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Año - 2004
༺ JESSICA ༻ [16 años]
—Tu padre quiere verlas...
Mamá dejó aquellas palabras sobre la mesa mientras terminaba de acomodar unos platos, como si anunciar una visita de nuestro padre fuera algo completamente habitual.
Serena levantó la mirada desde el sofá y negó con la cabeza.
—Yo no voy.
Milly ni siquiera apartó los ojos del cuento que tenía entre las manos.
—Yo tampoco, mami.
Las miré a ambas antes de volver la vista hacia mamá. Ella permaneció en silencio durante unos segundos, como si ya supiera exactamente cómo terminaría aquella conversación.
—Dice que quiere invitarlas a cenar —explicó finalmente—. Estará esperándolas en la estación.
Serena soltó una risa breve, sin humor.
—¿Ahora quiere vernos?
Mamá no respondió, pues no era necesario. Conocía demasiado bien aquella historia. Papá aparecía una vez cada dos años con una invitación, una promesa o una excusa y después desaparecía durante otros dos o tres. Sin embargo, también sabía que cada vez que lo rechazábamos terminábamos escuchando la misma versión: que sus hijas no querían verlo, que Merce las había puesto en su contra, que nadie le daba una oportunidad.
Suspiré resignada y decidí ir.
—Yo iré.
Serena me miró como si acabara de anunciar que pensaba marcharme a otro país.
—¿En serio?
—Solo vamos a cenar.
—Jessica, siempre dices eso y luego terminas sintiéndote mal.
—Puede ser —admití, encogiéndome ligeramente de hombros—. Pero esta vez quiero escucharlo, tal vez cambió.
Mamá me observó durante unos segundos.
—No tienes que hacerlo por mí.
—No lo hago por ti —dije, y sonreí apenas—. Lo hago por mí.
En aquel tiempo, tomar un taxi era un lujo para nosotras. Me puse el cárdigan largo, una gorra y la bufanda, y salí de casa apresuradamente hacia la estación de tren.
Había tardado media hora en llegar. El aire frío aún me cortaba la respiración mientras me acomodaba mejor la bufanda alrededor del cuello y buscaba a papá entre la multitud.
Avancé entre los pasajeros que cruzaban frente a mí. El frío me obligaba a esconder las manos dentro de los bolsillos del cárdigan mientras me dirigía hacia la salida.
Entonces choqué con alguien. El impacto me hizo retroceder un paso.
—Lo siento —murmuré de inmediato.
Ni siquiera levanté completamente la mirada. Solo hice una leve inclinación de cabeza y continué caminando.
No quería llegar tarde, porque si lo hacía papá siempre encontraba alguna razón para sentirse ofendido, y no quería darle una más.
Lo vi finalmente cerca de uno de los pilares de la estación.
—Papá.
Él giró la cabeza y su expresión apenas cambió al verme. Corrí y lo abracé; después de todo, no lo había visto en dos años.
—Por fin —espetó molesto.
No me abrazó ni me dio un beso. «No ha cambiado. Sigue siendo el mismo».
Su mirada, en cambio, buscó de inmediato a las dos personas que no estaban conmigo.
—¿Dónde están tus hermanas?
—Serena no pudo venir... Está estudiando para su ingreso a la universidad.
Su rostro se endureció.
—Claro. ¿Y Milly?
—Está resfriada.
Papá soltó un suspiro largo y negó con la cabeza.
—Ella te enseñó a mentir, ¿verdad? Tu madre es una mentirosa —escupió, con un tono cargado de desprecio—. Siempre igual. Nunca sabes cuándo dice la verdad y cuándo te está vendiendo humo.
—Deja de hablar mal de mamá o me iré.
No respondió y continuamos caminando.
Entonces su mirada se desvió hacia un hombre que estaba unos metros más allá.
—¿Y ese qué mira?
Giró ligeramente el cuerpo hacia él.
—¿Qué miras? —preguntó con brusquedad—. ¿Tienes algún problema?
Me giré apenas, sin comprender qué ocurría. Solo alcancé a distinguir a un hombre alto con un estuche negro sobre el hombro antes de que papá volviera a hablar.
—Lo siento... —me disculpé con el desconocido, sin darle mayor importancia, pues tenía demasiadas cosas en la cabeza.
Sostuve a mi padre del brazo y lo alejé suavemente para que continuáramos nuestro camino.
—Vamos... Papá, ¿podemos simplemente cenar sin discutir?
Me miró durante unos segundos.
—Eso depende de ti.
Suspiré.
—Entonces depende de mí.
Y seguí caminando a su lado.
«Claro, soy yo la adulta responsable entre los dos».
En ese momento me arrepentí de haber ido a ese encuentro.
Minutos después llegamos a un restaurante local. Nos acomodamos y comenzamos a revisar el menú.
—Tu madre siempre ha sido así —escupió mi padre.
Bajé la mirada durante un instante. Ya había comenzado con sus quejas.
—Papá...
—¿Qué? —preguntó, abriendo las manos—. ¿Acaso no es verdad? ¿Cuántos años llevo intentando acercarme a ustedes? Pero Merce siempre encuentra la manera de hacerme quedar como el malo.
Respiré lentamente, cansada de la situación, cansada de resolver problemas de adultos.
—Papá, tú tampoco nos buscaste en dos años.
Su expresión cambió de inmediato, como si lo hubiera ofendido.
—¿Cómo puedes decir eso?
—Porque es verdad —respondí con suavidad, sin elevar la voz—. Sabes dónde estudiamos. Sabes dónde vivimos. Incluso podrías haber llamado a mamá para saber cómo estábamos.
—¿Y qué querías que hiciera? —replicó, llevándose una mano al pecho—. Tu madre nunca quiso que me acercara.
—Entonces podrías habernos dado un teléfono.
Aquello pareció incomodarlo. Lo conocía demasiado bien: era el hombre más tacaño que había conocido.
—Eras demasiado pequeña para entender la historia... Ahora ya tienes dieciséis y puedes comprender.
—No necesito comprender nada, papá. Sí, era pequeña, pero lo recuerdo todo.
No respondió.
Pedimos la cena y comimos en completo silencio. Un rato después, volvió a hablar con amargura.