No sé exactamente cuándo empezó mi historia.
Podría decir que comenzó el día en que nací, pero eso sería demasiado fácil. Además, cuando una tiene veintidós años y mira hacia atrás, se da cuenta de que una vida no comienza solamente con una fecha escrita en un documento.
Comienza mucho antes.
Comienza en las cosas que una recuerda sin saber por qué.
En una habitación.
En una voz llamándote por tu nombre.
En una tarde cualquiera que, mientras sucede, parece completamente insignificante y años después aparece en tu memoria con una claridad extraña.
Comienza en las personas que estuvieron cerca de ti cuando todavía no entendías lo que significaba querer a alguien.
Comienza en los sueños que tenías antes de aprender que algunos sueños requieren tiempo, paciencia y unos cuantos tropiezos.
Mi historia comenzó siendo simplemente Marla.
Antes de que existiera Marla Montero.
Antes de que mi nombre apareciera debajo de una portada.
Antes de que alguien pudiera leer una historia escrita por mí y pensar que conocía a la persona que estaba detrás de aquellas palabras.
Yo era una niña.
Y como casi todas las niñas, tenía una manera muy particular de mirar el mundo.
Había cosas que para los adultos eran pequeñas y para mí podían ocupar un día entero.
Una conversación.
Una visita.
Una canción.
Un lugar nuevo.
Una historia.
Un momento familiar.
Incluso las cosas que hoy podrían parecer insignificantes tenían la capacidad de quedarse conmigo.
Creo que siempre fui una persona que observaba mucho.
Tal vez no sabía expresarlo.
Tal vez ni siquiera sabía que lo hacía.
Pero miraba.
Escuchaba.
Guardaba.
Y después, sin darme cuenta, convertía muchas de esas cosas en recuerdos.
Durante mucho tiempo pensé que recordar era algo automático. Como respirar.
Después entendí que no todos los recuerdos sobreviven de la misma manera.
Algunos se van haciendo borrosos.
Otros permanecen intactos.
Y existen aquellos que uno no recuerda porque fueron extraordinarios, sino porque representan algo que todavía no sabe explicar.
Yo tengo recuerdos así.
Recuerdos de una Marla pequeña que todavía no podía imaginar a la persona que llegaría a ser.
Cuando pienso en esa niña, me cuesta creer que soy yo.
No porque haya desaparecido.
Al contrario.
Creo que sigue aquí.
A veces aparece cuando algo me emociona demasiado.
Cuando me ilusiono con un proyecto.
Cuando encuentro una historia que me atrapa.
Cuando quiero conocer un lugar nuevo.
Cuando algo me hace reír de una manera que no puedo controlar.
Cuando me quedo imaginando escenarios que probablemente nunca sucedan.
Y también cuando tengo miedo.
Porque crecer no significa abandonar completamente a la niña que fuimos.
Significa aprender a llevarla con nosotros.
De pequeña no tenía un mapa de mi vida.
No sabía qué estudiaría.
No sabía dónde estaría a los veintidós años.
No sabía que algún día tendría una cuenta de escritora.
No sabía que iba a inventar personajes, ponerles nombres, crearles problemas y después pasar horas pensando en cómo solucionarles la vida.
Tampoco sabía que escribir podía convertirse en una parte tan importante de mí.
En aquel entonces, mis sueños no tenían la forma que tienen ahora.