Subieron juntos.
No corrían.
Eso era peor.
La voz de Clara seguía llegando desde arriba con intervalos irregulares.
—Adrián.
A veces parecía estar al final del pasillo.
A veces dentro de las paredes.
A veces tan cerca que Nora sentía el impulso de volverse.
No lo hacía.
Adrián tampoco.
La habitación circular estaba abierta.
La luz blanca salía por la puerta.
No era electricidad.
No venía de lámparas.
Era el brillo de los espejos.
Todos encendidos.
Todos mostrando algo distinto.
Nora cruzó el umbral.
Adrián detrás.
Los demás se quedaron fuera.
Esta vez nadie discutió.
Tal vez todos habían entendido que ciertas decisiones no podían tomarse en grupo.
El espejo central estaba completamente abierto.
No roto.
Abierto.
El cristal ya no parecía sólido.
Era una superficie oscura, líquida.
Una profundidad sin fondo.
Y frente a él estaba Clara.
No un reflejo.
No una sombra.
Una chica.
Diecinueve años.
Vestido claro.
Cabello oscuro recogido.
El mismo rostro de las fotografías.
El mismo que Nora había visto tantas veces en recuerdos ajenos.
Adrián se detuvo.
—Clara.
Ella lo miró.
Durante un segundo sonrió.
Nora sintió una punzada.
No de celos.
No exactamente.
Era algo más triste.
La sensación de presenciar una conversación que había esperado más de un siglo.
—Hola —dijo Clara.
La voz era la misma que había llamado.
Adrián no avanzó.
—¿Eres tú?
Clara sonrió apenas.
—Parte.
Él cerró los ojos.
La palabra pareció dolerle.
—Claro.
—Lo siento.
—No.
Adrián negó.
—No empieces así.
Clara lo miró con ternura.
—Sigues enfadándote igual.
—Y tú sigues apareciendo después de ciento treinta años como si llegaras tarde a una cena.
Nora sintió que algo en su pecho se apretaba.
Clara rio.
Fue breve.
Humano.
Luego miró a Nora.
La sonrisa desapareció.
—Así que eres tú.
Nora se tensó.
—¿Me conoces?
—No.
—Pero sabes quién soy.
—Sí.
—¿Cómo?
Clara miró los espejos.
—Te vi.
—Antes de que naciera.
—Una posibilidad.
—¿Mi nombre?
—No era tu nombre entonces.
—Lo sé.
—Después lo fue.
Nora respiró.
—¿Por qué?
Clara se acercó un poco.
—Porque las familias recuerdan cosas incluso cuando dejan de contarlas.
—Mi madre no sabe nada.
—Conscientemente.
—Entonces alguien eligió mi nombre por una historia olvidada.
—Probablemente.
Nora sintió una mezcla extraña de alivio y rechazo.
Al menos no había nacido porque una casa la hubiera nombrado.
Pero aquella casa había dejado una marca suficientemente profunda como para atravesar generaciones.
—¿Qué quieres? —preguntó Nora.
Clara miró a Adrián.
—Terminar.
Él se quedó inmóvil.
—¿Qué significa?
—Que tienes que dejarme ir.
El silencio cayó.
Adrián no respondió.
Clara dio otro paso.
—La parte de mí que quedó en ti mantiene el vínculo.
—No puedo sacarla.
—Sí puedes.
—¿Cómo?
Clara miró a Nora.
—Ella tiene la llave.
Nora sintió frío.
—No quiero hacer nada que pueda matarlo.
Clara bajó la mirada.
—Eso depende de él.
—¿Cómo?
—Debe elegir qué conservar.
Adrián frunció el ceño.
—No entiendo.
Clara lo miró.
—Me has llevado contigo demasiado tiempo.
—Porque me lo pediste.
—Sí.
—Tú me diste tu sangre.
—Sí.
—Entonces no me culpes.
—No te culpo.
—¿Qué quieres que haga?
Clara respiró.
—Dejar de usarme para recordar quién eras.
Adrián se quedó quieto.
Nora sintió que la frase había encontrado un lugar profundo.
—No hago eso.
Clara sonrió con tristeza.
—Sí.
—No.
—Cada vez que dudas de ti, vuelves a mí.
—Porque fui feliz contigo.
—Lo sé.
—Porque antes de todo esto...
—Adrián.
Clara levantó una mano.
—Yo también te amé.
Nora apartó los ojos.
No necesitaba escuchar aquello.
Pero tampoco quería huir.
Clara continuó:
—Y por eso hice algo egoísta.
Adrián no habló.
—Te pedí que me conservaras.
—Para que no desaparecieras.
—Sí.
—Entonces funcionó.
—Demasiado bien.
Adrián cerró los ojos.
—No puedo simplemente olvidarte.
—No te estoy pidiendo eso.
—¿Entonces?
—Que dejes de retenerme.
Nora comprendió antes que él.
—Recordar no es conservar.
Clara la miró.
—Exacto.
Adrián respiró con dificultad.
—¿Qué pasa si lo hago?
—La parte de mí que está en ti se irá.
—¿Y mis recuerdos?
—Los que son tuyos, no.
—¿Y si no sé distinguirlos?
—Ese es el precio.
Nora sintió frío.
—Podría perder cosas.
Clara asintió.
—Sí.
—¿Años?
—Sí.
—¿A Clara por completo?
—Tal vez.
Adrián la miró.
—Eso no es dejar ir. Es borrarte.
—No.
Clara negó.
—Es aceptar que quizá no puedas conservar cada detalle.
—No.
—Adrián.
—No.
Nora dio un paso.
—No tienes que decidir ahora.
Clara la miró.
—Sí.
Nora frunció el ceño.
—¿Por qué?
Los espejos vibraron.
Una grieta recorrió el techo.
Clara señaló la superficie abierta.
—Porque la casa está cayendo.
Nora sintió un golpe.
—¿Por haber soltado a Leonor?
—Por eso y por abrir el núcleo.
—¿Cuánto tiempo?
—No sé.
—¿Horas?
—Menos.
Adrián soltó una risa amarga.
—Siempre se nos da bien elegir bajo presión.
Clara sonrió.
—Por eso esta vez tienes que hacerlo de verdad.
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Editado: 30.09.2026