La chica que rompió la pista

Capítulo 26: Cuando el hielo se rompe

El amanecer todavía no había pintado el cielo cuando Valeria llegó al estadio.

El lugar estaba completamente vacío.

Solo se escuchaba el zumbido de las luces que iluminaban la pista y el crujido del hielo bajo sus patines.

Respiró profundamente.

Necesitaba correr.

Necesitaba dejar de pensar.

Las palabras de Daniela seguían dando vueltas en su cabeza.

"Hay carreras que no se ganan en la pista..."

No entendía qué significaban.

Pero algo le decía que Daniela no había intentado asustarla.

Había intentado protegerla.

O advertirle.

Y eso era todavía más inquietante.

Sacudió la cabeza.

No podía permitirse distraerse.

La carrera clasificatoria estaba cada vez más cerca y, aunque seguía suspendida de manera preventiva, se negaba a perder el ritmo.

—Si quieren sacarme de la pista... tendrán que hacerlo cargándome —murmuró.

Entró al hielo.

Comenzó a calentar.

Una vuelta.

Dos.

Tres.

Cuando llegó a la zona donde normalmente Adrián colocaba los conos para los ejercicios técnicos, se detuvo en seco.

Todo estaba preparado.

Los conos formaban exactamente el circuito que él diseñaba en cada entrenamiento.

Los cronómetros estaban sobre el banco.

Incluso había una botella de agua junto a una toalla limpia.

Valeria sonrió sin poder evitarlo.

Sobre la botella había una pequeña nota doblada.

La abrió.

"Cinco series. No bajes los hombros cuando entres en la curva. Y deja de dudar de ti."

No había firma.

Pero no hacía falta.

Ella conocía aquella letra.

—Terco...

susurró.

Miró alrededor.

No había nadie.

Solo el silencio.

Guardó la nota dentro del bolsillo de su sudadera.

Después sonrió.

—Está bien...

Cinco series.

Las haré.

---

Desde la parte más alta de las gradas, Adrián observaba la pista oculto entre las sombras.

No quería que ella lo viera.

No todavía.

Sabía que la directiva estaba vigilando cada uno de sus movimientos.

Bastaba una fotografía para volver a alimentar los rumores.

Aun así...

no podía quedarse de brazos cruzados.

Cada vez que Valeria completaba una vuelta, él corregía mentalmente su técnica.

Cuando ella terminó la última serie, levantó los brazos con orgullo.

Adrián sonrió.

—Así se hace...

susurró para sí.

---

Aquella rutina se repitió durante cuatro días.

Cada mañana, Valeria encontraba una nueva nota.

"Confía en tus piernas."

"Respira antes de acelerar."

"No entrenes con rabia. Entrena con propósito."

Las guardó todas.

Sin darse cuenta, empezó a esperarlas con la misma ilusión con la que otros esperan un mensaje de la persona que quieren.

---

El quinto día llegó más temprano de lo habitual.

El cielo aún estaba completamente oscuro.

Entró al estadio con una sospecha.

Miró discretamente hacia las gradas.

Nada.

Sonrió para sí.

—Hoy te voy a encontrar.

Terminó el calentamiento.

Recogió la nota del día.

"Hoy no te rindas antes que yo."

Valeria levantó la vista.

Comenzó a caminar lentamente alrededor de las gradas.

Silencio.

Un paso.

Otro.

Hasta que vio una silueta intentando esconderse detrás de una columna.

Cruzó los brazos.

—Eres un pésimo espía.

Adrián cerró los ojos unos segundos.

—Lo intenté.

Ella comenzó a reír.

—¿En serio creías que no iba a descubrirte?

—Tenía esperanza.

Valeria levantó las pequeñas notas que llevaba guardadas en la mano.

—¿Y esto?

Él bajó la mirada.

—Solo... pensé que necesitabas recordar quién eres.

Por primera vez en muchos días...

Valeria no supo qué responder.

Aquellas palabras pesaban más que cualquier discurso.

Se acercó unos pasos.

—Gracias.

Adrián negó con la cabeza.

—No me des las gracias.

Demuéstrales que están equivocados.

Ella sonrió.

—Eso pienso hacer.

---

Entrenaron durante casi una hora.

No como entrenador y atleta.

Solo como dos personas compartiendo una pasión.

Hubo risas.

Bromas.

Pequeños desafíos.

En uno de ellos, Adrián intentó alcanzarla en velocidad.

Valeria aceleró.

—¡Ni lo sueñes!

—¡No puedes ganarme!

—¿Quieres apostar?

Él aumentó el ritmo.

Ella hizo lo mismo.

Los dos comenzaron a reír como niños.

Hacía mucho tiempo que ninguno disfrutaba tanto una mañana.

Pero entonces...

Valeria perdió ligeramente el equilibrio al salir de una curva.

Todo ocurrió en un segundo.

Su patín resbaló.

Sintió que iba a caer.

Antes de tocar el hielo...

unos brazos fuertes la sostuvieron por la cintura.

El tiempo pareció detenerse.

Quedaron inmóviles.

Muy cerca.

Demasiado cerca.

Valeria levantó lentamente la mirada.

Los ojos de Adrián estaban fijos en los suyos.

No había prisa.

No había miedo.

Solo un silencio extraño.

Uno que decía mucho más que las palabras.

Él sonrió apenas.

—Sigues siendo muy terca.

Ella soltó una pequeña risa.

—Y tú sigues creyendo que siempre tienes razón.

—La mayoría de las veces.

—Qué modesto.

Los dos rieron.

Pero ninguno hizo el menor intento por separarse.

Fue Valeria quien rompió el momento.

—¿Sabes qué es lo peor?

—¿Qué?

—Que me estoy acostumbrando a encontrarte cuando más te necesito.

La sonrisa de Adrián desapareció por un instante.

Su voz salió mucho más baja.



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En el texto hay: romance odio humor

Editado: 02.08.2026

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