Volvieron a la habitación circular por el corredor subterráneo.
La casa estaba deshaciéndose sobre ellos.
No en ruinas.
En recuerdos.
Una pared mostraba el comedor de 1891.
Otra, el mismo corredor veinte años después.
Una puerta se abría a un dormitorio que ya no existía.
El tiempo se mezclaba.
Nora caminaba con la llave en la mano.
Adrián a su lado.
No intentó detenerla.
Eso significaba más que cualquier promesa.
La habitación circular seguía en pie.
Apenas.
Los espejos laterales estaban rotos.
Solo el central permanecía intacto.
Nora se acercó.
Su reflejo apareció.
Normal.
Por primera vez.
Solo ella.
—¿Qué hago? —preguntó.
Lucía respondió desde la puerta.
—Abres.
—¿Y luego?
—Cruzas.
Adrián apretó la mandíbula.
—¿Y para cerrar?
Lucía miró a Nora.
—Tendrá que encontrar la primera memoria.
—Elena y Mateo.
—Sí.
—¿Y romperla?
—No.
Lucía negó.
—Aceptarla.
Nora frunció el ceño.
—¿Qué significa?
—No lo sé.
—Fantástico.
Irene sonrió débilmente.
—Ese debería ser el lema familiar.
Nora miró el espejo.
Introdujo la llave.
Antes de girarla, se volvió hacia Helena.
—Si salgo...
Helena la miró.
—Cuando salgas.
Nora sonrió.
—Bien.
—Cuando salga, quiero que Lucía se vaya.
Helena asintió.
—Sí.
—Sin seguirla.
—Sí.
—Sin decidir por ella.
Helena miró a Lucía.
—Sí.
Nora miró a Gabriel.
—Y ustedes tienen que contar todo.
Él asintió.
—Todo.
—A Irene también.
Irene arqueó una ceja.
—Agradezco la consideración.
Nora miró a Adrián.
No dijo nada.
No hacía falta.
Giró la llave.
El espejo se abrió.
No con oscuridad.
Con luz.
Nora cruzó.
No cayó.
No sintió nada.
Un paso.
Y estaba en otra casa.
La misma.
Pero no.
Las paredes eran más claras.
Las ventanas estaban abiertas.
Había sol.
Nora sintió miedo inmediato.
No por el lugar.
Por lo normal.
Escuchó voces.
Siguió el sonido.
Llegó a una cocina.
Una mujer estaba sentada junto a un hombre.
Elena.
Mateo.
Nora los reconoció.
Pero Mateo estaba vivo.
Humano.
Joven.
Reía.
Elena le tiró un paño.
—Deja eso.
—Estoy ayudando.
—Estás comiendo.
—También.
Nora se quedó mirando.
El principio.
Antes de todo.
Elena giró la cabeza.
La vio.
Nora se tensó.
—¿Puedes verme?
Elena sonrió.
—Tardaste.
—¿Eres real?
—Fui.
Mateo dejó de moverse.
También la miró.
—Así que eres tú.
Nora sintió un escalofrío.
—Todos dicen eso.
Mateo sonrió.
Humano.
Nada parecido a la criatura del jardín.
—Debe resultar molesto.
—Mucho.
Elena se levantó.
—Ven.
Nora no se movió.
—¿Dónde estoy?
—En el primer recuerdo.
—Lucía dijo que tengo que aceptarlo.
Elena bajó la mirada.
—Sí.
—¿Qué?
—Lo que hice.
Nora apretó la llave.
—No voy a perdonarte por condenar generaciones.
Elena sonrió con tristeza.
—No te lo pido.
—Entonces.
—Mira.
La cocina desapareció.
Mateo estaba en una cama.
Pálido.
Enfermo.
Elena junto a él.
Nora observó.
—¿Qué tenía?
—No importa.
—Para ti sí.
—Entonces no existían palabras suficientes.
Mateo respiraba con dificultad.
Elena sostenía su mano.
—No te vayas.
Él sonrió.
—No depende de mí.
—No.
—Elena.
—No.
Nora sintió dolor.
Conocía ese tono.
Negación.
Como si repetir una palabra pudiera cambiar la realidad.
La escena avanzó.
Mateo murió.
No hubo violencia.
Solo dejó de respirar.
Elena gritó.
Nora cerró los ojos.
Cuando los abrió, estaba frente a un espejo.
Los Valcárcel.
Los Varela.
Sangre.
Una ceremonia.
Nora miró.
No había demonios.
No había entidad.
Solo personas intentando hacer algo que no comprendían.
Elena puso la mano sobre el espejo.
—Solo quiero recordar su voz.
La superficie cambió.
Mateo apareció.
—Elena.
Ella lloró.
—Funcionó.
Nora sintió frío.
El recuerdo continuó.
Días.
Semanas.
Elena volvía.
Mateo aparecía.
Cada vez más completo.
Hasta que un día golpeó desde el otro lado.
—Déjame salir.
Elena retrocedió.
—No puedo.
—¿Por qué?
—No sé cómo.
Mateo golpeó.
—Elena.
Los Valcárcel intentaron cerrar.
Los Varela contener.
Los Valdoria abrir.
Tres funciones.
Tres promesas.
Una prisión creada sin querer.
Nora entendió.
—No sabías que lo estabas construyendo.
Elena apareció a su lado.
—No.
—Pero luego sí.
—Sí.
—Y no lo detuviste.
—No.
—Porque todavía querías conservarlo.
Elena cerró los ojos.
—Sí.
Nora sintió rabia.
—¿Cuánto tiempo?
—Hasta que ya no recordaba cómo era de verdad.
La escena cambió.
Mateo detrás del espejo.
Rostro alterado.
Exigiendo salir.
Elena mirándolo.
Llorando.
—Ese ya no era él.
—Lo sabía.
—Y aun así...
—Tenía su voz.
Nora entendió.
El horror estaba ahí.
No en magia.
En reconocimiento suficiente para no soltar.
—¿Qué tengo que hacer?
Elena la miró.
—Decir la verdad.
—¿Cuál?
—Que lo perdí.
Nora frunció el ceño.
—Eso es todo.
—Eso fue lo único que no pude hacer.
Mateo apareció.
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Editado: 30.09.2026