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Año - 2004
༺ COLIN ༻ [20 años]
El sudor me corría por la nuca mientras el ritmo acelerado en aquella cama me arrastraba directo al límite.
La mujer debajo de mí debía rondar los treinta años, una belleza madura con los ojos entornados y la respiración rota que parecía jurar, en cada gemido, que no existía otro hombre en el mundo capaz de hacerla sentir así. Y yo me encargaba de que se lo creyera. Esa era mi especialidad: hacerle sentir a cada mujer que era la única, la dueña absoluta de mi atención, aunque la realidad fuera muy distinta.
Estaba a punto de tocar el cielo cuando la puerta de la habitación se abrió de golpe, estrellándose contra la pared sin el menor aviso.
—¿Qué carajo haces, Colin? —resonó la voz gruesa de Marcus Reed, mi mánager, irrumpiendo en el cuarto como un elefante en una tienda de cristal.
Lejos de asustarme o apresurarme a cubrirme, el ardor de la interrupción me convirtió a mí en el indignado. Ni siquiera me salí de ella; simplemente me detuve a medio movimiento, apreté los dientes y giré la cabeza hacia la entrada con una mirada gélida.
—¿Se puede saber qué mierda te pasa a ti, Marcus? —le espeté sin moverme un solo centímetro—. ¿Para qué demonios crees que se inventaron las puertas? Se toca antes de entrar.
Marcus se llevó una mano a la cara para taparse los ojos de inmediato, soltando un resoplido cargado de frustración.
—Te estamos esperando en la sala desde hace veinte minutos. Todo el grupo está listo menos tú. Sal de ahí ahora mismo —refunfuñó antes de dar media vuelta y salir a toda prisa, cerrando de un portazo.
En cuanto nos quedamos solos, la mujer soltó una risita suave que retumbó contra mi oído.
—Tu jefe se enojó bastante —murmuró, pasándome las uñas con delicadeza por los hombros.
Le dediqué mi mejor sonrisa, esa que derretía a cualquiera, y me incliné para rozar sus labios con la punta de los míos.
—Olvídate de él —le susurré al oído con voz pausada y envolvente—. Nadie interrumpe algo tan perfecto entre tú y yo.
Con un par de palabras bonitas y la atención fija en sus ojos, volvimos a lo nuestro. Nos tomamos los minutos necesarios para terminar lo que habíamos empezado, disfrutando del cierre de una noche intensa.
Ratos después, cuando la adrenalina finalmente bajó y ambos comenzamos a vestirnos en silencio, ella hurgó en su bolso. Extrajo una pequeña libreta junto a un bolígrafo y me los extendió con una mirada cargada de ilusión.
—Apunta tu número aquí —pidió con una sonrisa coqueta.
«No puede ser... No entendió que esto era solo cosa de una noche», pensé, sintiendo una ligera punzada de pereza mental.
Sin embargo, jamás rompía el hechizo de forma brusca. Volví a armarme de mi sonrisa más cálida, me acerqué a ella y le planté un beso suave en los labios. Tomé la libreta y el bolígrafo de sus manos con total caballerosidad y garabateé siete dígitos sobre la hoja en blanco. «Aquí tienes un regalito, Marcus... Esta mujer no dejará de llamarte».
—No olvides llamarme —le dije al oído, guiñándole un ojo mientras le devolvía sus cosas.
Le dediqué una última mirada llena de falsas promesas, di media vuelta y salí del dormitorio a paso firme, dejando atrás el perfume de la habitación para enfrentarme a la reunión que me esperaba en la sala.
En cuanto crucé el umbral de la sala, el ambiente se sintió pesado, tenso, como si el aire se hubiera vuelto de plomo. Marcus estaba de pie cerca de la ventana con los brazos cruzados y la mandíbula apretada, reflejando una frustración amarga. El resto de la banda permanecía sentado en silencio, sin atreverse a sostenerme la mirada. «¿Ahora qué tienen estos amargados?».
Avancé un par de pasos y me detuve en seco. En medio de la habitación, estaba mi teclado perfectamente guardado dentro de su estuche negro de cuero.
«¿Qué demonios hace mi instrumento ahí?», pensé, sintiendo un escalofrío de advertencia.
Marcus rompió el silencio antes de que pudiera formular la pregunta.
—Me equivoqué contigo, Colin —soltó sin rodeos, con la voz cargada de molestia—. Me equivoqué al contratar a un chico de veinte años para un grupo de hombres maduros.
—¿De qué carajo hablas, Marcus? —espeté molesto, haciendo un ademán con la mano.
—De tu falta de madurez —respondió él, dando un paso al frente—. Eres un talentoso de mierda con el teclado, el mejor que he visto, pero no sirves para este trabajo. ¡Siempre hay problemas contigo y las mujeres! Salen llorando, arman escándalos en los vestidores y arruinan la logística porque no eres capaz de darles una relación seria ni de controlar tus hormonas.
—Tienes que entender que somos un grupo de casados, Colin. Tenemos esposas —murmuró el bajista de la banda.
Marcus señaló mi instrumento dentro de su estuche con firmeza.
—Las distracciones se acabaron. Estás fuera de Black Raven.
El silencio que siguió fue absoluto. Cualquier otro en mi lugar habría suplicado o pedido una oportunidad, pero yo no. La indignación me quemó por dentro, transformada en pura arrogancia.
Solté una risa seca y despectiva.
—¿Me están despidiendo a mí? —dije con voz pausada, dejando ver una sonrisa llena de superioridad—. No van a encontrar a nadie mejor que yo ni aunque vuelvan a nacer.
Caminé hacia el centro de la habitación, tomé el estuche de mi teclado y me giré hacia ellos.
—Se olvidan de que he sido yo quien ha tenido que taparle los gallos y las notas desafinadas a Dorian en cada bendito concierto —espeté, señalando al cantante, que apretó los puños—. Se olvidan de que soy yo el que tiene que improvisar en vivo para salvar la canción cada vez que al bajista se le olvidan los acordes por estar borracho, o cuando el baterista se salta los tiempos y pierde el ritmo a mitad de un solo. Yo sostenía este grupo.