Me despierto temprano. La luz del Sol entraba a través de las finas cortinas de la habitación de hotel. Me di una ducha rápida en el baño pequeño y me vestí con ropa limpia antes de salir.
Las calles ya estaban llenas de actividad. Gente caminando de un lado al otro. El olor a pan recién horneado y a café me llamó la atención rápidamente, llevándome a la pequeña panadería.
Mientras como, vuelvo a estudiar los carteles de empleo y marco con un círculo aquellos que parecen prometedores. Entre ellos, un trabajo de entrenador de boxeo, que era el que mejor pagaba.
Termino mi desayuno y me dirijo a aquel lugar. Al acercarme, pude oír el sonido rítmico de los puñetazos y las instrucciones gritadas de un hombre.
El que parece ser el dueño, un hombre mayor, levanta la vista cuando entro. Observándome un poco antes de finalmente hablar.
— ¿Buscas trabajo? — Pregunta con voz firme.
— Sí, vengo por el trabajo de entrenador. — Respondí con firmeza y seriedad.
— Muy bien, chico. Veámos de qué estás hecho.
El dueño hace una señal para que un boxeador se acerque y se enfrente a mí. El hombre es más grande, más pesado, pero solo con verlo logro detectar que no es un rival para mí.
Al principio, nos rodeamos con cautela, poniendo a prueba nuestras defensas. Pero poco a poco, el ritmo y la fuerza aumentó hasta que finalmente, quedé victorioso con facilidad.
— No está nada mal, chico. Nada mal... Ya tienes trabajo.
Asentí secamente. No era mucho, pero era un comienzo. Era una forma de ganar algo de dinero y mantener mis habilidades activas.
Ese mismo día comencé a entrenar a un chico nuevo y con 0 experiencia, mientras sentía la mirada de aquel hombre sobre mí en todo momento.
Al terminar el día, volví al hotel para pagar una semana más e ir a mi nueva habitación.