lo miró.

—¿Por qué?

Él tardó.

—Porque hice una promesa.

—¿A quién?

—Clara.

Adrián levantó la cabeza.

—¿Qué?

Gabriel no lo miró.

—Después de que saliera del ala oeste.

Adrián quedó inmóvil.

—La viste.

—Sí.

—Y nunca me lo dijiste.

—No.

—¿Por qué?

—Porque me pidió que no lo hiciera.

Adrián se levantó.

—¿Dónde estaba?

—En el invernadero.

—¿Viva?

—Sí.

—¿Cuánto tiempo?

—Dos días.

Adrián parecía devastado.

—Dos días.

—Sí.

—Yo la busqué.

—Lo sé.

—Y tú sabías dónde estaba.

—Sí.

Adrián empujó la silla.




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