Como cada domingo, dejé todas mis cosas listas para la semana.
Ya estábamos próximos a las exposiciones de libros, y quería dedicar toda mi energía a eso durante los siguientes días.
Mi madre, que por fin tenía libre un fin de semana, nos invitó a almorzar fuera de casa, lo cual agradecí, ya que me gustaba pasar tiempo en familia.
—Charlie, ¿irás al hospital luego? —preguntó Fede.
Instintivamente, hice una mueca con la boca. Mi mamá no estaba enterada de mis andanzas y, de momento, no quería que se enterara.
—Emm... sí, creo que me pasaré más tarde —le contesté casi en un susurro.
—Ok, entonces no iré. No quiero ir a interrumpir —respondió Fede, poniendo los ojos en blanco.
Pude ver cómo Sam sonreía, atento a cada uno de mis gestos, mientras mi mamá nos miraba como si habláramos en chino.
—¿Por qué irás al hospital, Charlotte? ¿Pasa algo malo? —preguntó sin rodeos.
—No, mamá. Es solo que voy a visitar a un amigo que está allí —dije, mientras enrojecía de la vergüenza.
—Ah... Vas a visitar a tu novio, Sebastián —afirmó con una sonrisa pícara.
No pude evitar abrir la boca de la impresión. ¿Cómo sabía mi madre de Sebas? ¿O que tenía un "novio"? Era obvio que alguno de mis hermanos le había contado el chisme...
—Yo no tengo novio, mamá. Es un amigo, por ahora.
—¡Ay, hija! No soy tonta, también tuve tu edad. Uno no se da regalos con los amigos, ni lleva pulseras con su nombre. ¡Y mucho menos se besan!
—¿Qué...? —¿De dónde había sacado esa información?
—¿Se te olvida que tenemos cámaras en casa, cariño? Vi cuando se besaron en el patio una tarde. Eres la única que sigue creyendo que eso no es de novios, hija —remató, mirándome con aire triunfante.
Fede y Sam se miraron y estallaron en carcajadas.
Solo quería desaparecer. ¡Trágame, tierra!
Todavía estaba en shock cuando mamá me dejó en la puerta del hospital.
—Dale mis saludos a mi yerno... perdón, a Sebastián —se burló mientras reía junto a mis hermanos.
Giré para mirarlos con el ceño fruncido y me alejé.
Toqué la puerta antes de entrar a la habitación de Sebas.
Escuché más voces; parecía estar acompañado.
—Pasa, cariño. Sebastián ya está por venir —me dijo una voz suave que provenía de una mujer mayor, pero joven. Imaginé que era su madre, porque el parecido físico era evidente. Sebas tenía sus ojos azules, aunque ella era de cabello castaño claro, no rubio como él.
—Tú debes ser Charlotte, ¿verdad? —me sonrió amablemente.
No pude evitar sentirme nerviosa al estar a solas con ella.
—Sí, soy yo —respondí, devolviéndole la sonrisa.
—Me alegra conocerte. Sebastián me ha hablado mucho de ti.
No pude evitar sonrojarme. No me imaginaba que Sebas hablara de mí con otras personas.
—Ay, perdón, cariño. No me he presentado: soy Katherine, la madre de Sebastián —me ofreció la mano con calidez.
Le devolví el saludo.
—Un gusto, Katherine.
Sentí mi mano temblar al tocar la suya. Sebas nunca me había hablado de su familia, y cualquier expectativa que hubiera tenido de ellos ya había sido superada.
—¿Cómo sigue Sebas? —pregunté, para romper un poco el hielo.
—Mmm... Hay sospechas de una hernia o tal vez un pequeño tumor en su pierna izquierda, debido a golpes jugando fútbol. Pero nada de qué preocuparse. Dependiendo de cómo salgan los exámenes, agendaremos una operación. Así que, por ahora, se irá a casa.
Solté un suspiro de alivio.
Un ruido junto a la ventana me distrajo. Al mirar, vi una silueta pequeña: parecía un niño.
—¡Robert! Deja de esconderte allí, ven acá —lo llamó Katherine con la mano.
—Este pequeño escurridizo es mi otro bebé —confesó, alzándolo en brazos.
Era un mini Sebas. Pude imaginar cómo había sido él de pequeño. Ambos eran rubios, de piel clara y ojos azules. La imagen me enterneció, y le sonreí. El pequeño solo me observó con curiosidad.
Un golpe en la puerta me sacó de mi ensueño.
Vi entrar a Sebas acompañado de una enfermera que lo empujaba en una silla de ruedas.
Al llegar junto a la cama, se levantó y le agradeció. Antes siquiera de saludar a su madre, se acercó a mí y me besó en la frente.
—Mi Charlie... me alegra tanto verte.
Me abrazó con fuerza, como si realmente se alegrara de mi visita.
Escuché una risita a mis espaldas: era el pequeño Robert.
—¡Ven aquí, R Junior, y dame un abrazo! —le dijo Sebas al niño, quien se acercó corriendo para abrazarlo.
—¿Ya te puedes ir, hijo? —preguntó Katherine.
—Sí, solo debemos esperar que el médico revise los resultados y nos vamos. ¡Necesito tanto estar en mi cama! —dijo con cara de cansancio.
—Ya tendrás días para descansar en casa —lo tranquilizó su madre.
—Charlie, ¿te irás con nosotros a casa, verdad? —me preguntó Sebas.
—No, tú debes descansar. No quiero molestar.
—Ay, preciosa, tú nunca molestas. No me dejes solo con este pequeño travieso —dijo, señalando a Robert, quien lo fulminó con la mirada mientras Sebas hacía una mueca suplicante.
—Solo será un rato. Sabes que debo prepararme para mañana. Supongo que tú no irás a clases, ¿cierto?
—No. Tengo licencia por unos días y, además, me prohibieron educación física y fútbol. Creo que serán unas semanas muy aburridas.
Sentí su tristeza. Sebas era un gran deportista, y el fútbol era su pasión. Me imaginé si me prohibieran leer por un tiempo... sería un martirio para mí.
Mientras esperábamos los resultados, Katherine ayudó a Sebas a prepararse para cuando tuviéramos que irnos, y yo me quedé a solas con el pequeño Robert.
—¿Eres la novia de Sebastián? —preguntó el pequeño chismoso.
Sonreí al pensar el apodo. No estaba segura de qué debía responder, pero supuse que decir la verdad era lo correcto.
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Conocer a la familia de alguien que te gusta sin querer queriendo... ¿hay algo más aterrador y lindo al mismo tiempo? 😅
Charlie está sintiendo ese caos: entre nervios, ternura y las ganas locas de salir corriendo cuando tu mamá se burla de ti frente a todos. (Sí, mamá, te vimos).