Hay una edad en la que una empieza a darse cuenta de que la infancia no dura para siempre.
No recuerdo haber tenido una conversación concreta en la que alguien me lo explicara. Simplemente ocurrió.
Un día dejé de sentirme completamente pequeña.
Empecé a notar que las cosas a mi alrededor tenían consecuencias, que las palabras podían quedarse dando vueltas en la cabeza y que las personas podían hacerte sentir de maneras que no sabías describir.
Fue entonces cuando comencé a guardar ciertas cosas.
No hablo de objetos.
Hablo de momentos.
De conversaciones que nunca repetí.
De decepciones que fingí no recordar.
De ilusiones que me dio vergüenza admitir.
De cosas que quise decir y terminé callando.
Yo siempre he tenido una memoria curiosa. A veces olvido algo completamente insignificante y, sin embargo, puedo recordar una escena de hace años con detalles que ni siquiera sé por qué permanecieron conmigo.
Una expresión.
Una mirada.
Una frase.
El lugar donde estaba.
Lo que estaba haciendo.
Incluso cómo me sentía.
Quizás mi cabeza funciona así porque nunca fui buena dejando pasar las cosas inmediatamente.
Necesito tiempo.
A veces mucho.
Primero vivo algo.
Después lo pienso.
Luego vuelvo a pensarlo.
Y cuando finalmente creo que ya lo entendí, aparece otra interpretación.
Es agotador.
Pero también creo que de ahí nació una parte importante de la escritora que soy.
Porque para escribir hay que quedarse un poco más con las cosas.
Mientras otras personas pueden vivir un momento y continuar con su día, yo puedo preguntarme qué significó, qué habría ocurrido si algo hubiese sido diferente o qué estaba sintiendo realmente alguien en aquella situación.
Mi imaginación nunca ha sabido cerrar una puerta del todo.
Durante mi adolescencia empecé a descubrir que las personas podían ser complicadas.
De niña era más fácil.
Alguien me agradaba o no me agradaba.
Una persona me hacía reír o me hacía enojar.
Con el tiempo aparecieron los grises.
Personas que quería muchísimo y que también podían hacerme daño.
Personas a las que les tenía cariño, pero con las que no podía ser completamente yo.
Personas que aparecieron en momentos importantes y que después terminaron formando parte de una etapa que ya había pasado.
Y también aprendí que una relación no tiene que durar para haber sido importante.
Eso me costó comprenderlo.
Durante mucho tiempo pensé que si alguien entraba en mi vida debía existir una razón definitiva.
Como si todas las personas tuvieran que quedarse.
Ahora lo veo diferente.
Hay quienes llegan para acompañarte durante años.
Hay quienes aparecen durante una temporada.
Hay quienes te enseñan algo sin proponérselo.
Y hay quienes te obligan a aprender qué cosas no quieres volver a permitir.
No todos dejan el mismo tipo de recuerdo.
Pero todos pueden formar parte de una historia.
También conocí el amor de esas maneras imperfectas en las que una aprende mientras siente.
No quiero convertir cada relación de mi vida en una novela.
La realidad no funciona como mis historias.
En mis novelas puedo controlar el ritmo, decidir cuándo dos personas se conocen, cuándo se enamoran, cuándo discuten y cuándo llega el momento perfecto para reconciliarse.
En la vida no.
La vida no avisa antes de cambiar de capítulo.
Y mucho menos pregunta si estás preparada.
Hubo momentos en los que confundí querer con aguantar.
Momentos en los que pensé demasiado en lo que sentía la otra persona y demasiado poco en lo que estaba ocurriendo conmigo.
También hubo momentos en los que aprendí a poner límites.
No siempre lo hice a la primera.
No siempre fui valiente.
A veces necesité equivocarme para comprender algo que, visto desde afuera, probablemente parecía evidente.
Pero así aprendí.
Y no quiero borrar esas versiones de mí solo porque hoy piense diferente.
La Marla de entonces no tenía la experiencia que tengo ahora.
Tomó decisiones con las herramientas que tenía.
Eso también merece ser contado.
Hay una cosa que nunca me ha gustado admitir demasiado:
puedo ser muy dura conmigo misma.
Cuando algo no sale como quería, mi primera reacción no siempre es preguntarme qué ocurrió.
A veces pienso:
«¿Qué hice mal?»
Y después puedo pasar muchísimo tiempo repasando la situación.
Qué dije.
Qué hice.
Qué debí haber hecho.
Qué habría pasado si hubiera elegido otra cosa.