El viernes comenzó como cualquier otro.
Mi despertador sonó a las seis de la mañana y, durante unos segundos, me quedé mirando el techo de mi habitación. Afuera todavía estaba oscuro y la lluvia golpeaba suavemente la ventana.
No tenía ganas de levantarme.
Pero tenía examen de matemáticas.
—Luna, vas a llegar tarde —gritó mi madre desde el pasillo.
—¡Ya voy!
Me levanté de la cama, me puse el uniforme y bajé rápidamente a la cocina.
Mi madre estaba preparando el desayuno.
—Toma —dijo, colocando un plato frente a mí—. Y esta vez no me digas que no tienes hambre.
—Gracias.
Me senté.
—¿Tu examen es hoy?
—Sí.
—Entonces concéntrate. No quiero que después vengas diciendo que no entendiste nada.
Sonreí.
—Voy a aprobar.
—Eso espero.
Mi padre apareció en la cocina con las llaves del auto.
—Buenos días.
—Buenos días —respondí.
Me dio un beso en la frente.
Todo era normal.
Mi familia.
Mi casa.
Mi rutina.
No sabía que aquella sería la última mañana en la que mi vida tendría sentido.
Llegué al colegio cinco minutos antes de que sonara el timbre.
Valeria estaba esperándome junto a los casilleros.
—Por fin.
—Buenos días para ti también.
—Pensé que no vendrías.
—¿Y perderme tu cara durante el examen? Jamás.
Ella se rio.
Valeria era mi mejor amiga desde hacía cuatro años.
Nos habíamos conocido cuando teníamos trece años y, desde entonces, prácticamente hacíamos todo juntas.
—¿Estudiaste?
—Más o menos.
—Eso significa que no estudiaste.
—Exactamente.
Entramos al salón.
Las clases transcurrieron con normalidad.
Hasta el recreo.
Estábamos sentadas bajo uno de los árboles del patio cuando Valeria sacó su teléfono.
—Mira.
Me mostró una fotografía.
Era una imagen de nosotras dos frente a una cafetería.
—¿Cuándo tomamos esa foto?
—Ayer.
Fruncí el ceño.
—Claro que no.
—¿Cómo que no?
—Ayer no salimos.
Valeria me miró confundida.
—Sí salimos.
—No lo recuerdo.
Ella soltó una pequeña risa.
—¿Estás jugando conmigo?
—No.
Volvió a mirar la fotografía.
—Entonces… ¿por qué no recuerdo haberla tomado?
Me quedé callada.
Había algo extraño en su expresión.
No parecía estar fingiendo.
—Estuvimos juntas ayer —dije—. Después de clases fuimos a la cafetería de la esquina.
—No.
—Valeria…
—Luna, ayer fui directamente a mi casa.
Sentí un pequeño escalofrío.
—¿No recuerdas haber estado conmigo?
Ella negó con la cabeza.
Intenté reírme.
—Seguro estás cansada.
—Quizás.
Guardó el teléfono.
Pero antes de hacerlo, volví a mirar la fotografía.
Nosotras aparecíamos en primer plano.
Sin embargo, al fondo había alguien.
Un chico.
Cabello oscuro.
Vestía completamente de negro.
Estaba de pie junto a una farola.
Y parecía mirarme directamente.
—¿Quién es él?
Valeria miró la pantalla.
—¿Quién?
Señalé la figura.
—Ese chico.
Ella frunció el ceño.
—No hay nadie.
—Sí hay.
—Luna, solo estamos tú y yo.
Amplié la fotografía.
El rostro del chico estaba borroso.
Pero sus ojos parecían perfectamente visibles.
Y estaban sobre mí.
Después de clases fui a secretaría.
Necesitaba saber si había algún problema con mi matrícula.
—Buenos días —dije.
La mujer levantó la mirada.
—¿En qué puedo ayudarte?
—Quiero revisar mis datos.
—Claro. ¿Nombre?
—Luna García.
Tecleó.
Esperé.
Después volvió a escribir.
—No apareces.
Pensé que había escuchado mal.
—¿Cómo?
—No encuentro ningún registro con ese nombre.
—Estoy matriculada aquí.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace dos años.
La mujer me miró con extrañeza.
—¿Estás segura?
—Completamente.
Buscó por mi documento.
Nada.
Por el nombre de mis padres.
Nada.
Sentí que comenzaba a faltarme el aire.
—Debe haber un error.
—Quizás.
Salí de allí intentando convencerme de que todo tenía una explicación.
Cuando llegué a casa, mi madre estaba en la sala.
—Mamá.
—Hola.
Dejé la mochila.
—Necesito preguntarte algo.
—¿Qué ocurre?
Vi el álbum familiar sobre la mesa.
Lo tomé.
—¿Podemos mirar estas fotografías?
Mi madre sonrió.
—Claro.
Pasé las páginas.
Navidad.
Vacaciones.
Cumpleaños.
Fotos con mis padres.
Fotos con mi hermano.
Hasta que llegué a mi décimo cumpleaños.
Había globos.
Un pastel.
Mi padre.
Mi madre.
Mi hermano.
Pero yo no aparecía.
—¿Dónde estoy?
Mi madre miró la fotografía.
—¿A qué te refieres?
—Yo estaba ahí.
Ella negó con la cabeza.
—No, cariño.
—Sí.
—Ese día solo estábamos nosotros.
Sentí un nudo en la garganta.
—Mamá, soy yo.
Ella levantó la mirada.
Durante unos segundos no dijo nada.
Después retrocedió.
—¿Quién eres?
El álbum cayó al suelo.
—¿Mamá?
Ella tomó su teléfono.
—Voy a llamar a alguien.
—¡Mamá, soy Luna!
Pero ella no me reconocía.
Entonces tocaron la puerta.
Tres golpes.
Toc.
Toc.
Toc.
Me quedé quieta.
Una voz masculina llegó desde el otro lado.
—Luna.
Mi corazón se detuvo.
Nadie me recordaba.
Excepto aquella voz.
Me acerqué lentamente.
Tomé el picaporte.
Abrí.
Y lo vi.
El mismo chico de la fotografía.
Cabello negro.
Ojos oscuros.
Una expresión triste.
—¿Quién eres? —pregunté.