El aire de la noche era fresco y silencioso, con un cielo despejado salpicado de estrellas que parecían observar cada movimiento de Seo Bora. Caminaba junto a Lim Daeun y Yoon Sanha, quienes habían insistido en invitarla a dar un paseo, una distracción ligera para escapar de la rutina universitaria. La risa de Daeun y los silencios cómodos de Sanha llenaban la calle de una calidez que Bora no sentía desde hacía semanas.
—¿Por qué Ho Byeon Woo no vino? —preguntó Daeun, ladeando la cabeza, con esa preocupación genuina que siempre la hacía sentir cuidada.
Bora forzó una sonrisa, aunque sus dedos jugaban nerviosos con el borde de su chaqueta.
—Me dijo que no se sentía muy bien hoy… —respondió, su voz ligera, pero su corazón palpitaba con una ansiedad que no podía ocultar.
Sanha frunció el ceño, sus ojos oscureciéndose por la incredulidad.
—Eso debe ser mentira… —murmuró, su voz apenas un susurro—. Porque está entrando ahora mismo por esa puerta con sus amigos.
Bora giró la cabeza y, como si su corazón hubiera sido arrancado de golpe, lo vio: Byeon Woo. Perfecto, confiado, impecable. Lucía ropa de marca, con la sonrisa que siempre la desarmaba, rodeado por sus amigos SeoJun y Junho, que reían como si el mundo entero les perteneciera. Cada paso suyo resonaba en la heladería, y cada risa suya perforaba un nudo en el estómago de Bora.
Se levantó, sintiendo que sus piernas temblaban bajo el peso de una humillación anticipada, y caminó hacia él.
—¿Estás mejor? —preguntó, tratando de que su voz sonara casual, pero cada palabra se sentía quebradiza, vulnerable.
SeoJun lanzó una carcajada, con un tono sarcástico que quemó como ácido:
—¿Desde cuándo Ho Byeon Woo se sentía mal?
Junho intervino, riéndose alto:
—Jajaja, venimos de un bar súper caro.
Byeon Woo miró a sus amigos con un gesto frío y cortante:
—Chicos, no den explicaciones. Y tú, Bora… ¿qué te pasó? —sus ojos la recorrieron de arriba a abajo—. Pareces una monja. Esa ropa te queda horrible.
El eco de sus palabras se desplegó como un látigo dentro de la heladería. Bora sintió cómo la sangre se retiraba de su rostro, dejando un calor abrasador que subía hasta sus mejillas. Dos chicas hermosas pasaron a su lado, mirándola apenas, y la sensación de invisibilidad que había tratado de escapar se convirtió en humillación pública.
—¡Bellezas! —exclamó Byeon Woo, como si nada hubiera pasado—. Vamos a tomarnos un trago.
SeoJun y Junho siguieron con comentarios atrevidos y despectivos, pidiendo números y lanzando risas. Bora sintió que el suelo se abría bajo sus pies. No era solo la crueldad de sus palabras; era la indiferencia de todo un mundo que no la veía.
Sin poder contener las lágrimas, salió corriendo de la heladería, el frío de la noche golpeando su rostro, mezclándose con el sabor salado de su desesperación. Daeun y Sanha la siguieron rápidamente, corriendo tras ella como ángeles silenciosos.
—No vales nada, Byeon Woo —susurró Sanha entre dientes, su voz temblando de rabia y preocupación.
—Jajaja, ve tras ella, ve —bromeó Byeon Woo, indiferente, mientras se daba la vuelta con sus amigos.
El corazón de Bora latía con fuerza, como si quisiera romper su pecho. Finalmente, se detuvo y se dejó caer en los brazos de Sanha, quien la abrazó con fuerza, cálido y firme, como un ancla en medio de su tormenta.
—Soy un estorbo para él… y para el mundo —sollozó—. Nadie me quiere… soy tan fea y horrible.
Sanha la sostuvo más cerca, sus manos temblando ligeramente mientras intentaba transmitir con su abrazo que no estaba sola.
—Eres la chica más linda y divertida que conozco —dijo con sinceridad, sus ojos brillando bajo la luz de la luna filtrada por los escaparates.
—Eso es mentira —Bora entrecerró los ojos, dejando que las lágrimas rodaran libremente—. Lo dices porque eres mi amigo. Byeon Woo ya no me quiere… soy tan fea que nadie podría amarme de verdad.
Sanha la miró intensamente, y en ese instante, Bora pudo ver toda la profundidad de sus sentimientos. El aire entre ellos se cargó de electricidad silenciosa, un magnetismo imposible de ignorar.
—No digas eso —susurró Sanha—. Hay personas que quisieran estar contigo. Yo conozco a alguien que está completamente enamorado de ti.
Por un momento, el mundo de Bora se detuvo. Sus ojos buscaron los de Sanha, tratando de comprender lo que había escuchado. Una chispa de esperanza se encendió en su pecho, temblorosa, frágil… pero real.
Entonces, su teléfono vibró. Una notificación iluminó su rostro con una luz fría:
Ho Byeon Woo: Lo siento, Bora. Lo dije por tu bien. Perdóname, te quiero.
Su corazón se iluminó con una mezcla de confusión y felicidad, una marea de emociones encontradas que la dejaron aturdida.
—Sanha… ¿me acompañas a casa? —preguntó, su voz aún temblando.
—Sí… está bien. Vamos —respondió él, suavemente.
Caminaron juntos bajo el manto estrellado, el silencio pesado con palabras no dichas. Bora intentaba procesar lo ocurrido, mientras Sanha caminaba unos pasos detrás, conteniendo la frustración y el dolor que amenazaban con romperlo.
—Gracias por acompañarme, Sanha —dijo Bora al fin—. Pero… ¿no me dijiste quién está enamorado de mí?
—No era nadie importante —respondió él con voz seca—. Me iré ahora. Nos vemos.
Sanha se alejó, cada paso suyo resonando con un eco de corazón roto y urgencia reprimida. Mientras caminaba solo, el frío de la noche le calaba hasta los huesos, pero su corazón latía con fuerza: sabía que lo que sentía por Seo Bora no era solo amistad; era algo mucho más profundo, silencioso y desesperado.
Bajo las estrellas, la verdad era innegable: el amor puede ser invisible, pero también puede doler más que cualquier herida que el mundo pueda infligir.