El mundo de Seo Bora se había reducido a la penumbra de su habitación durante toda la semana. Las cortinas permanecían corridas, dejando entrar solo un rayo tímido de luz que dibujaba sombras alargadas en las paredes. Su cama estaba desordenada, los cuadernos amontonados en el suelo, y cada objeto parecía un reflejo silencioso de su corazón roto. Cada respiración le recordaba la ausencia, cada silencio el vacío que Byeon Woo había dejado en su vida.
Sin embargo, por mucho que se escondiera, Yoon Sanha no podía soportar verla así. La preocupación que sentía se había convertido en un peso insoportable. Con determinación, se presentó en la puerta de su cuarto, decidido a enfrentarla, aunque fuera con palabras duras o suaves, no podía quedarse de brazos cruzados.
—Bora, ¿podemos hablar? —su voz temblaba apenas, intentando sonar firme.
—Quiero estar sola —respondió ella, sin siquiera levantar la mirada.
—No, Bora… mira a tu alrededor. Hay personas que se preocupan por ti, y no queremos verte así —replicó Sanha, con una mezcla de frustración y ternura que atravesaba cada palabra.
Con un suspiro, Seo Bora abrió la puerta. Sus ojos, rojos e hinchados de tanto llorar, reflejaban un océano de dolor.
—Yo… lo amo demasiado —susurró, las lágrimas desbordándose como una marea imparable.
Sanha dio un paso hacia ella, con una intensidad que podía romper el silencio de cualquier habitación:
—Bora, escúchame. Debes levantarte. Lo entiendo, lo amas… pero ese chico, Byeon Woo, es un idiota. No sabe la chica increíble que está perdiendo. No puedes seguir así porque nos rompes el corazón a los que te queremos. Yo te quiero… mucho más de lo que puedas imaginar. Yo… estoy completamente enamorado de ti.
El impacto de sus palabras golpeó a Bora como un rayo. Cada sílaba resonaba en su pecho, haciéndola temblar, paralizada, incapaz de articular siquiera un suspiro. Sanha dio un paso más, acercándose a ella con cautela, sosteniendo su mirada con una intensidad que era casi dolorosa, pero al mismo tiempo… reconfortante.
—Yo te amo tal como eres —continuó, la voz cargada de sinceridad—. No quiero cambiarte; quiero verte feliz y ser feliz contigo.
Las palabras de Sanha eran un bálsamo que quemaba suavemente las heridas abiertas en su corazón, pero también un recordatorio cruel: su lealtad y su amor seguían ligados a Byeon Woo. Antes de que pudiera hablar, Sanha inclinó su rostro y suavemente atrapó sus labios en un beso breve, lento, cálido, casi como un susurro de promesas.
Bora lo apartó, temblando, con el corazón latiendo a mil por hora:
—Espera, Sanha… no quiero lastimarte. Yo… amo a Byeon Woo, y tú mereces alguien mejor que yo —susurró, con una mezcla de culpa y dolor que le nublaba la visión.
Sanha la miró, frustrado, su cuerpo tenso, la rabia y el amor mezclándose en un torbellino:
—¿Por qué no intentas olvidarlo? Ese chico solo te hace sufrir, ¿no lo ves? —su voz era firme, casi quebrada.
—No puedo olvidarlo… lo amo más que a nadie —respondió Bora, cada palabra cargada de una tristeza que dolía en el aire.
—Ya veo… nunca vas a darte cuenta de cuánto daño te hace —dijo Sanha, la voz quebrándose levemente—. Siempre he estado aquí para ti. Quiero ser parte de tu historia. Te ayudaré a olvidarlo… me aseguraré de que seas feliz.
—Mereces algo mejor que yo —murmuró Bora, con un hilo de voz, dejando que las lágrimas cayeran otra vez—. No quiero que sufras por mí… lo siento, amigo.
Sanha sintió cómo el peso de la decepción se posaba sobre su pecho como una losa.
—Entiendo… espero que seas feliz —dijo, y sin más, se dio la vuelta y se fue, dejando a Seo Bora sola con el eco de sus palabras y el susurro de su propio corazón roto.
Bora se dejó caer sobre la cama, sollozando, sintiendo una mezcla de culpa y anhelo, mientras sus pensamientos se agolpaban en un torbellino. Debo recuperar a Byeon Woo… no puedo dejarlo ir… tengo que hacerlo, cueste lo que cueste…
Martes, 22 de febrero
Seo Bora regresó a la universidad con el corazón en un puño. La ansiedad la atravesaba como agujas mientras caminaba entre los pasillos conocidos, intentando no pensar, intentando respirar. Pero entonces lo vio: Byeon Woo, riendo despreocupado con una nueva chica, una belleza deslumbrante que parecía sacada de un sueño, perfecta en cada curva y gesto.
El mundo se tambaleó a su alrededor, y su corazón se quebró en mil fragmentos. Incapaz de contenerse, dio media vuelta y salió corriendo del campus, dejando atrás las miradas curiosas y susurros apagados.
En la playa
Buscando refugio, Seo Bora llegó a la orilla del mar. Las olas rompían con fuerza contra la arena, y el rugido del océano resonaba en su pecho como un eco de su propio dolor. Cada ola era un latido de angustia, cada espuma un recordatorio de lo que había perdido.
—¿Por qué no soy suficiente para que él me ame de verdad? —susurró, mientras las lágrimas se mezclaban con la brisa salada—. Lo vi con otra chica y eso me destroza. Ella es perfecta… tiene un cuerpo increíble y todo lo que siempre quise ser. ¿Por qué tengo que soportar esto? ¿Por qué no puedo ser esa chica?
El viento frío le azotaba la cara, las lágrimas se mezclaban con la espuma marina, y su corazón latía con furia y desesperación. Sin embargo, en medio de ese tormento, una idea comenzó a formarse, una chispa de resolución que, aunque frágil,para ella iluminaba la oscuridad.