La casa sobrevivió.
No entera.
Pero sobrevivió.
Durante los tres días siguientes, nadie durmió demasiado.
El ala oeste quedó parcialmente hundida. Dos habitaciones desaparecieron por completo detrás de una pared que, según Gabriel, no había estado allí nunca. El corredor subterráneo se cerró después de que salieran todos.
La habitación circular dejó de existir.
No hubo explosión.
Ni fuego.
Ni un último grito.
Simplemente, cuando intentaron regresar, encontraron una pared de piedra donde antes estaba la puerta.
La llave de Nora tampoco volvió a funcionar.
A la mañana siguiente era solo un trozo de hierro sin dientes.
Nora la guardó igualmente.
No porque quisiera conservar la casa.
Porque algunas cosas podían recordarse sin convertirse en cárceles.
Había aprendido la diferencia.
Las ventanas permanecían abiertas.
Todas.
Aquello fue lo primero que notó al despertar el día después del final.
Las cortinas se movían con el viento.
Entraba luz.
Polvo.
Olor a tierra mojada.
Y sonidos del exterior que antes parecían quedar detenidos en los cristales.
Pájaros.
Ramas.
Un coche lejano.
Nora se quedó varios minutos mirando su ventana.
Luego la abrió más.
Por gusto.
Nada ocurrió.
Nadie apareció en el jardín.
Ninguna voz dijo su nombre.
Ninguna mano escribió sobre el vaho.
Solo entró aire frío.
—Eso sí me gusta —murmuró.
—¿Hablas sola siempre?
Nora se volvió.
Adrián estaba apoyado en el marco de la puerta.
Llevaba una camiseta oscura y tenía el cabello desordenado.
Parecía agotado.
También distinto.
No mucho.
Lo suficiente.
Su piel tenía más color.
Las sombras bajo sus ojos se parecían ahora a las de cualquier persona que hubiera pasado varias noches sin dormir.
Nora lo miró.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí?
—El suficiente para saber que tienes conversaciones profundas con ventanas.
—Me alegra que tu nueva vida humana empiece con espionaje.
Adrián sonrió.
—No soy humano.
—Todavía no sabemos qué eres.
—Eso suena peor.
—Un poco.
Entró.
La luz de la mañana le alcanzó el rostro.
No retrocedió.
Nora seguía sin acostumbrarse.
—¿Te duele?
—No.
—¿Nada?
—Me molesta un poco.
—¿Como qué?
Adrián pensó.
—Como cuando miras una lámpara demasiado fuerte.
—Trágico.
—Después de ciento cincuenta años evitando el sol, esperaba algo más dramático.
Nora sonrió.
Adrián miró hacia la ventana.
—Ayer salí al jardín.
—Lo sé.
—¿Me estabas vigilando?
—Comprobando que no te desintegraras.
—Muy diferente.
—Muchísimo.
Hubo un silencio cómodo.
Nora ya no sabía exactamente cuándo habían empezado a existir esos silencios.
Al principio, entre ellos cada pausa estaba llena de sospechas.
Ahora algunas simplemente podían estar vacías.
Eso también era nuevo.
—Gabriel empeoró —dijo Adrián.
Nora dejó de sonreír.
—¿Mucho?
—No sabemos.
—¿Está enfermo?
—No exactamente.
—Está envejeciendo.
—Sí.
Nora bajó la mirada.
Gabriel había envejecido unos quince años en tres días.
Helena menos.
Irene apenas cinco o seis.
No había lógica aparente.
La casa había sostenido a cada uno de manera distinta.
Ahora, sin el pacto, el tiempo estaba regresando.
Pero no de golpe.
No todavía.
—¿Y tú?
Adrián se encogió de hombros.
—Sigo igual.
—Eso te preocupa.
—Sí.
Nora lo observó.
—Porque piensas que todavía queda algo del vínculo.
—O porque soy distinto.
—¿Eso sería malo?
Adrián la miró.
—No sé.
—Entonces espera a saberlo.
Él sonrió.
—Eso viniendo de ti es casi revolucionario.
Nora le lanzó una almohada.
Adrián la atrapó.
—Estoy evolucionando.
—Lo veo.
Dejó la almohada sobre la cama.
—Hay algo más.
Nora sintió la tensión en su voz.
—¿Qué?
Adrián tardó.
—He olvidado su cara.
Nora supo inmediatamente de quién hablaba.
Clara.
—¿Por completo?
—Si intento imaginarla, no puedo.
Nora no respondió.
—Recuerdo el retrato —continuó—. Sé que tenía el cabello oscuro. Sé cosas sobre ella. Pero no puedo verla.
—Lo siento.
Adrián miró sus manos.
—Pensé que sería peor.
—¿Y no?
—Es diferente.
—¿Cómo?
Él levantó los ojos.
—Duele. Pero no siento que esté desapareciendo.
Nora entendió.
—Porque todavía recuerdas que la quisiste.
—Sí.
—Eso basta.
Adrián sonrió débilmente.
—Creo que sí.
La miró.
Demasiado tiempo.
Nora sintió que el aire cambiaba.
No por la casa.
Por ellos.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada.
—Eso nunca significa nada.
Adrián se acercó un paso.
—Estaba pensando.
—Peligroso.
—Mucho.
Nora sonrió.
Él no.
—Pensaba que no sé qué va a pasar conmigo.
—Nadie sabe.
—Podría empezar a envejecer mañana.
—Sí.
—O dentro de cien años.
—También.
—Podría seguir necesitando sangre.
—Probablemente.
—Podría...
—Adrián.
Él se detuvo.
—¿Qué?
—¿Estás intentando convencerme de que eres complicado?
—Tal vez.
—Llegas tarde.
Por fin sonrió.
—Eso parece.
Nora lo miró.
—No necesito saber cuánto vas a vivir.
La sonrisa desapareció.
—¿No?
—No.
—Pensé que querías controlar todo.
—Estoy trabajando en ello.
Adrián bajó la voz.
—¿Y qué quieres entonces?
Nora tardó en responder.
No porque no lo supiera.
Porque decirlo hacía que fuera real.
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Editado: 30.09.2026