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Diciembre, 2004
༺ COLIN y JESSICA༻
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COLIN [20 años]
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El aire dentro de la iglesia olía a madera encerada y esa humedad fría que se mete en los huesos si no te mueves lo suficiente. Un lugar perfecto para aburrirse hasta la muerte, o para dormir la siesta eterna.
Ajusté las correas de mi teclado sobre el hombro mientras cruzábamos el umbral principal. No había público aún, solo el eco de nuestros pasos resonando contra el suelo de madera.
Y ahí nos esperaba el reverendo Thomas Wade.
—Bienvenidos, bienvenidos —dijo con una voz cálida pero firme, extendiendo los brazos—. Me alegra enormemente que hayan aceptado nuestra invitación, después de haberles escuchado tocar, para mí es un privilegio que estén aquí. Oakhaven necesita músicos como ustedes.
Oliver dio un paso al frente, siempre el diplomático.
—Gracias por recibirnos, reverendo. Estamos ansiosos por colaborar.
—Gracias a ustedes por estar aquí, muchachos. De verdad, qué bendición tenerlos aquí —dijo con un tono cercano—. Colin, Oliver, Caleb, Javier... La congregación va a agradecer muchísimo esta energía. El servicio está por comenzar.
—Gracias, reverendo Thomas —respondió Caleb con cortesía.
El reverendo se retiró a la entrada para dar la bienvenida a los feligreses.
Nos dirigimos hacia el púlpito. Caleb tomó su micrófono, Javier se sentó tras la batería acústica. «Esa batería parece sacada de un museo» y Oliver conectó su bajo. Yo desenfundé mi teclado, un Yamaha de gama alta que destacaba ridículamente entre la sencillez austera del altar. Lo coloqué sobre su soporte y comencé a configurar los presets.
Apenas nos estábamos instalando, un par de jovencitas de la iglesia, de no más de quince o dieciséis años, con faldas largas y miradas piadosas, rompieron la distancia. Se acercaron a la primera fila con la excusa de mover unos floreros, empujándose entre risitas.
Levanté una ceja, sin dejar de ajustar el volumen, y les dediqué una media sonrisa lateral. Ellas se pusieron rojas como tomates maduros. Una de ellas, con pecas y mejillas encendidas, tomó el valor de acercarse al borde del escenario.
—Disculpa... —murmuró, fingiendo curiosidad por el equipo—. ¿Van a tocar durante toda la temporada?
Le dediqué una sonrisa cálida, apoyando los codos sobre el instrumento con esa amabilidad juguetona que me salía de forma natural con cualquier mujer.
—Cada domingo—respondí con tono sugerente—. Soy Colin. ¿Y ustedes son?
—Yo soy Clara... y ella es Sarah —dijo la chica, dando un paso más.
—No eres del pueblo, ¿verdad? —preguntó Clara, mirándome con adoración evidente.
Me detuve, apoyando una mano en el borde del teclado e inclinándome ligeramente hacia ellas. Disfrutaba de la atención, era un vicio automático, como respirar.
—He vivido aquí tres años —respondí con suavidad.
Sarah, con la audacia de la emoción, estiró la mano y tocó tímidamente una de las teclas del sintetizador, haciendo sonar una nota grave.
—¡Sarah, no toques! —la reprimió su amiga entre risas.
—Tranquila, no rompes nada —le dije a Sarah guiñándole un ojo, mientras deslizaba mis dedos sobre el teclado para convertir esa sola nota en un acorde armónico y envolvente—. ¿Escuchaste? Hiciste música.
Sarah ahogó un chillido de emoción y Clara se cubrió el rostro sonrojado. Ambas murmullaron un "gracias, Colin" antes de salir corriendo casi a trompicones hacia los asientos laterales.
Oliver me dio un golpe seco en el brazo con el mástil de su bajo, mirándome con severidad.
—¿Ya vas a empezar, Colin? Te lo advirtió Caleb. Ni se te ocurra jugar con las chicas de aquí —susurró con dureza—. No te involucres con ninguna jovencita. Son hijas de familias respetables de aquí.
Me froté el brazo donde me había dado, sintiendo cómo la irritación subía por mi cuello.
—No me jodas, Oliver. Solo soy amable —espeté en voz baja, apretando los dientes—. Son unas niñas. Me ofende que pienses que tengo tan poco criterio.
Oliver me sostuvo la mirada, severo.
—Más te vale. Aquí no estamos en la capital. Aquí los rumores vuelan más rápido que la luz.
Rodé los ojos y volví mi atención al teclado, ajustando el último preset. «Hipócritas», pensé. Todos actuaban como santos, pero la sangre era la misma en todas partes.
Yo no estaba ahí para perder el tiempo con crías; estaba ahí por la música y por el dinero.
Las puertas de la iglesia se abrieron de par en par. Empecé a tocar la introducción de un himno clásico, "Aleluya", pero con mi propio arreglo.
Mis dedos se deslizaban por las teclas negras y blancas con una soltura que ya no necesitaba pensar. La música fluía, envolvente y poderosa. Me dejé llevar por ella, perdiéndome en cada acorde, en cada cambio de ritmo, en esa sensación de tener el sonido entero bajo mis manos.
Y entonces, lo sentí. Esa punzada eléctrica en el pecho. La misma que había sentido en la estación de tren.
Levanté la vista instintivamente hacia la entrada principal. Al principio solo vi entrar a una mujer mayor. Pero esa maldita sensación no desaparecía; al contrario, se intensificó. Volví a mirar hacia la puerta.
Y la vi. Volví a ver esas mismas caderas que habían conseguido detenerme en aquella estación sin que yo supiera siquiera quién era. Mis ojos la recorrieron entera, sin pudor, con una avidez pecaminosa. Era una locura absoluta: no la conocía, aun así, mi atención parecía tener voluntad propia. La seguí con la mirada, deseando verle la cara... y fallé como un pendejo.
Mi dedo resbaló sobre las teclas. Una sola nota —aguda, desafinada, discordante— rasgó el aire y rompió toda la armonía del acorde.