El vestuario olía a sudor, metal y desinfectante.
Valeria dejó caer el casco sobre el banco y se sentó, respirando todavía con dificultad mientras se quitaba los patines.
Sus piernas aún temblaban por el esfuerzo.
—¡Valeria!
Una de sus compañeras, Camila, apareció en la puerta con una sonrisa enorme.
—¡Lo hiciste otra vez! —dijo emocionada—. ¡Los dejaste a todos con la boca abierta!
Valeria soltó una pequeña risa.
—No es la primera vez.
—Sí, pero esta vez había gente importante mirando.
Valeria levantó una ceja.
—¿Importante?
Camila cruzó los brazos, disfrutando claramente del suspenso.
—Digamos que el equipo nacional acaba de conseguir nuevo entrenador.
Valeria se encogió de hombros.
—¿Y?
Camila se inclinó hacia adelante.
—Adrián Ferrer.
El nombre cayó en el aire como una piedra.
Valeria dejó de moverse.
—¿El Adrián Ferrer?
—El mismo.
Ex campeón mundial.
Uno de los entrenadores más exigentes del circuito.
Un hombre conocido por llevar a sus atletas al límite… o dejarlos fuera del equipo.
Valeria volvió a concentrarse en desabrochar sus patines.
—Bueno —dijo sin mucho interés—. Que lo disfruten.
Camila la miró como si estuviera loca.
—Valeria, estaba viendo la carrera.
Eso sí llamó su atención.
—¿En serio?
—Sí.
Valeria se levantó.
—Entonces supongo que ya sabe quién soy.
Camila abrió la boca para decir algo más, pero en ese momento la puerta del vestuario se abrió.
El entrenador del equipo entró acompañado por un hombre alto.
El ambiente cambió inmediatamente.
Silencio.
Todas las patinadoras se quedaron quietas.
Adrián Ferrer observó el lugar con calma.
Era aún más imponente de cerca.
Cabello oscuro, mandíbula firme, postura recta. No parecía alguien que levantara la voz para imponer respeto.
No lo necesitaba.
Su mirada se detuvo finalmente en Valeria.
Durante un segundo ninguno de los dos habló.
Valeria sostuvo su mirada sin apartarse.
Adrián fue el primero en romper el silencio.
—Buen tiempo en la última vuelta.
Su voz era baja, controlada.
Valeria cruzó los brazos.
—Gracias.
El entrenador del equipo dio una palmada.
—Chicas, él es Adrián Ferrer. A partir de hoy será el nuevo director técnico del equipo.
Algunas murmuraron emocionadas.
Adrián apenas reaccionó.
Sus ojos volvieron a Valeria.
—Aunque tu técnica necesita trabajo.
Valeria parpadeó.
—¿Perdón?
Adrián caminó unos pasos dentro del vestuario, con la misma calma con la que alguien inspecciona un terreno.
—Tu centro de gravedad es inestable en las curvas —continuó—. Y pierdes eficiencia al empujar en la tercera fase del movimiento.
Las demás patinadoras intercambiaron miradas.
Valeria lo observó fijamente.
—Aun así gané.
Adrián inclinó ligeramente la cabeza.
—Hoy.
Esa palabra cayó como un desafío.
Valeria dio un paso hacia él.
—¿Está diciendo que fue suerte?
—Estoy diciendo —respondió Adrián con absoluta tranquilidad— que el talento sin control no dura mucho en este deporte.
El silencio volvió a llenar la habitación.
Valeria sintió cómo la sangre comenzaba a hervirle.
Había escuchado críticas antes.
Pero había algo en el tono de Adrián Ferrer que hacía que cada palabra se sintiera como una provocación.
—Interesante teoría —dijo ella.
Adrián la observó con atención.
Como si estuviera midiendo algo más que su técnica.
—También hay otro problema.
Valeria entrecerró los ojos.
—¿Cuál?
Adrián no dudó.