Gael volvió a mover el bolígrafo de la esquina derecha a la izquierda y se recostó nuevamente en el sillón nuevamente.
Ya harto de esperar, se puso de pie y comenzó a caminar por la oficina: primero hacia la ventana, luego hacia la otra del lado derecho del escritorio donde la profesora Gordon seguía sentada, con la nariz prácticamente metida en el libro que estudiaba desde hacía más de media hora en completo silencio.
Gael carraspeo.
Se acomodo la camisa de color rosa pálido, miro su reflejo en el vidrio de la ventana con una mueca burla. Otra vez había elegido lo primero que encontró al despertar: esa camisa no combinaba en absoluto con el pantalón beige ni con los zapatos marrones.
Desvió la mirada hacia la impecable pulcritud de la profesora y suspiro.
―¿Aun te falta mucho Galatea?― pregunto con una sonrisa.
Ella tenso los dedos sobre el libro. Lentamente levanto la vista. Sus ojos verdes se clavaron en el como si fueran cuchillas sobre su pecho.
―¿Cuántas veces le he dicho, señor Altamira, que no se tome tantas confianzas conmigo y que jamás me llame de esa manera?― replico entre dientes molesta― Soy la profesora Gordon. O, si no le resulta posible emplear el mínimo de cortesía, señorita Gala... pero jamas Galatea.
Gael sonrió sin disimulo y se encogió de hombros restando importancia al tema.
Le encantaba provocarla. Era casi fascinante verla cambiar: de una profesora contenida a algo mucho mas peligroso, rápido, preciso... casi entrenado. Pues toda ella parecía sufrir una transformación poco natural, volviéndose casi una súper mujer, agresiva, malvada y hasta sacando de la galera algunos trucos interesantes como artes marciales y defensa personal, cosas que en apariencia no debía saber ni por asomo.
―¡Fuera de mi oficina, señor Altamira!― ordeno ella, perdiendo la paciencia― Todavía tengo que estudiar este documento y con usted aquí no puedo, porque es un ser insufrible.
Gael soltó una risa breve y salio de la oficina, no sin antes encender un cigarrillo.
Mientras caminaba recordó la primera vez que la habia visto llegar a la agencia, casi un año atrás.
Después de informarle sobre la muerte del doctor Stevenson y que leer la carta, ella acepto colaborar y lo acompaño al I.A.I. Desde entonces se habia encerrado durante horas en la oficina del director general Edmond Rogers.
Cuando termino aquella reunión, lo llamaron a él. Desde ese momento, le asignaron la seguridad exclusiva de esa mujer... y del libro que estaba estudiando.
Desde la llegada de Gala, palabras como confidencial, privado y alto nivel de seguridad, sonaban tan a menudo, como el encendía un cigarrillo a lo largo de su jornada laboral.
Y lo peor de todo: el no la soportaba.
Desde el principio tuvieron problemas.
Ella le dejo claras sus reglas. El hizo lo mismo.
Las normas eran simples... en teoría.
El no debía fumar cerca de ella, jamás debía llamarla por su nombre completo, no debía mencionar el parentesco con Eric Stevenson, y debía darle un margen de tiempo sola cada noche para no saturarla. Tampoco podía tocar sus documentos.
A cambio, ella debía permanecer siempre localizable, no moverse sin aviso dentro o fuera del instituto, y obedecer en caso de emergencia. En resumen, debía hacer caso sin discutir.
Ella habia aceptado... pero nunca con verdadera intención de cumplirlo. Pues cuando el planteo esta parte del trato, ella solo sonrió con burla y se marcho dejándolo con la palabra en la boca.
Gael soltó el humo del cigarrillo con desgano.
Esa mujer era el demonio con falda, y que horribles faldas por el amor a todo lo decente.
En serio ella era un problema con faldas.
Esas faldas que le llegaban hasta debajo de la rodilla, con esas blusas demasiado formales, su cabello siempre sujeto en esa larga trenza.Todo en ella parecia diseñado para parecer aburrido.
¡Era la mujer con menos gracia que había conocido en toda su vida!
Pero no lo era.
habia algo mas.
Su perfume.
Su mirada cuando dejaba de fingir.
Y esas habilidades que no encajaban con ninguna "simple profesora universitaria".
Gael apago el cigarrillo con mas fuerza de la necesaria.
Decidió que ya le había dado suficiente tiempo.
Volvió a la oficina.
Llamo a la puerta con un leve golpe, sin obtener respuesta.
Seguro de que lo estaba ignorando a propósito, abrió abruptamente.
Entro. Vacio.
El silencio le cayo encima como una mala señal.
Maldijo en voz baja y fue hasta la puerta del baño por si estaba allí. Pero tanto ella como el libro habían desaparecido por completo.
―Genial... ― murmuro ― otra vez.
Ya irritado del todo, se regaño a si mismo por dejarla sola.
Salio al pasillo, ya con el gesto endurecido. La irritación comenzaba a transformarse en algo mas incomodo. Si algo le pasaba a esa loca mujer seria solo su culpa. Corrió fuera de la oficina y recorrió una a una las habitaciones de esa planta llamándola a los gritos y también por el teléfono celular.
Después de buscarla por cada sala del piso.
Nada.
Y entonces lo entendió.
No estaba ignorándolo.
Había desaparecido.
Marco el numero de Edmond, y espero con impaciencia a que lo atendiera. El teléfono fue atendido después del tercer tono.
―¿Que sucede, Gael? Son casi las once de la noche.
―Gala desapareció.
Silencio.
―¿Como que desapareció?
―Lo que escucho.No esta en la oficina. Tampoco el libro.― suspiro pesadamente, esa parte era la que menos le gustaría a su jefe pues ya había notado que la vida de todos valía menos que ese maldito libro para Edmond― Ambos desaparecieron.
Del otro lado, la reacción fue inmediata: furia. Alejo el aparato de su oído cuando su jefe soltó pestes, y maldiciones casi a los gritos, ordenándole al final, que la encontrara a como diera lugar. Pero sobre todo, que le regresara el libro o jamás pusiera un pie en la agencia...
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Editado: 02.07.2026