En un mundo donde Giulia no hubiese existido, estas hubiesen sido Stefani y Charlotte, quizas, un año despues.
POV Stefani:
La Haus está en silencio. Ese silencio espeso, casi lujoso, que solo aparece cuando todo el mundo se fue pero tú aún sigues aquí porque no sabrías dónde más estar.
Son casi las dos de la mañana.
Mi oficina respira luz cálida, papeles abiertos, vasos a medio terminar y un nivel de cansancio que ya dejó de sentirse.
Y Charlotte…
Charlotte despatarrada con elegancia en mi sofá como si fuera suyo, con el blazer desabotonado y ese aire de soy la dueña de este planeta aunque no lo haya comprado todavía.
Tiene su whisky servido perfecto.
El mío está medio vacío, como siempre.
—La Haus a esta hora funciona como un confesionario corporativo —dice sin levantar la vista—. Tienes la culpa, el agotamiento y el alcohol… solo faltan los pecados.
—¿Me estás diciendo que esperas que confiese algo?
—Stefani… —la forma en que pronuncia mi nombre ya es un diagnóstico—. Siempre confiesas algo cuando luces así.
—¿Así cómo?
—Cansada, brillante… y con dos dedos de whisky encima —levanta su copa hacia la mía como si estuviera brindando por mi decadencia.
Le saco la lengua. Ella sonríe como si acabara de ganar.
Charlotte hojea un documento sin interés real; lo hace para no mirarme demasiado.
Ella sabe perfectamente cuándo estoy por romper un silencio importante.
—Char… —mi voz sale más baja de lo que quería.
Levanta una ceja.
La ceja de Charlotte es un idioma propio.
—Dime.
Me acerco. Dejo mi copa en la mesa. Me siento a su lado.
No demasiado cerca; suficiente para que me lea.
—Hubo un momento… —trago saliva— en que pensé en quedarme contigo.
Charlotte no reacciona.
Pero la habitación sí.
El aire se aprieta.
El silencio cambia de forma.
Ella parpadea solo una vez.
—Ah —dice. Un “ah” que podría matar a un diplomático de un infarto.
Bebe un sorbo lento. Inclina la cabeza—. ¿Y por qué vienes a iluminar mi madrugada con eso?
—Porque fue real —digo—. Y nunca te lo dije.
Charlotte deja su copa, encara la conversación como quien se acomoda para ver un incendio ajeno.
—Stefani, cariño… —y sonríe de lado—. Yo ya lo sabía.
Mi corazón da un vuelco.
—¿Cómo?
—Dios, Stef… porque yo también lo pensé —responde con el mismo tono que usaría para comentar el clima—. Muy brevemente, claro. Un instante. Uno pequeñito… como yo.
La miro como idiota.
Ella disfruta cada milisegundo.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Charlotte se acerca lo justo; su dedo bajo mi mentón, suave, firme, dueña multidimensional.
—Porque tú no ibas a poder, mi amor.
No es burla.
No es crueldad.
Es cirujana con palabras.
—Soy demasiada calma para tu caos… —susurra— y demasiado caos para tu calma.
—No digas eso.
—¿Y cómo quieres que lo diga? ¿Qué habríamos sido un sueño precioso y desastroso?
¿Que pensé en quedarme contigo una noche más larga?
Sí. Pensé. Mucho más de lo que debía.
Sus palabras me abren en dos.
—Charlotte…
Ella toma mi mano. La aprieta sin dramatismos.
—Stefani… lo nuestro fue un refugio. Un alto en el camino. Un milagro accidental.
Pero tú estabas hecha para romperte… y reconstruirte en otra parte.
Yo solo debía sostenerte mientras eso pasaba.
—¿Y qué eras tú destinada a ser?
Charlotte suelta una carcajada suave, deliciosa, peligrosa.
—Yo soy la puerta que jamás debías abrir… —sonríe— pero a la que siempre vas a volver en tu memoria.
Me arden los ojos.
—Entonces… ¿para ti también existió esa posibilidad? ¿De verdad?
Ella se recuesta como si estuviera en una suite privada en lugar de mi oficina.
—Sí, Stefani. Existió.
Pero tú necesitas alguien que pueda sostener tus días…
y yo solo sé sostener imperios.
Silencio.
—¿Te arrepientes? —susurro.
Charlotte toma mi copa, se la termina como si siempre hubiera sido suya.
—Ni un poco.
Pero tampoco hubiese sido justo que te quedaras, Stef.
Se pone de pie.
Se coloca el blazer con esa elegancia que provoca envidia en la ropa cara.
Antes de salir, se vuelve hacia mí con los ojos brillantes de una picardía antigua.
—¿Quieres que sea brutalmente honesta? —pregunta.
Asiento.
Charlotte se acerca un paso.
—Stef… cariño… yo no estaba hecha para darte biberones ni pañales —dice con ese tono juguetón que desarma—. Yo hubiese querido darte el mundo.
Países. Idiomas. Placeres. Lugares donde perderte y encontrarte.
Yo no crío… yo cultivo vidas enteras.
Mi corazón se estruja.
—Entonces… ¿qué éramos?
Charlotte sonríe como quien acepta una verdad universal.
—Una tormenta que sabíamos manejar… pero no sobrevivir.
Tú habrías sido feliz conmigo por un tiempo.
Y luego te habrías asfixiado.
Y yo… —se toca el pecho suavemente— yo no soy mujer de medias vidas.
Da un paso hacia atrás.
—Las posibilidades, Stef… —murmura mientras la luz del pasillo la recorta en silueta— no se viven.
Se atesoran.
Y se va.
La puerta se cierra.
Y me quedo sola con la noche, el whisky, y la certeza brutal de que ninguna de las dos hubiese podido amar a la otra…
pero sí podrían haberse destruido hermoso.
POV Charlotte:
El pasillo de la Haus tiene ese eco que solo conocen quienes caminan con poder después de medianoche.
Un eco que te recuerda que la soledad, cuando la eliges tú, es un lujo; cuando te la imponen, es una cárcel.
La mía, por supuesto, es la versión cara.
Cierro la puerta de la oficina de Stef con un clic suave, elegante, definitivo.
Que el silencio caiga si quiere; a mí nunca me pesa.
Yo cargo silencios como otras mujeres cargan bolsos.