La chica rara

Misterios no resueltos.

―¿Cómo demonios obtuviste eso? ―preguntó Gael, completamente desconcertado por los misterios que Gala representaba para él.

Había demasiados vacíos en la vida de aquella mujer. Cuanto más tiempo pasaba a su lado, menos lograba comprenderla.

Tenía el aspecto de una aburrida profesora universitaria, con aquellas largas faldas sin gracia, las gafas apoyadas sobre la punta de la nariz y una prolija trenza negra cayendo sobre la espalda. Sin embargo, detrás de esa apariencia existía otra Gala: una mujer capaz de enfrentarse a hombres armados, de analizar cualquier situación con una rapidez inquietante y de guardar secretos que parecían no tener fin.

Y luego estaba aquel perfume.

Chanel.

Elegante, delicado... completamente opuesto a la imagen que ella insistía en proyectar.

Nada en Gala Gordon encajaba.

¿Quién era realmente Galatea Gordon?

―Lo encontré por casualidad ―respondió ella con una naturalidad poco convincente.

Gael soltó una risa incrédula.

―¿Quién eres, Gala? Las personas normales no encuentran expedientes secretos por casualidad, ni reducen a hombres armados como si fuera parte de su rutina. Y definitivamente no usan Chanel mientras se empeñan en vestir como una profesora de otro siglo. ¿Cuántos años tienes? ¿Treinta y dos? ¿Treinta y cinco? ¿Qué fue lo que realmente ocurrió entre tu padre y tú? Necesito respuestas.

Gala sostuvo su mirada unos segundos antes de responder.

―Son demasiadas preguntas para este momento. Debemos irnos. Como tú mismo dijiste, mi cabeza tiene precio y ahora, con esto... ―levantó el expediente antes de guardarlo cuidadosamente en su morral― todavía más. Necesito contactar a alguien. Esa persona podrá ayudarnos.

Hizo una breve pausa.

―Pero antes necesito que confíes en mí. Prometo contártelo todo... cuando estemos a salvo. ¿Puedes hacerlo?

Gael dudó.

La observó quitarse lentamente las gafas y frotarse los ojos. Por primera vez desde que la conocía, el cansancio parecía haber atravesado la coraza de aquella mujer orgullosa. Dejó escapar un largo suspiro y apoyó la cabeza contra el respaldo del asiento.

Sin entender muy bien por qué...

Asintió.

―Está bien. Dime adónde vamos.

Gala giró apenas el rostro y le dedicó una pequeña sonrisa.

―Gracias por confiar en mí.

―No te emociones. Es más curiosidad que otra cosa. No creas que ya me simpatizas, horrible mujer. Además, todavía me debes el golpe que me diste en casa de tu padre.

Ella se mordió distraídamente el labio inferior.

El gesto provocó un estremecimiento involuntario en Gael.

Frunció el ceño y apartó la vista.

No.

Aquello no había sido sensual.

Debía de ser el cansancio... o el dolor que todavía sentía por el golpe recibido.

Sí, tenía que ser eso.

―Debemos ir a la iglesia de San Patricio, la que está cerca de la intersección número doce. ¿La conoces?

―Sí. Está a unos seiscientos kilómetros al norte, por la interestatal. ¿La pequeña capilla de piedra?

―Esa misma.

―Entonces será mejor que salgamos cuanto antes.

Puso el automóvil en marcha mientras la observaba de reojo.

Gala volvió a frotarse los ojos.

―Te ves agotada. Intenta dormir un poco. Yo conduciré.

Ella reprimió un bostezo.

―¿Te molestaría? Llevo mucho tiempo sin descansar de verdad... Solo cerraré los ojos un rato.

Ni siquiera esperó la respuesta.

Apenas acomodó el bolso contra el pecho, cerró los ojos y, pocos segundos después, cayó profundamente dormida.

Gael sonrió sin darse cuenta.

Aquella mujer podía discutir con cualquiera...

Pero dormía abrazada a su bolso como una niña protegiendo su juguete favorito.

Mientras el automóvil avanzaba por la carretera, él volvió a preguntarse quién era realmente Gala Gordon.

*

El viaje se hizo interminable. Quizá no tanto por la distancia como por la inquietud que no dejaba de acompañar a Gael. En varias ocasiones creyó que los seguían, aunque, al comprobarlo, descubría que solo eran producto de su imaginación.

Estaba agotado. Le dolía la cabeza, el estómago rugía de hambre y comenzaba a pensar que, si no conseguía un café pronto, acabaría dormido sobre el volante.

Gala, en cambio, durmió profundamente durante casi todo el trayecto. Era evidente que llevaba demasiado tiempo sin descansar y, por primera vez desde que la conocía, su expresión dejaba entrever una vulnerabilidad que jamás mostraba despierta.

Por eso no quiso despertarla.

Continuó conduciendo durante horas, hasta que el cansancio empezó a nublarle la vista. Entonces redujo la velocidad y, con cuidado de no sobresaltarla, apoyó una mano sobre su hombro.

Ya habían abandonado la autopista. El camino secundario serpenteaba entre extensos campos cubiertos por una tenue neblina matinal. El canto de los pájaros se mezclaba con el murmullo del viento entre los árboles y el aroma de la hierba húmeda que el sol comenzaba a calentar lentamente.

El paisaje tenía algo irreal.

Como si hubieran abandonado el mundo moderno para internarse en otro mucho más antiguo.

—Gala... Gala, despierta.

Ella se sobresaltó y abrió los ojos de golpe, mirando a su alrededor completamente desorientada.

—¿Estás bien? Mírame... ¿todo bien?

Gala tardó unos segundos en reaccionar. Finalmente asintió, se relajó y se desperezó como un gato, soltando un largo bostezo mientras se frotaba los ojos.

—¿Ya amaneció? —preguntó con la voz aún adormilada—. ¿Condujiste toda la noche sin detenerte?

—Parecía que necesitabas dormir. No me costaba nada seguir. Pero ahora sí necesito descansar yo. ¿Te molestaría conducir un rato? Calculo que todavía nos quedan unas horas.

—Claro. Detente allí adelante. Cambiemos de lugar.

Le dedicó una pequeña sonrisa.

—Y... gracias.

Gael simplemente asintió.

Detuvo el automóvil al costado del camino, intercambiaron los asientos y reanudaron la marcha pocos minutos después.




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