Me despierto con la primera luz del amanecer. Aún me duele el cuerpo, pero mi mente está despejada. Hoy es el día en que cruzaré la frontera y dejaré mi reputación atrás... O al menos eso espero.
Preparo una pequeña mochila con algo de ropa y algunos ahorros que tenía meses guardando de mis últimas peleas.
El paso fronterizo es tenso, pero mis documentos falsos resisten bajo revisión. Una vez al otro lado, camino por las calles bulliciosas de Tijuana, mezclándome entre la multitud.
Luego de caminar por un tiempo, al comenzar a ponerse el fuerte Sol en el cielo, mis ojos encuentran algo que parece ser un pequeño bar.
El camarero, un hombre con rostro de pocos amigos, me ve con recelo mientras me siento. Pido una cerveza mientras escaneo el lugar con la mirada, observando a la clientela de aspecto rudo.
Cuando el camarero vuelve con mi cerveza, la deja sobre la mesa antes de hablar, con voz baja y ronca.
— ¿Eres nuevo aquí, amigo? No pareces de por aquí.
Bebo un trago de mi cerveza y le sostengo la mirada antes de responder.
— Solo de paso. Buscando trabajo.
El hombre asiente despacio con la cabeza, entrecerrando ligeramente los ojos mientras me observa.
— En un par de cuadras suelen colgar algunos letreros, deberías revisar...
Asiento con la cabeza mientras él vuelve a irse. Una vez que termino mi cerveza, dejo unas monedas sobre la mesa antes de levantarme y salir.
Luego de caminar unas cuadras, pude comprobar que lo que me dijo aquel hombre era cierto. Los carteles estaban ahí.
Arranqué algunos y los guardé en mi mochila antes de volver a caminar sin rumbo por las calles. El resto del día se pasó rápidamente mientras caminaba y sobrevivía a base de comida callejera.
Finalmente, cuando casi anochecía, encontré un hotel, así que sin pensarlo, entré y pagué una noche. No era un hotel de lujo, pero al menos tendría una cama y un techo sobre mi cabeza.