La Chica Que Temía A Los Sapos

CAPÍTULO 2: Prisionera de su Propia Mente

Melina despertó a las 6:47 de la mañana, como siempre. No por un despertador, sino porque su ansiedad era un reloj interno más preciso que cualquier dispositivo electrónico. Abrió los ojos en la oscuridad de su habitación y lo primero que hizo fue escuchar.

Escuchar era parte de su rutina matutina.

Primero, los sonidos del apartamento: ¿Estaba Rosita en la cocina? ¿Se escuchaban pasos de Valentina en el pasillo? ¿Había algún sonido extraño que indicara presencia de... de ellos? Luego, los sonidos externos: el tráfico, los pájaros, la ciudad despertando lentamente.

Solo después de este ritual podía permitirse respirar.

Se quedó mirando el techo, contando las grietas. Una, dos, tres... había catorce. Las había contado tantas veces que ya sabía el número de memoria.

La noche anterior había sido un desastre. Después de que Valentina la acorralara con el sapo, Melina se había encerrado en su habitación durante el resto del día. Ni siquiera había salido para cenar. Su madre le había dejado un plato de sopa fuera de la puerta, que ella había comido en la madrugada, en la seguridad de que todos estuvieran dormidos.

Levantarse de la cama requería un proceso mental complicado.

Primero, Melina visualizaba cada paso: salir de las sábanas, pisar el piso con cuidado (nunca completamente segura de qué había debajo), caminar hacia el baño sin abrir las cortinas (porque los sapos podían estar en el alféizar de la ventana, aunque sabía que era irracional), llegar al espejo sin mirar hacia los rincones oscuros.

Cada movimiento era un acto de valor.

Se levantó lentamente, como si sus huesos fueran de vidrio. Su cuerpo aún llevaba el peso del pánico de ayer, esa sensación de que su corazón nunca dejaba de palpitar demasiado rápido.

En el espejo del baño, vio lo que siempre veía: una mujer que no reconocía completamente. Sus ojos tenían ese brillo de alguien que no ha dormido bien en años. Había unas líneas alrededor de su boca que no debería tener a los veinticinco años, líneas que venían de fruncir los labios constantemente, conteniendo palabras y gritos.

Se lavó la cara con agua fría, intentando desaparecer el calor del miedo que aún la quemaba desde adentro.

Cuando salió del baño, se encontró con su madre en la cocina.

—Buenos días, cariño —dijo Rosita, pero sus ojos mostraban esa preocupación que Melina veía cada vez más frecuentemente—. ¿Dormiste bien?

"No," pensó Melina. "He dormido bien exactamente una vez en los últimos cinco años."

—Más o menos —respondió en su lugar—. ¿Hay café?

Rosita le sirvió una taza. La bebieron en silencio, como hacían cada mañana. El silencio había se convertido en su idioma común, el que hablaban cuando no podían hablar de lo que realmente importaba.

—Tenía que pedirte algo —comenzó Rosita cuidadosamente—. La empresa de agua llama para hacer una revisión del apartamento. Necesitan revisar las tuberías, verificar que todo esté bien. Vendrían el viernes.

El café se quedó atorado en la garganta de Melina.

—¿Un extraño aquí? —murmuró.

—Sí, solo por una o dos horas. Es completamente rutinario.

Melina sabía que su madre no estaba siendo insensible. Rosita simplemente vivía en un mundo diferente al de su hija, un mundo donde las tuberías necesitaban revisión y los técnicos eran visitantes ocasionales normales. No en un mundo donde la idea de que un extraño entrara al único espacio seguro que tenía era equivalente a que alguien le quitara el piso bajo sus pies.

—Podría salir ese día —sugirió Melina débilmente.

—Cariño, no puedes seguir escondiendo tu vida de las cosas que tienes miedo.

Las palabras de Rosita no eran crueles, pero dolían igualmente. Porque eran verdad.

Melina se terminó el café sin responder. Su mente ya estaba corriendo hacia el viernes, construyendo escenarios de pánico.

Después del desayuno, decidió intentar algo que no había hecho en semanas: salir del apartamento.

No era una salida ambiciosa. Solo quería ir al pequeño mercado dos cuadras abajo para comprar algo de comida para la casa, algo que la hiciera sentir menos como una parásita viviendo de la paciencia de su madre.

Se vistió lentamente, eligiendo ropa cómoda. Unos pantalones grises oscuros, una sudadera que la hacía sentir invisible. Se miró en el espejo una última vez, intentando convencerse a sí misma de que podía hacer esto.

Era solo una salida. Dos cuadras. Gente normal haciendo cosas normales.

Abrió la puerta del apartamento.

El pasillo del edificio estaba vacío. Eso era bueno. Caminó hacia el ascensor, manteniéndose cerca de la pared, sus ojos escaneando constantemente el suelo, las macetas, cualquier lugar donde pudiera haber...

El ascensor llegó. Dentro estaba sola. Mientras descendía, sintió cómo su respiración comenzaba a acelerarse. Seis pisos. Cinco. Cuatro.

¿Y si hay un sapo en el lobby?

¿Y si hay sapos en la calle?

¿Y si, mientras está en el mercado, pasa algo? ¿Y si entra en pánico en público?

Tres. Dos. Uno.

Las puertas se abrieron. El lobby estaba vacío excepto por el portero, quien ni siquiera levantó la vista.

Melina empujó la puerta principal del edificio.

El aire de la ciudad la golpeó de inmediato. El ruido, los colores, el movimiento. Había olvidado cuán abrumador era todo esto. Gente caminando rápido, niños jugando, autos pasando. El mundo seguía viviendo mientras ella estaba congelada.

Dio el primer paso hacia la calle.

Sus manos estaban sudando. Su corazón latía como un pájaro salvaje contra su pecho. Cada metro que caminaba era una victoria minúscula que le costaba un esfuerzo titánico.

Llegó a la esquina. Estaba por cruzar la calle cuando vio algo que congeló su sangre.

Un charco después de la lluvia de anoche.

Y en ese charco, pequeño pero definitivamente real, estaba un sapo.

Melina se quedó inmóvil. Su cuerpo se negaba a obedecer. Las personas pasaban a su lado, algunos la miraban extraños, pero ella no podía moverse. Estaba paralizada, contemplando a esa criatura de la que no podía escapar.




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