Nora despertó porque alguien estaba cantando.
No era una canción que conociera.
Tampoco una voz que reconociera.
Abrió los ojos.
La habitación estaba oscura.
Durante unos segundos no supo dónde estaba.
Luego vio la maleta junto a la puerta.
Las cortinas abiertas.
La pequeña línea de luz bajo la ventana.
Casa Varela.
Su última noche.
Nora se incorporó.
La canción continuaba.
Muy baja.
Una melodía sin palabras.
Venía del pasillo.
Miró el teléfono.
4:13.
—Por supuesto.
Había esperado que la última noche fuera tranquila.
Eso había sido claramente demasiado optimista.
Se puso la chaqueta.
Abrió la puerta.
El corredor estaba vacío.
La canción cesó.
Nora esperó.
Nada.
—No voy a seguir una voz misteriosa por una casa que acaba de dejar de estar maldita.
Silencio.
—Ya aprendí.
Algo golpeó suavemente el suelo al final del pasillo.
Nora cerró los ojos.
—Claro que sí.
Avanzó.
No escuchó los pasos dobles.
Aquello todavía le parecía extraño.
Durante los primeros días había aprendido a caminar esperando siempre un segundo sonido detrás.
Ahora cada paso terminaba donde debía.
Uno.
Nada más.
Al llegar al descansillo vio un objeto en el suelo.
Una fotografía.
Nora se agachó.
Era antigua.
Mucho.
Los bordes estaban amarillentos y una esquina había desaparecido.
La imagen mostraba cinco personas frente a la mansión.
Nora reconoció a Gabriel.
Más joven.
Helena.
Leonor.
Y dos personas que nunca había visto.
Un hombre alto, de cabello claro.
Y una muchacha.
Nora acercó la fotografía a la lámpara.
En el reverso había nombres escritos a mano.
Gabriel Varela.
Helena Varela.
Leonor Varela.
Después:
Samuel Valcárcel.
Y debajo:
Eva Valcárcel.
Nora frunció el ceño.
Valcárcel.
La familia que había iniciado el pacto.
La rama que, según todos, había desaparecido.
Giró otra vez la fotografía.
La muchacha tendría diecisiete años.
Quizá dieciocho.
No sonreía.
Tenía una mano apoyada sobre el hombro de Leonor.
Y miraba directamente a la cámara.
Nora sintió una incomodidad inmediata.
No porque la chica fuera extraña.
Porque parecía familiar.
—¿Qué haces despierta?
Nora se volvió.
Adrián estaba detrás.
—¿Por qué todos en esta casa han conservado la costumbre de aparecer sin hacer ruido?
—Pensaba que eso ya no te asustaba.
—No me asusta. Me irrita.
Adrián sonrió.
Luego vio la fotografía.
La sonrisa desapareció.
—¿Dónde encontraste eso?
—En el suelo.
Él se acercó.
Nora se la entregó.
Adrián la sostuvo durante varios segundos.
—No puede ser.
—Esa frase nunca trae nada bueno.
—No recordaba esta foto.
—¿Conoces a esas personas?
Adrián miró los nombres.
—A Samuel, sí.
—¿Y Eva?
Silencio.
—Adrián.
—No.
—Pero el nombre te suena.
Él levantó los ojos.
—Sí.
Nora sintió esa conocida punzada de curiosidad.
—¿De dónde?
Adrián volvió a mirar la imagen.
—No sé.
—¿Otro recuerdo que no sabes si es tuyo?
—Tal vez.
Nora señaló a la muchacha.
—Se parece a alguien.
—¿A quién?
—No lo sé todavía.
Adrián frunció el ceño.
—¿Lucía?
—No.
—¿Clara?
—Tampoco.
Nora tomó de nuevo la fotografía.
Los ojos.
Era eso.
Había visto esa mirada.
En algún retrato.
O en algún espejo.
No conseguía situarla.
—Vamos a despertar a tu padre.
Adrián levantó una ceja.
—Son las cuatro de la mañana.
—Ha tenido ciento cincuenta años para descansar.
—Argumento sólido.
Gabriel no estaba dormido.
Helena tampoco.
Los encontraron en el salón pequeño.
Había cajas abiertas sobre la mesa.
Documentos.
Libros.
Fotografías.
Como si llevaran horas revisando archivos.
Helena levantó la cabeza cuando Nora entró.
—¿Qué ocurre?
Nora dejó la fotografía delante de ella.
El efecto fue inmediato.
Helena dejó de respirar.
Gabriel se puso de pie.
—¿Dónde encontraste esto?
—En el corredor.
Él tomó la imagen.
Sus dedos temblaron.
Nora lo vio.
—Conocías a Eva.
Gabriel no respondió.
Helena sí.
—Sí.
—¿Quién era?
Helena miró la fotografía.
—Mi amiga.
Nora esperaba algo más.
No llegó.
—¿Y?
—Y nada.
—Helena.
La mujer cerró los ojos.
—Nora, llevamos varios días sin dormir.
—Yo también.
—Esto no tiene relación con lo ocurrido.
Nora soltó una risa breve.
—Ese argumento tampoco funciona ya.
Gabriel se sentó lentamente.
Seguía mirando la foto.
—Eva desapareció.
Nora sintió frío.
—¿Cuándo?
—Antes de Clara.
Adrián se acercó.
—No recuerdo eso.
Gabriel levantó la vista hacia su hijo.
—No estabas aquí.
—¿Dónde estaba?
—Con Irene.
—¿Dónde?
—París.
Adrián frunció el ceño.
—Nunca estuvimos en París antes de 1900.
Gabriel quedó inmóvil.
Nora miró a uno y otro.
—Eso parece importante.
Adrián negó.
—Estoy seguro.
Helena se tensó.
—Tus recuerdos no siempre...
—Ese sí es mío.
—¿Cómo puedes saberlo?
Adrián la miró.
—Porque recuerdo haber querido ir.
Silencio.
Nora cruzó los brazos.
—Entonces ¿dónde estaba?
Gabriel bajó la mirada.
—No lo sé.
—No puede ser.
—No lo sé.
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Editado: 30.09.2026