La casa sin espejos

CAPÍTULO 16: La noche sin salida

El cuerpo estaba en el invernadero.

Nora lo supo antes de entrar.

No por el olor.

No había sangre.

No había nada violento.

Lo supo por el silencio.

La casa entera parecía contener la respiración.

Irene abrió la puerta del corredor cubierto.

—No estaba hace veinte minutos.

Adrián pasó primero.

Nora lo siguió.

Las plantas muertas seguían inclinadas sobre las mesas, secas y oscuras.

En el centro, donde días antes había aparecido el camino de flores blancas, ahora había alguien tendido en el suelo.

Una mujer.

Nora se detuvo.

—Lucía.

Adrián no respondió.

La joven estaba boca arriba.

Vestía la misma ropa con la que Nora la había visto en el pasillo subterráneo.

Piel pálida.

Cabello claro extendido sobre la tierra.

Ojos cerrados.

Parecía dormida.

Nora avanzó.

Irene la detuvo por el brazo.

—No la toques.

—¿Por qué?

—No sabemos qué es.

Nora se soltó.

—Es Lucía.

—No necesariamente.

Adrián se arrodilló a unos centímetros del cuerpo.

No lo tocó.

—Respira.

Nora se inclinó.

Muy poco.

Pero sí.

El pecho subía.

Bajaba.

—Está viva.

Irene negó.

—Eso no demuestra mucho aquí.

Nora la fulminó.

—¿Puedes dejar de hablar como si todo fuera un acertijo?

Irene sostuvo su mirada.

—No intento ser cruel.

—Pues te sale natural.

Adrián levantó una mano.

—Basta.

Nora volvió a Lucía.

—Hay que llevarla a una habitación.

Irene negó otra vez.

—No dentro de la casa.

—Ya estaba dentro.

—No así.

Nora frunció el ceño.

—¿Qué cambia?

Irene señaló el cuerpo.

—Antes aparecía y desaparecía.

—Y ahora no.

—Ahora pesa.

Nora la miró.

Adrián también.

Irene se acercó.

Rozó con dos dedos la manga de Lucía.

—Está completamente aquí.

Nora sintió un escalofrío.

—Eso debería ser bueno.

—O significa que algo ocupó su lugar.

Una voz sonó desde la entrada.

—Aléjense.

Helena.

Había llegado con Gabriel y Esteban.

Gabriel se acercó al cuerpo.

Su expresión cambió.

—Lucía.

Se arrodilló.

Esta vez sí la tocó.

Dos dedos en el cuello.

—Pulso.

Nora sintió alivio.

—Entonces está viva.

Gabriel levantó la mirada.

—Sí.

—Hay que despertarla.

—No.

—¿Por qué todo es “no” en esta casa?

Helena respondió:

—Porque algunas personas despiertan diferentes.

Nora la miró.

—Como Lucía la primera vez.

—Sí.

—Pero entonces seguía siendo ella.

—No lo sabíamos.

—¿Y ahora?

Helena miró el rostro inmóvil.

—Tampoco.

Nora apretó los dientes.

—Voy a hablarle.

Adrián se levantó.

—Nora.

—Si está aquí por algo, quizá vino a decirlo.

—O quizá la enviaron.

—¿Quién?

Él miró hacia las plantas.

—La casa.

Nora sintió frío.

Se arrodilló junto a Lucía.

—Lucía.

Nada.

—Soy Nora.

Los párpados de la joven temblaron.

Todos quedaron inmóviles.

—Lucía.

Abrió los ojos.

Nora retrocedió medio paso.

No porque fueran extraños.

Porque eran normales.

Demasiado.

Por primera vez, Lucía parecía completamente humana.

Confundida.

Cansada.

Asustada.

Miró alrededor.

—¿Dónde estoy?

Nora intercambió una mirada con Adrián.

—En el invernadero.

Lucía frunció el ceño.

—¿Qué invernadero?

El silencio fue inmediato.

Helena cerró los ojos.

Nora sintió un nudo.

—Casa Varela.

Lucía la miró.

No había reconocimiento.

—No sé qué es eso.

Adrián se acercó un poco.

—Lucía.

Ella lo miró.

Y palideció.

Retrocedió arrastrándose por el suelo.

—No.

—No voy a acercarme.

—No.

—Lucía, soy Adrián.

—Ya sé.

Nora sintió una descarga.

—Entonces lo recuerdas.

Lucía negó.

—No.

—Acabas de decir...

—Sé su nombre.

—¿Cómo?

La joven llevó una mano a la cabeza.

—No lo sé.

Gabriel habló con calma.

—¿Cuál es tu apellido?

Lucía lo miró.

Silencio.

—Lucía...

—No sé.

Irene soltó el aire lentamente.

—La vació.

Nora se volvió.

—¿Quién?

Irene no respondió.

Lucía empezó a respirar más rápido.

—Quiero irme.

Nora sintió un golpe de compasión.

—Te ayudaremos.

Helena dijo:

—No puede salir.

Lucía levantó la cabeza.

—¿Qué?

Nora también.

—¿Por qué no?

—La verja.

—Está cerrada.

—No solo eso.

Helena miró hacia el exterior.

—Anocheció.

Nora se volvió hacia los cristales.

Tenía razón.

La lluvia y las nubes habían oscurecido el cielo antes de tiempo.

Más allá del invernadero, el jardín era casi negro.

—¿Y?

Helena la miró.

—Después del anochecer la propiedad no deja salir a nadie vinculado.

Nora se quedó quieta.

—¿A nadie?

—No.

—Pero dijiste que la regla era regresar antes.

—Porque una vez que cae la noche, salir deja de ser una elección.

La frase le produjo frío.

—¿La verja no abre?

—No.

—¿Para ustedes?

—Para nadie ligado a la casa.

Nora pensó en sí misma.

—¿Yo?

Helena no respondió.

Eso bastó.

—Entonces ayer, cuando intenté salir...

—Todavía era de día.

—Y aun así estaba cerrada.

Gabriel habló:

—Porque aquello de los árboles estaba cerca.

—¿La casa la cerró?

—Sí.

Nora sintió rabia.

—La casa decide cuándo puedo irme.

—A veces.

—Eso no es protección.

—No.

La sinceridad de Gabriel fue brutal.

Nora miró hacia el exterior.




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