La casa sin espejos

EPÍLOGO: Lo que permanece

Un año después, Nora volvió a Casa Varela.

No porque la casa la llamara.

Eso era importante.

Volvió porque quiso.

El autobús la dejó en el mismo punto de la carretera donde había bajado por primera vez con una maleta demasiado pequeña, una oferta de trabajo demasiado buena y la absurda seguridad de que todo en el mundo podía explicarse si uno miraba con suficiente atención.

Ahora llevaba una mochila.

Nada más.

La verja estaba abierta.

Nora sonrió al verla.

Seguía pareciéndole extraño.

Durante meses había soñado con aquella verja creciendo hacia el cielo, con sus barrotes alargándose cada vez que intentaba escapar.

Los sueños habían terminado.

Casi todos.

Atravesó el camino.

Los cipreses seguían allí.

Pero alguien había podado las ramas bajas.

Entraba más luz.

La fachada también había cambiado.

Una de las torres estaba rodeada de andamios. Habían reparado parte del tejado y limpiado la piedra. Las hortensias de las macetas estaban vivas.

Muy vivas.

Nora tocó una flor blanca.

—Impresionante.

—Llevan doce días.

La voz llegó desde la entrada.

Nora levantó la cabeza.

Esteban estaba en los escalones.

Seguía vistiendo chaleco.

Por supuesto.

—Eso debe de ser récord.

—Trece mañana, si no las toca.

Nora retiró la mano.

—No he hecho nada.

—Usted siempre dice eso justo antes de que ocurra algo.

Nora sonrió.

Subió los escalones.

Esteban no esperó a que entrara.

La abrazó.

Fue rápido.

Torpe.

Tan inesperado que Nora tardó un segundo en responder.

Cuando se separó, él volvió a ser inmediatamente Esteban.

—Su habitación está preparada.

—Solo me quedo dos noches.

—La habitación sigue preparada.

—Gracias.

—La señorita Irene asegura que llegará esta tarde.

—¿De dónde?

Esteban puso los ojos en blanco.

—Portugal.

—¿No estaba en Italia?

—Eso fue la semana pasada.

Nora rio.

—Le está gustando ser libre.

—Demasiado.

Entró.

El vestíbulo olía a madera nueva y flores.

La lámpara de cristal estaba encendida.

Los relojes funcionaban.

Todos marcaban la misma hora.

Nora se quedó mirándolos.

—Eso todavía me parece inquietante.

—A mí me parece práctico.

—Tú no cuentas.

Esteban siguió caminando.

Nora miró hacia la pared.

El espejo.

Seguía allí.

Cubierto.

Una tela negra ocultaba toda la superficie.

Su sonrisa desapareció.

—Esteban.

Él se detuvo.

—¿Por qué sigue cubierto?

El hombre miró el espejo.

—Porque nadie ha querido tocarlo.

—¿Desde cuándo?

—Hace aproximadamente cinco meses.

Nora sintió frío.

—Adrián no me dijo nada.

—El señor Adrián consideró que no era necesario preocuparla.

Nora cerró los ojos.

—Voy a matarlo.

—Creo que ha utilizado esa frase antes.

—Con razón.

Se acercó al espejo.

No tocó la tela.

—¿Pasó algo más?

—No.

—¿Ninguna voz?

—No.

—¿Reflejos?

—No que sepamos.

—¿Puertas?

—Ninguna.

—¿Relojes?

—Funcionan.

—¿Flores?

—Trece días mañana.

Nora lo miró.

—Doce.

—Estaba comprobando si escuchaba.

—Muy gracioso.

Esteban sonrió.

—Ha aprendido.

Nora volvió al espejo.

—¿Quién puso la tela?

—Nadie.

Ella sintió el mismo escalofrío que había sentido cuando recibió la fotografía.

—Entonces sigue sin saber quién era la mujer.

—No.

Nora tocó ligeramente una esquina de la tela.

Esteban no la detuvo.

—¿Helena quiere quitarla?

—No.

—¿Gabriel?

—Tampoco.

—¿Irene?

—Propuso quemarlo.

—Eso suena a Irene.

—Mucho.

Nora respiró.

—¿Y Adrián?

Esteban la miró.

—Dice que espera a que llegue usted.

Nora apretó los labios.

—Claro.

—Está en el jardín.

Ella soltó la tela.

—Entonces empezaremos por matarlo.

Adrián estaba debajo del gran roble.

A pleno sol.

Nora se detuvo antes de que él la viera.

Había cambiado.

Esta vez no era imaginación.

El cabello era un poco más largo.

Su rostro seguía pareciendo joven, pero ya no exactamente el de aquel retrato de 1891.

Algo mínimo había ocurrido.

Una línea junto a los ojos.

Quizá nada.

Quizá un año.

Para Adrián, aquello era enorme.

Estaba leyendo.

Nora se acercó sin hacer ruido.

—Te has vuelto horrible.

Adrián levantó la cabeza.

Sonrió.

—Hola a ti también.

Nora dejó la mochila en el césped.

—No me dijiste lo del espejo.

—Sabía que Esteban lo haría.

—Eso no cuenta.

Adrián cerró el libro.

Se puso de pie.

Nora lo miró.

—Estás más alto.

—Eso es imposible.

—Entonces más viejo.

—Eso sí.

La sonrisa cambió.

Había orgullo en ella.

Y un poco de miedo.

Nora se acercó.

—¿Cuánto?

—No sé.

—¿Cambios?

—Un montón.

—¿Cuáles?

Adrián levantó una mano.

—Me corto y tardo horas en curar.

—Eso es bueno.

—Depende del corte.

—¿Qué más?

—Duermo.

Nora sonrió.

—¿De verdad?

—Seis horas algunas noches.

—Bienvenido al sufrimiento humano.

—Es horrible.

—Espera a tener que levantarte a las siete.

Adrián rio.

—También tengo hambre.

—Eso ya lo tenías.

—Hambre de verdad.

—¿Comida?

—Sí.

Nora abrió mucho los ojos.

—No.

—Ayer comí una naranja.

—¿Y?

—Asquerosa.

Nora rio.

Adrián se acercó.

—Te eché de menos.

La frase llegó sin dramatismo.

Sin miedo.

Eso hizo que significara más.

Nora lo miró.




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