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Diciembre, 2004
༺ COLIN ༻ [20 años]
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La casa de mi hermano olía a madera vieja, café cargado y una mezcla de nostalgia barata que me revolvió el estómago en cuanto crucé el umbral.
Dejé caer el estuche de mi teclado junto a la entrada con un golpe seco. La sala estaba a medio iluminar, pero no hizo falta mucha luz para reconocer las caras que me observaban desde los sillones. La sorpresa flotaba en el aire como humo denso.
—Miren nada más qué basura arrastró la marea —soltó una voz rasposa desde la penumbra.
Javier. Veinticinco años, la misma postura de siempre y una cerveza entre las manos. A su lado, en el reposabrazos, Caleb, nuestro antiguo cantante de veintiocho, observándome con esa postura correcta y sensata que siempre lo caracterizó, me dedicó una sonrisa de lado mientras cruzaba los brazos.
Oliver cerró la puerta tras de mí y me rodeó los hombros con su brazo.
—Traje al hijo pródigo de vuelta.
Ahí estaban. Los viejos fantasmas de mi adolescencia.
—Cinco años más viejos y siguen teniendo caras de fracasados —espeté, quitándome la chaqueta con parsimonia para lanzarla sobre el respaldo de un sillón.
—Miren al chico de oro —se burló Javier, dejando su lata sobre la mesa—. El pequeño Colin. Tenías quince años cuando te recogimos y no sabías ni tocar un acorde sin equivocarte de escala.
—Tenía quince años y les salvaba los shows porque ninguno de ustedes sabía leer una partitura completa —le corregí de inmediato, dejando ver una sonrisa llena de superioridad.
Los miré mientras me acomodaba la manga de la camisa, disfrutando demasiado de haberles recordado aquello.
—Y a los dieciocho nos abandonaste por otra banda: Black Raven. Y no dudaste un segundo en dejarnos —replicó Javier, con la mandíbula tensa.
—Sigues resentido por eso, Javier.
—Dejaste la banda como si fuéramos basura.
Lo miré con calma.
—Dejé la banda porque, para mí, la música no es un pasatiempo... la música es todo lo que tengo.
—Estábamos iniciando.
—Y miren cómo están ahora. Cinco años más viejos y siguen estancados en el mismo lugar.
—Habla el chico de oro —soltó Javier, con tono mordaz.
—Y mira dónde estás tú ahora —atacó Oliver desde el fondo, con voz neutra—. En mi sala, sin trabajo y con el teclado a cuestas... ¿Black Raven te echó?
La mención de Black Raven hizo que se me tensara la mandíbula, pero sostuve la mirada de mi hermano sin pestañear. Jamás admitiría frente a ellos que me habían echado. La narrativa oficial era que YO era demasiado para ellos, y así se quedaría.
—Estoy de vacaciones —mentí sin inmutarme, dejándome caer en el único sillón individual libre—. Necesitaba aire fresco y alejarme un rato del desastre de las giras.
—Sí, claro. Y yo soy el rey de Inglaterra —soltó Javier, con una carcajada baja—. ¿Los abandonaste así sin más? No tienes seriedad, Colin.
Caleb, que siempre era el más centrado y profesional del grupo, decidió cortar el cruce de egos antes de que escalara.
—Siempre serás bienvenido, Colin —dijo con calma—. Dejando de lado la reunión escolar... hay un asunto de trabajo.
Alcé una ceja.
—¿Trabajo en este agujero helado? No me digas que encontraron un bar de mala muerte que pague más de diez dólares la noche.
Tomó una hoja impresa sobre la mesa y la extendió hacia mí con calma.
—Es un contrato —dijo Caleb, señalando el papel—. La iglesia principal de Oakhaven se quedó sin músicos para sus servicios y eventos especiales de temporada. El reverendo Thomas Wade está buscando gente comprometida que sepa tocar bien. Nos ofreció un contrato.
El silencio duró un segundo antes de que una carcajada limpia me saliera del pecho.
—¿Una iglesia? —dije, riéndome con ganas mientras negaba con la cabeza—. ¿Me están pidiendo a mí, que acabo de bajarme de escenarios llenos de alcohol y mujeres, que vaya a tocar himnos sagrados para un atajo de persignados? Por favor, díganme que es una broma.
—Nadie está bromeando, Colin —intervino Oliver con firmeza—. A diferencia de ti, nosotros vivimos en el mundo real. Javier tiene gastos, Caleb necesita el dinero y a mí no me viene mal un ingreso extra.
—Pues que toque otro —dije, reclinándome con displicencia—. Yo no toco para santurrones.
Caleb inclinó la cabeza y dio un golpecito sobre el papel.
—Lee la cifra antes de abrir la boca, chico prodigio —pidió Caleb, manteniendo la cordura—. No es un concierto de estadio, pero la cifra es bastante justa para ser un pueblo pequeño. A todos nos sirve el dinero.
Con pereza mental, me estiré, tomé el contrato y desplegué la hoja. Mis ojos repasaron el encabezado religioso con desprecio hasta que llegaron a la parte inferior, donde figuraba el pago fijado.
Me detuve... Una sonrisa lenta apareció en mis labios.
No era una fortuna. No era lo que cobraba con Black Raven en un festival masivo, pero para ser un pueblo olvidado de Dios y un par de horas a la semana, la cifra era ridículamente buena. Cubría de sobra mi estancia, mis tragos y me daba independencia total sin tener que aguantarle un solo centavo o sermón a Oliver.
Pasé la lengua por mis dientes, sopesando la ironía.
—Vaya, parece que el reverendo tiene un fondo de caridad bastante generoso —murmuré, dejando el papel sobre la mesa.
—¿Eso es un sí? —preguntó Javier con curiosidad.
Esbocé mi mejor sonrisa, mirando a los tres.
—Consideren que la Providencia les acaba de salvar el trasero. Voy a tocar en su bendita iglesia... pero solo porque me gusta el color de su dinero.
Oliver suspiró, negando con la cabeza, mientras Javier alzaba su cerveza a modo de brindis. La suerte estaba echada. Mañana iríamos a ensayar bajo la mirada del reverendo Wade.