La chica que todos olvidaron

Prólogo

La primera vez que me olvidaron

La primera vez que alguien olvidó mi nombre, pensé que era un error.

—¿Luna? —pregunté.

Mi mejor amiga me miró confundida.

—¿Nos conocemos?

Me reí.

Pensé que estaba bromeando.

La segunda vez ocurrió en el colegio.

Mi profesor pasó lista.

Dijo todos los nombres menos el mío.

Cuando levanté la mano, me miró como si nunca me hubiera visto.

—¿Sí?

—Estoy aquí.

—¿Quién eres?

Aquella pregunta me hizo sentir algo extraño.

Como si una parte de mí hubiera desaparecido sin que yo pudiera verla.

La tercera vez fue peor.

Encontré una fotografía familiar.

Era mi cumpleaños.

Reconocía el lugar.

Reconocía a mis padres.

Reconocía el pastel.

Pero yo no estaba en la fotografía.

Me quedé mirándola durante varios minutos, intentando convencerme de que era otra imagen.

Entonces fui con mi madre.

—Mamá, ¿por qué no aparezco aquí?

Ella observó la fotografía.

Frunció el ceño.

—Porque tú no estabas.

—Sí estaba.

—Luna…

—Mamá, yo estaba ahí.

Ella levantó la mirada.

Y entonces ocurrió.

Me miró directamente a los ojos.

Pero no había reconocimiento en su rostro.

Solo confusión.

—Perdón… ¿quién eres?

Sentí que el mundo se detenía.

No pude responder.

Porque si mi propia madre no sabía quién era yo…

¿cómo podía demostrar que alguna vez había existido?

Esa noche no dormí.

Me quedé sentada en mi habitación, rodeada de fotografías, mensajes y objetos que parecían pertenecer a una vida que poco a poco dejaba de ser mía.

Entonces escuché tres golpes en la puerta.

Toc.

Toc.

Toc.

Pensé que era mi madre.

Pero cuando abrí, había un chico frente a mí.

Cabello oscuro.

Ojos profundos.

Ropa negra.

Su rostro me resultaba extrañamente familiar.

—Luna —dijo.

Sentí un escalofrío.

—¿Cómo sabes mi nombre?

Él me observó durante unos segundos.

—Porque nunca lo olvidé.

—¿Quién eres?

Bajó la mirada.

—Adrián.

Ese nombre hizo que algo dentro de mí doliera.

Como si hubiera intentado recordar algo durante años y, de repente, hubiera encontrado la primera pieza.

—¿Nos conocemos?

Adrián sonrió tristemente.

—Sí.

—¿De dónde?

Me miró fijamente.

—De hace cinco años.

Negué con la cabeza.

—Eso es imposible.

—Para ti, sí.

Sacó una fotografía de su bolsillo.

La observé.

Dos niños aparecían frente a un edificio.

Una niña de cabello oscuro.

Y un niño que reconocí inmediatamente.

Éramos nosotros.

—¿Qué significa esto?

Adrián guardó silencio durante unos segundos.

Después dijo:

—Que antes de que todos te olvidaran, tú ya habías olvidado algo.

—¿Qué?

Se acercó un poco.

—A mí.

Sentí que el corazón me latía con fuerza.

—¿Quién eres realmente?

Su expresión cambió.

—Alguien que murió hace cinco años.

Retrocedí.

—No.

—Sí.

—Entonces… ¿cómo estás aquí?

Adrián miró hacia la oscuridad de la calle.

—Porque hay cosas que deberían morir con nosotros.

Hizo una pausa.

—Pero algunas memorias se niegan a desaparecer.

No entendí lo que quería decir.

Todavía no.

Lo único que sabía era que mi vida estaba cambiando.

Mi familia me estaba olvidando.

Mis amigos estaban empezando a olvidarme.

Las fotografías estaban perdiendo mi rostro.

Y un chico que llevaba cinco años muerto era la única persona que todavía recordaba mi nombre.

Pero había algo que Adrián todavía no me había contado.

Algo que descubriría demasiado tarde.

El verdadero peligro no era que todos me olvidaran.

Era que, algún día…

yo también me olvidara de mí.

Elyvessa




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