La casa sin espejos

CAPÍTULO 17: El reflejo ajeno

Nora subió antes de que pudieran detenerla.

No porque fuera valiente.

Porque estaba harta.

Harta de puertas que se abrían solas.

De voces.

De reglas.

De esperar a que una casa decidiera cuándo podía caminar, dormir, marcharse o recordar.

Adrián la alcanzó en el primer descansillo.

—No vas sola.

—Ya sé.

—Eso debería molestarte más.

—Ahora mismo hay una casa gritando mi nombre. Tú estás bastante abajo en la lista.

Irene subió detrás.

—Qué romántico.

Nora no se volvió.

—Irene.

—Ya me callo.

Helena, Gabriel y Esteban los siguieron.

Lucía quedó abajo.

No recordaba nada.

Y Nora no quería que recuperara esos recuerdos de golpe.

El corredor superior había cambiado.

Otra vez.

Era más largo.

No visualmente.

Realmente.

Nora conocía la distancia entre la escalera y su habitación.

Ahora parecía el doble.

—¿Eso pasa mucho? —preguntó.

Adrián negó.

—Nunca así.

—Genial.

La puerta negra estaba abierta.

No al final.

En medio del corredor.

Esperándolos.

Nora avanzó.

Helena habló:

—No cruces todavía.

Nora se detuvo.

—¿Qué?

—Escucha.

Todos callaron.

Al principio, nada.

Después un sonido.

Lloros.

Muy suaves.

Del otro lado.

Una mujer.

Nora sintió frío.

—Clara.

Adrián cerró los ojos.

—No sabemos.

—Tú la reconoces.

—Creo que sí.

Nora miró la oscuridad.

—¿Es un recuerdo?

—Puede ser.

—¿O ella?

—Puede ser.

—Eso no ayuda.

—Lo sé.

La llave ardía.

Nora la sacó.

El metal estaba tan caliente que casi dolía.

La puerta vibró.

Entonces apareció una frase en la madera.

No escrita.

Arañada desde dentro.

UNO ENTRA. UNO SALE.

Irene murmuró:

—Eso no estaba.

—Nada está —dijo Nora.

Gabriel se acercó.

—Es una regla de intercambio.

—¿La conoces?

—No esta.

Helena miró a Nora.

—No entres.

Nora soltó aire.

—Si no entro, seguirá.

—Sí.

La respuesta de Helena la sorprendió.

—Entonces.

—Pero entrar no significa que tengas que aceptar nada.

Nora la observó.

Era la primera vez que Helena no intentaba decidir por ella.

—Gracias.

Helena apretó los labios.

—No me lo agradezcas todavía.

Nora miró a Adrián.

—Tú te quedas.

Él negó.

—No.

—Uno entra.

—Eso puede ser una trampa.

—Precisamente.

—Nora.

—Si entras conmigo y la frase es literal, alguien más tendrá que salir.

—Podría ser bueno.

—O podría elegir a alguien que no queremos liberar.

Adrián calló.

Nora tenía razón.

No pareció gustarle.

—Entonces voy detrás si no vuelves.

—Eso tampoco.

—No te estoy pidiendo permiso.

Nora casi sonrió.

—Ahora entiendes lo irritante que es.

Él la miró.

—Sí.

Durante un segundo, demasiado corto, todo lo demás desapareció.

Después Nora giró hacia la puerta.

—Voy.

Cruzó.

El corredor del ala oeste estaba iluminado.

No como antes.

Ahora todas las lámparas ardían.

Los retratos miraban hacia ella.

Nora sabía que era imposible.

Pero los ojos pintados seguían sus pasos.

Caminó.

Detrás oyó a Adrián.

—Te dije que te quedaras.

—Técnicamente no he cruzado.

Nora se volvió.

Él estaba al otro lado del umbral.

No había entrado.

—Tramposo.

—Sí.

Ella siguió.

La habitación circular estaba abierta.

Nora llegó.

Esta vez todos los espejos estaban descubiertos.

Decenas.

Ninguno reflejaba lo mismo.

Unos mostraban habitaciones vacías.

Otros personas.

Otros escenas antiguas.

Nora entró.

La puerta se cerró detrás.

—Nora.

La voz de Adrián quedó amortiguada.

—Estoy bien.

—No puedo abrir.

—No intentes romperla.

—No pensaba...

—Sí pensabas.

Silencio.

—Un poco.

Nora sonrió pese a todo.

Después miró los espejos.

El central seguía agrietado.

La llave encajaba en una cerradura diminuta en el marco.

Nora no la introdujo.

Todavía.

Se acercó al primer espejo lateral.

Vio su cocina.

Su casa.

Su madre sentada a la mesa.

Nora sintió dolor.

—Mamá.

La imagen no reaccionó.

Era un recuerdo.

Su madre doblando una factura.

Respirando hondo.

Guardándola antes de que Nora entrara.

La escena cambió.

Nora más pequeña.

Doce años.

Escuchando detrás de una puerta cómo su madre decía:

—No puedo pagar ambas cosas.

Otra voz.

Su tía.

—Entonces que deje las clases.

—No.

—No puedes hacerlo todo.

La madre de Nora respondió:

—Ella sí va a poder elegir.

El recuerdo desapareció.

Nora sintió lágrimas.

—No.

La casa estaba usando lo que más le dolía.

Se apartó.

Otro espejo.

Adrián.

Sentado junto a Clara en un jardín.

Clara reía.

Adrián también.

Nora sintió la punzada conocida.

Quiso apartarse.

No lo hizo.

Clara decía algo.

Ahora había sonido.

—No quiero quedarme aquí toda la vida.

—Entonces nos iremos.

—Tú no puedes.

—Lo intentaré.

Clara sonrió.

—Siempre intentas salvar a todo el mundo.

Adrián respondió:

—No a todo el mundo.

—Eso es peor.

La imagen cambió.

La misma noche del ritual.

Clara lloraba.

—No puedes venir.

—No voy a dejarte.

—Precisamente por eso.

—Clara...

—Si entras conmigo, la casa te usará.

—No me importa.

—A mí sí.




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