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Año - 2004
༺JESSICA ༻ [16 años]
En nuestro pueblo, Oakhaven, cuando la pobreza apretaba, la fe se volvía el único refugio. El reverendo Thomas Wade hablaba desde el púlpito con su voz grave, predicando sobre la pureza, el cuerpo como un templo y el pecado de entregar lo sagrado antes de tiempo.
Pero yo apenas lo escuchaba.
A mi lado, en el duro banco de madera, Serena se inclinó hacia mí. Su aliento cálido me rozó la oreja en un susurro desesperado.
—Mateo dice que si de verdad lo amo, se lo debo demostrar esta noche —me dijo, bajito, con los ojos brillantes con una convicción que yo no entendía—. Dice que es la prueba de nuestro amor. Que si no se la doy, no tiene sentido seguir.
Me giré para verla, sintiendo un nudo de incredulidad en la garganta.
—¿Una prueba? Serena, eso no es amor, es chantaje. Si te deja por eso, jamás te quiso. Solo quiere lo que tienes entre las piernas.
Ella negó con la cabeza, la mirada fija al frente, pero sus palabras eran firmes.
—No lo entiendes, Jessica —protestó, apretando las manos sobre su falda—. Tienes dieciséis años, no sabes nada del amor.
—Y tú tienes dieciocho, y parece que no sabes razonar —le respondí sin rodeos—. Piensa un poco.
—Di lo que quieras. Nunca te has enamorado —sentenció, mirando fijamente al púlpito—. Crees que todos los hombres son iguales a papá y crees que el amor no existe. Pero estás equivocada. Yo sí creo en el amor. Lo amo. Y voy a ir esta noche a su casa.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
—Te vas a entregar solo porque él lo exige —le dije, muy bajito, casi en un susurro—. Eso no es amor, es miedo a quedarte sola... Solo demuestras lo desesperada que estás por retenerlo.
—Llevamos un año juntos, Jessica... —su voz tembló por un instante.
Iba a replicar, pero mamá, sentada al otro lado de Serena con su viejo abrigo gastado, nos dedicó una mirada severa y un murmullo seco:
—Shhh. Escuchen.
Nos callamos de golpe, a la vez, y miramos al frente. El reverendo seguía hablando, su voz resonando en el silencio: —...y el que entrega su tesoro a quien no lo valora, no está regalando amor; está desperdiciando su dignidad.
Miré al frente sin ver realmente el altar. «Ella cree que la critico por lo que pasó con mis padres», pensé en silencio. «Se equivoca. Yo sí quiero enamorarme, sueño con encontrar al hombre de mi vida. Pero jamás perderé mi dignidad por el capricho de nadie.»
Lo de Serena no era amor; era una obsesión ciega que la hacía arrastrarse. «Yo jamás me dejaré atrapar por algo así. El amor no vuelve estúpida a la gente; la obsesión y el capricho sí, porque hacen que pierdan la dignidad, que olviden quiénes son.»
***
Llegó la noche y el silencio en nuestra pequeña casita se volvió pesado. Mamá y Milly, nuestra hermana menor, ya dormían en el cuarto que compartían. Serena y yo, en otra habitación pequeña, compartíamos la cama. Yo estaba despierta, contando las grietas del techo, cuando escuché el crujido de las cobijas. Serena se levantó con torpeza, se puso el abrigo sobre la pijama y se inclinó sobre mí.
—Jessica, cúbreme —me rogó en un hilo de voz—. Si mamá se despierta, dile que fui al baño de afuera. Por favor.
Me incorporé, con el corazón latiéndome con rabia y pena.
—¿Vas a ir de verdad? Espero que sepas lo que haces.
—Lo sé —mintió, antes de escurrirse por la puerta trasera en completo silencio.
Me quedé sola en la habitación, mirando la cama vacía, contando los minutos sin poder dormir. «¿Por qué hace eso? ¿Por qué darle lo más puro que tienes solo por el deseo carnal de otro?», me preguntaba una y otra vez; no llegaba a comprenderlo.
Pasaron dos largas horas y el reloj de pared marcaba la una de la madrugada cuando el cerrojo giró.
Serena entró rápidamente, se quitó el abrigo con manos temblorosas y se metió en la cama de un salto, tapándose hasta la cabeza. Me giré hacia ella.
—¿Cómo te fue? —pregunté suavemente.
Hubo un silencio breve, y su voz salió amortiguada, triste y molesta a la vez.
—Mal.
Fruncí el ceño y me acerqué un poco más.
—¿Qué pasó? Cuéntame.
Se destapó un poco la cara y se volvió a verme. Vi que tenía los ojos rojos, las mejillas sonrosadas no por el frío, sino por la vergüenza.
—No... no sabíamos cómo empezar —murmuró, evitando mis ojos—. Los dos estábamos ahí, sin saber qué hacer. Él intentó... se frotó "ahí" con la mano para que... para que estuviera listo. Y cuando quiso ponerse el condón... se le volvió pequeño. No le entró. No pudimos hacerlo.
Me mordí el labio, pero no pude contenerme. Una risa me salió de golpe, baja y temblorosa, difícil de ocultar. Tapé mi boca con la mano, pero las carcajadas me sacudían los hombros. Era tan absurdo, tan patético, que no podía evitarlo. «Tanto drama para terminar así.»
—¡No te rías! —susurró ella, indignada, dándome un empujón suave—. ¡No es gracioso, Jessica! Me siento horrible. Nos quedamos ahí parados, mirándonos como idiotas. Me dio tanta vergüenza que me vine corriendo.
—Perdón, perdón... —dije intentando ponerme seria—. Pero es que... ¿en serio pasó eso?
—Sí —se quejó, dándome la espalda y tapándose por completo.
Me quedé boca arriba, mirando la penumbra. «Esto es lo que pasa cuando dos torpes juegan a ser adultos», pensé. «Dos inexpertos solo consiguen tropezar, frustrarse y pasar vergüenza.»
La exigencia me salió de golpe. «No quiero eso para mí. No quiero a alguien que tenga que adivinar cada paso, que no sepa cómo tratarme, que se pierda antes de empezar.»
Respiré hondo, y la idea se asentó en mí con una certeza que me sorprendió. «Yo quiero a un hombre con experiencia. Alguien que ya sepa lo que hace, que no tenga que intentarlo. Que haya conocido a otras mujeres, que haya tenido sus historias breves y pasajeras... porque así, cuando él me conozca, sabrá distinguir. Sabrá que yo no soy una más y así, con esa seguridad, él querrá recorrer su camino solo conmigo. Que sea mayor que yo, por cuatro o cinco años, que sea independiente, de carácter firme, que esté dispuesto a protegerme, que le cueste dormir si no estoy a su lado.»