El despertador sonó a las cinco de la mañana.
Daniela abrió los ojos de golpe.
Su respiración era agitada.
Otra vez el mismo sueño.
Otra vez aquella pista.
Otra vez el sonido del silbato.
Y otra vez...
esa voz.
"Si hablas, tu carrera termina."
Se incorporó lentamente sobre la cama.
Tenía la camiseta pegada al cuerpo por el sudor.
Miró el reloj.
Cinco con tres minutos.
Había dormido apenas dos horas.
Cerró los ojos y respiró hondo.
—Solo fue un sueño...
Pero sabía que era mentira.
No era un sueño.
Era un recuerdo.
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Su apartamento era impecable.
Todo estaba perfectamente ordenado.
Las medallas brillaban sobre una repisa.
Los trofeos ocupaban una vitrina completa.
Para cualquiera que entrara allí, Daniela tenía la vida perfecta.
Sin embargo...
ninguna fotografía mostraba una sonrisa auténtica.
Abrió el botiquín del baño.
Sacó un pequeño frasco de pastillas.
Lo sostuvo unos segundos.
Finalmente tomó una.
Se miró al espejo.
Las ojeras eran imposibles de ocultar.
—Cada vez te pareces menos a una campeona.
Susurró aquellas palabras con una tristeza que solo ella podía escuchar.
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Al llegar al club, todos la saludaban con admiración.
—¡Buenos días, Daniela!
—¡Qué gusto verte!
—¿Lista para el campeonato?
Ella sonreía.
Siempre sonreía.
Era la sonrisa perfecta.
La que había aprendido a usar durante años.
La que convencía al mundo de que todo estaba bien.
Pero por dentro...
se sentía vacía.
Mientras caminaba por el pasillo vio a Valeria entrenando sola.
Durante unos segundos permaneció observándola.
Había algo en aquella joven que le recordaba demasiado a sí misma.
Terquedad.
Pasión.
Esperanza.
Y eso era precisamente lo que más miedo le daba.
Porque sabía lo fácil que era perder las tres cosas.
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Su teléfono vibró.
Un número oculto.
Daniela sintió un escalofrío antes incluso de contestar.
—¿Sí?
La voz del otro lado era tranquila.
Demasiado tranquila.
—Veo que Valeria empezó a hacer preguntas.
Daniela cerró los ojos.
—No sé de qué hablas.
—No me obligues a repetirlo.
Silencio.
—Haz que deje de investigar.
Ella respiró con dificultad.
—Ella no tiene nada que ver con esto.
La voz respondió sin emoción.
—Hace tres años otra chica tampoco tenía nada que ver.
La llamada terminó.
Daniela permaneció inmóvil.
Las manos le temblaban.
No era miedo.
Era culpa.
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Horas después fue citada a la oficina del presidente del club.
El hombre ni siquiera la invitó a sentarse.
Permaneció revisando unos documentos.
—¿Sabes por qué estás aquí?
Daniela guardó silencio.
—Valeria está removiendo cosas que deberían permanecer enterradas.
Ella respiró profundamente.
—Solo está intentando defenderse.
El hombre levantó la vista por primera vez.
—Exactamente igual que tú.
Daniela sintió que la sangre abandonaba su rostro.
Él sonrió apenas.
—No olvides quién te convirtió en campeona.
Las palabras cayeron como una piedra.
Daniela respondió con la voz quebrada.
—Nunca quise que las cosas ocurrieran así.
El presidente apoyó lentamente las manos sobre el escritorio.
—Pero ocurrieron.
Y tú aceptaste.
—No tuve opción...
—Todos tenemos opciones.
Simplemente algunos elegimos vivir con las consecuencias.
Daniela bajó la mirada.
No contestó.
Sabía que discutir era inútil.
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Al salir del edificio caminó sin rumbo por el estacionamiento.
Solo cuando estuvo completamente sola permitió que las lágrimas aparecieran.
Lloró en silencio.
Sin hacer ruido.
Como llevaba haciendo tres años.
De pronto escuchó una voz.
—¿Daniela?
Era Valeria.
Había salido del gimnasio y la encontró por casualidad.
Daniela se secó las lágrimas con rapidez.
Intentó recuperar aquella sonrisa impecable.
Pero esta vez no lo consiguió.
Valeria la observó con preocupación.
—¿Estás bien?
Durante unos segundos Daniela estuvo a punto de contarlo todo.
Estuvo a punto de decir el nombre de Sofía.
De hablar sobre aquella carrera.
De confesar que llevaba tres años viviendo con miedo.
Pero entonces recordó la llamada.
"Hace tres años otra chica tampoco tenía nada que ver."
Retrocedió un paso.
—No deberías seguir haciendo preguntas.
Valeria frunció el ceño.
—¿Qué?
Daniela la miró directamente a los ojos.
Había tristeza.
Mucha tristeza.
—Hay carreras que no se ganan en la pista.
Y hay personas que nunca llegan a la meta.
Antes de que Valeria pudiera responder, Daniela se dio la vuelta y se marchó.
Valeria permaneció inmóvil.
Aquellas palabras no sonaban como una amenaza.
Sonaban como una advertencia.
Y por primera vez...
comenzó a preguntarse si Daniela era realmente su enemiga.
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