La casa sin espejos

CAPÍTULO 18: La casa despierta

Nora no se movió.

El reflejo sí.

Eso bastaba para entender que ya no estaba frente a un espejo.

No de verdad.

La chica del otro lado llevaba su rostro, pero no imitaba sus gestos.

Tenía la cabeza inclinada.

Los ojos demasiado quietos.

Y aquella expresión cansada que parecía venir de una vida que Nora todavía no había vivido.

—¿Quién eres? —repitió.

La otra Nora apoyó una mano sobre el cristal.

—Ya te lo dije.

—No.

—La que se queda.

—Eso no es un nombre.

—Aquí los nombres duran menos que las funciones.

Nora sintió un escalofrío.

—¿Eres la casa?

El reflejo sonrió.

—No.

—¿Leonor?

—No.

—¿Clara?

—Tampoco.

Nora apretó la llave.

—Entonces.

La chica acercó el rostro.

—Soy lo que la casa ha preparado para ti.

Nora dio un paso atrás.

—No pienso ocupar ningún lugar.

—Eso dijeron todas.

—Yo no soy todas.

—Eso también.

La respuesta la irritó más que asustarla.

—¿Por qué tienes mi cara?

—Porque todavía no tengo otra.

Nora sintió frío.

—¿Qué eres?

—Un espacio.

—Eso no significa nada.

—Todavía.

El cristal vibró.

La habitación pareció ensancharse.

Los espejos laterales volvieron a encenderse.

Nora vio docenas de versiones de sí misma.

Niña.

Adulta.

Anciana.

Sola.

Acompañada.

Llorando.

Sonriendo.

Algunas imágenes no podían ser recuerdos.

Eran posibilidades.

Leonor tenía razón.

La casa no guardaba solo lo vivido.

También guardaba lo temido.

Lo deseado.

Lo posible.

—Para.

El reflejo de Nora no obedeció.

—Mira.

—No.

—Mira lo que perderás.

Un espejo mostró a su madre.

Esperándola junto a una mesa.

Otro mostró una universidad.

Nora entrando con libros bajo el brazo.

Otro, un piso pequeño.

Una vida normal.

Otro, Adrián.

Afuera.

Bajo el sol.

Humano.

Nora apartó la mirada.

—Eso no es real.

—Podría serlo.

—No sabes.

—Tú tampoco.

—Entonces no sirve.

El reflejo sonrió.

—Claro que sirve.

—Para manipularme.

—Sí.

Nora sintió rabia.

—Al menos todos aquí habéis empezado a admitirlo.

La chica del espejo rio.

Su propia risa.

Eso fue peor.

—La casa no quiere hacerte daño.

—La casa no sabe querer.

—Eso crees.

—Sé que retiene personas.

—Porque perderlas duele.

Nora sintió algo incómodo.

La frase era casi infantil.

No por sencilla.

Por sincera.

—Eso no es amor.

El reflejo inclinó la cabeza.

—Explícaselo a quien construyó esto.

Nora pensó en Elena Valdoria.

En Mateo.

En una mujer incapaz de aceptar una muerte.

—Elena.

—Sí.

—¿Está aquí?

El reflejo miró hacia uno de los espejos laterales.

La superficie se oscureció.

Apareció una habitación antigua.

Una mujer joven lloraba junto a un cuerpo cubierto.

Nora entendió.

Mateo.

Muerto.

Elena apretaba su mano.

—No.

Su voz llegó desde el recuerdo.

—No me dejes.

Alguien detrás decía:

—Elena, ya se ha ido.

Ella negó.

—No.

Otra voz.

—Podemos conservar su recuerdo.

Elena levantó la cabeza.

La escena cambió.

Una mesa.

Un espejo.

Tres familias.

Valcárcel.

Valdoria.

Varela.

Sangre.

Promesas.

Nora no quería mirar.

Pero miró.

El recuerdo mostraba el inicio.

No una ceremonia grandiosa.

No oscuridad.

No símbolos demoníacos.

Gente desesperada.

Una familia intentando no olvidar a un muerto.

Eso lo hacía peor.

—Querían conservar su memoria —susurró Nora.

El reflejo respondió:

—Sí.

—Y la casa aprendió.

—Sí.

—Después quiso más.

—La memoria siempre quiere más.

—No.

—¿No?

Nora pensó en Adrián.

En Clara.

En la necesidad de saber cada detalle.

Cada verdad.

En su propia incapacidad para abandonar la casa sin respuestas.

La chica sonrió.

—Tú también quieres conservarlo todo.

Nora apretó la mandíbula.

—No es lo mismo.

—Todavía no.

El espejo central tembló.

Detrás de Nora, la puerta recibió otro golpe.

—¡Nora!

Adrián.

Ella miró hacia atrás.

—Estoy bien.

—No te creo.

—Estoy entera.

—Tampoco me tranquiliza.

La otra Nora sonrió.

—Él siempre llega tarde.

Nora se volvió hacia el cristal.

—Cállate.

—Clara también lo esperaba.

—No eres Clara.

—No.

—Entonces no hables por ella.

Por primera vez, el reflejo dejó de sonreír.

—Eso te diferencia.

—¿De quién?

—De Leonor.

Nora guardó silencio.

—Ella empezó escuchando —continuó la figura—. Después creyó que podía hablar por todos.

—Y terminó intentando reemplazar a Clara.

—Sí.

—¿Qué quieres de mí?

El reflejo apoyó la frente contra el cristal.

—Que aceptes.

—¿Qué?

—Ser el lugar donde los recuerdos dejen de romperse.

—No.

—Todavía no sabes el precio.

—No necesito saberlo.

—Mientes.

Nora sintió irritación.

—¿Qué precio?

La otra Nora sonrió otra vez.

—Eso.

Los espejos laterales se apagaron.

Todos.

Menos uno.

Adrián apareció dentro.

No un recuerdo.

El presente.

Estaba frente a la puerta circular, intentando abrirla.

Nora vio su rostro.

Preocupación.

Rabia.

Miedo.

La otra Nora habló:

—Él.

Nora sintió el estómago cerrarse.

—No.

—Eso es lo que más temes perder aquí.

—No.

—Otra mentira.

—Lo conozco desde hace días.




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