La Caza | La Bestia y El Cáliz de Espinas #1

Capítulo 3: Las Reglas del Juego (Parte II)

🔥

Año - 2004

COLIN ༻ [20 años]

El tren chirrió al detenerse en la plataforma, una mole de metal y vapor que exhalaba humo gris hacia el cielo plomizo.

Subí con el estuche del teclado en una mano y el pequeño bolso de viaje en la otra. Busqué un asiento junto a la ventana y me acomodé, dispuesto a dormir durante todo el trayecto.

No llegué siquiera a cerrar los ojos cuando una fragancia dulce y envolvente invadió mi espacio personal. No era el perfume barato de las groupies de hotel; olía a vainilla y a algo más refinado, quizá jazmín.

Abrí un ojo. Una mujer estaba de pie frente a mí, luchando contra la gravedad y su propia estatura. Era pequeña, de cabello rojizo recogido en un moño desordenado pero elegante, y unos ojos verdes que escaneaban el portaequipajes superior con frustración. «No está nada mal». Sin embargo, su complexión menuda no me resultó especialmente atractiva, así que volví a cerrar los ojos.

—Mierda, maldita cosa —murmuró la mujer.

Volví a abrirlos. Intentaba subir una maleta de mano, pero sus brazos no alcanzaban la repisa con comodidad.

Sonreí para mis adentros. «Si la oportunidad se presenta, ¿por qué no aprovecharla?».

Me incorporé con lentitud calculada, estirando los brazos por encima de su cabeza sin apenas rozarla, pero lo suficiente para que percibiera mi presencia. Con un movimiento fluido, tomé la maleta y la coloqué en su lugar con facilidad.

—Gracias —dijo ella, girándose hacia mí. Sus ojos verdes brillaron con una mezcla de alivio y curiosidad—. Pareces tener experiencia en esto.

—Solo soy alto y servicial —respondí con una media sonrisa, dejando que mi voz descendiera un tono, volviéndose más cercana—. Soy Colin.

—Elara —contestó, extendiendo una mano pequeña y bien cuidada. Su apretón fue firme, decidido.

Me senté de nuevo, invitándola con un gesto a ocupar el asiento junto al mío. Ella aceptó sin dudar, cruzando las piernas con naturalidad. El tren comenzó a moverse, sacudiéndonos suavemente mientras la ciudad se desvanecía tras nosotros.

—¿Vas hasta Oakhaven? —preguntó finalmente, señalando mi estuche.

—Sí —respondí, acomodándome en el asiento—. Voy a visitar a mi hermano.

—¿Eres músico?

—Algo así.

Ella sonrió.

—Ese "algo así" suena a que prefieres no presumir.

Solté una breve risa.

—Depende de quién pregunte.

Jugueteé con su cabello, y ella respondió con un silencio cómplice, atrapada en mi encanto.

—¿Cuántos años tienes? —preguntó curiosa.

La observé un segundo. Debía calcular su edad antes de decir la mía. Ella rondaba entre los veinticinco y veintisiete.

—Veinticuatro —respondí.

La mentira salió con tanta naturalidad que incluso tuve que contener una sonrisa.

—¿Veinticuatro? —repitió, mirándome con interés—. Te habría calculado menos.

—¿Tengo cara de niño?

—No exactamente.

Su mirada se sostuvo en la mía un instante, sin mayor intención que la curiosidad del momento.

Sonreí.

No era más que una conversación pasajera.

—¿Vas lejos? —preguntó, sin apartar la vista.

—Hasta la última parada —respondí, recostándome con calma.

Elara soltó una risita suave, mordiendo ligeramente su labio inferior.

—Me gusta esa seguridad. Eres peligroso, Colin.

—Solo si te dejas llevar —respondí, inclinándome apenas hacia ella, reduciendo la distancia entre ambos.

La conversación fluyó con una facilidad sorprendente. Hablamos de música, de libros, de lo monótono que podía ser viajar solo. Yo seguí el mismo patrón de siempre: hacerla sentir especial, única, el centro de mi atención durante esos breves minutos.

—¿Te gusta este género? —preguntó, mencionando una banda que apenas conocía.

—Me fascina —respondí sin dudar—. Tienes un gusto excelente, Elara. No muchas personas saben apreciar la buena música como tú.

Sus ojos verdes se oscurecieron ligeramente, complacidos, y su postura se relajó aún más, inclinándose hacia mí.

—¿Y los libros? ¿Qué sueles leer? —inquirió con interés genuino.

—Prefiero los que dejan huella, los que invitan a reflexionar —dije, devolviéndole la pregunta—. ¿Y tú? Seguro eliges historias tan cautivadoras como tú.

Ella rió en voz baja, halagada. —Viajar sola suele ser bastante aburrido... —murmuró, apoyando la sien en su mano.

—Yo tampoco suelo disfrutarlo —admití, mirándola fijamente—, pero contigo el tiempo pasa sorprendentemente rápido. Es curioso cómo cambia todo con la compañía adecuada.

Se quedó en silencio un instante, observándome con una mezcla de curiosidad y fascinación. Luego bajó la voz, casi como si temiera romper el momento: —...¿Tus ojos son negros?

Esbocé una media sonrisa. Me incliné lentamente hasta que nuestros rostros quedaron a escasos centímetros y susurré: —No te quedes con la duda.

Sus ojos se perdieron en los míos y un leve rubor le subió a las mejillas. Aproveché ese instante para deslizar la mano con suavidad sobre su rostro y acercarla un poco más. La besé. Fue un beso lento, deliberado, diseñado para que se perdiera por completo en el momento. Y, como siempre, se entregó sin reservas.

El silbato del tren nos devolvió a la realidad cuando estábamos a punto de perder el control. Nos separamos con la respiración entrecortada, las mejillas encendidas y una complicidad silenciosa.

—Esto ha sido... inesperado —dijo Elara, acomodándose el cabello con dedos temblorosos.

—Lo mejor del viaje —respondí con una sonrisa.

El tren comenzó a frenar, anunciando la llegada a Oakhaven. El ambiente se tensó ligeramente, con esa incomodidad propia de los encuentros fugaces.

—Deberíamos intercambiar números —dijo, buscando en su bolso una libreta.

Sentí la habitual pereza ante la idea de complicaciones. No quería llamadas, ni mensajes, ni expectativas. Pero tampoco quería parecer descortés.




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