Hay fotografías de mi infancia que puedo mirar durante varios minutos sin decir nada.
En algunas aparezco sonriendo.
En otras tengo esa expresión seria que probablemente yo consideraba completamente normal.
Y cuando las miro ahora, hay algo que siempre me llama la atención: esa niña no tenía idea de todo lo que le esperaba.
Me gustaría poder entrar en una de esas fotografías.
No para cambiar nada.
Solamente para sentarme a su lado.
Observarla.
Preguntarle qué estaba pensando.
Quizás ni siquiera sabría qué responderme.
Porque cuando somos pequeños no acostumbramos a analizar nuestra propia vida. Simplemente la vivimos.
Un día es enorme.
Una tarde puede parecer interminable.
Una persona puede convertirse en nuestro mundo durante un tiempo.
Y un pequeño problema puede sentirse como el fin de todo.
Después crecemos y descubrimos que algunos problemas realmente pasan.
Otros dejan marcas.
Y algunos se convierten en recuerdos que regresan cuando menos los esperamos.
Cuando era niña, yo todavía no conocía esa versión de mí que años después aprendería a esconder ciertas emociones.
No sabía fingir que algo estaba bien cuando no lo estaba.
No sabía responder «estoy bien» por costumbre.
No sabía que con el tiempo una puede aprender a guardar pensamientos enteros dentro de la cabeza y continuar el día como si nada.
Era más sencilla.
Más transparente.
Si algo me hacía feliz, se notaba.
Si algo me molestaba, probablemente también.
Y si algo me dolía, no tenía esa capacidad adulta de buscar una explicación elegante para justificarlo.
Simplemente me dolía.
Creo que extraño un poco esa honestidad.
No porque quiera volver a ser una niña.
No.
Me gusta haber crecido.
Pero hay algo hermoso en no saber todavía que algunas personas aprenden a esconder lo que sienten.
Mi infancia también estuvo llena de pequeñas curiosidades.
Siempre me ha gustado aprender cosas.
Quizás por eso nunca fui capaz de quedarme con una sola fascinación durante demasiado tiempo.
Podía interesarme una cosa y después aparecer otra completamente distinta.
La música.
Las historias.
Los lugares.
Las personas.
El cielo.
Los viajes.
Todo aquello que pudiera despertar mi imaginación encontraba alguna manera de quedarse conmigo.
A veces pienso que mi curiosidad fue una de las primeras señales de la persona que terminaría siendo.
Porque todavía soy así.
Puedo estar interesada en una cosa y, de repente, encontrar otra que me haga pensar durante horas.
No siempre necesito una razón para sentir curiosidad.
A veces simplemente quiero saber.
Quiero entender.
Quiero mirar un poco más de cerca.
Quizás por eso el cielo siempre me ha parecido tan fascinante.
Hay algo especial en mirar hacia arriba y recordar que existe un universo enorme mientras una está preocupada por problemas que, desde allí arriba, probablemente parecen diminutos.
Cuando miro la Luna, no pienso solamente en astronomía.
También pienso.
Mucho.
Y probablemente ese sea mi problema.
O mi virtud.
Todavía no he decidido cuál de las dos.
Hay una parte de crecer que nadie explica suficientemente.
La gente habla de cambiar de colegio, hacerse mayor, estudiar una carrera, conseguir un trabajo, independizarse.
Pero casi nadie habla de cómo cambia la manera en que una se ve a sí misma.
Un día te miras al espejo y sigues siendo la misma persona.
Al siguiente comienzas a preguntarte quién eres.
¿Qué te gusta realmente?
¿Qué quieres?
¿Qué no quieres repetir?
¿Qué cosas haces porque te nacen y cuáles haces porque esperas que los demás las acepten?
Yo tardé tiempo en entender que no tenía que tener todas esas respuestas.
Todavía no las tengo.
Y eso está bien.
Durante años pensé que llegar a cierta edad significaba tener la vida resuelta.
Ahora tengo veintidós años y me causa gracia pensar en la seguridad con la que imaginaba la adultez cuando era pequeña.
Yo pensaba que los adultos sabían exactamente lo que estaban haciendo.
Ahora sé que muchas veces solamente aprendemos a tomar decisiones mientras caminamos.
También fui descubriendo que ser una persona reservada no significaba no tener un mundo interior enorme.
Por fuera podía parecer tranquila.
Por dentro podían estar ocurriendo veinte cosas al mismo tiempo.
Pensamientos.