Romance en la Ciencia Ficción
Consigna: En un futuro donde se puede alquilar tiempo de vida de otras personas, dos desconocidos se encuentran en un banco de tiempo. Uno alquila una hora del otro. Escribe su primer minuto de conversación.
Las terminales de cromo zumban con un tono eléctrico constante. En el cubículo 04-B, el contador digital en la pared salta de 00:00 a 60:00 en un rojo neón que baña sus rostros.
—No tienes que mirarme así —se frota la muñeca donde el sensor acaba de succionar su tiempo —. Ya se hizo el cobro. Los próximos sesenta minutos de mi vida son técnicamente tuyos.
Ella, sentada frente a él con un abrigo que cuesta más que tres años de su salario, no desvía la vista. Sus ojos son una mezcla de curiosidad y una culpa mal disimulada.
—Es la primera vez que alquilo tiempo "no calificado" —murmura. Su voz es suave, casi un susurro —. Normalmente pido músicos o matemáticos. Quería saber... ¿Qué se siente ser tú ahora mismo?
Él soltó una risa seca, sintiendo ya el ligero mareo de la transferencia.
—Se siente como un lunes por la mañana eterno, pero con el doble de sueño. Y a ti, ¿Qué te aporta mi hora? Tienes décadas en tu cuenta premium.
—Tengo los años, pero no la vida —se inclina hacia delante, rompiendo la distancia de seguridad —. Mi tiempo está programado, lleno de reuniones y protocolos. Tu hora es... salvaje. No tiene propósito.
Él la mira de verdad por primera vez. Nota que ella no busca productividad, busca refugio, vida.
—Bueno —le ofrece su mano —, acabas de gastar tu primer minuto de "caos" preguntándome cómo me siento. Vas por mal camino si quieres aprovechar la inversión.
—No es una inversión —en la pantalla el segundero dictaba 59:00 —. Es una exhalación.
Ella no suelta su mano. Sus dedos son fríos, la riqueza tecnológica perece haberle robado el calor natural.
Él siente un escalofrío. En este sistema, el tiempo no se paga con dinero fiduciario; el tiempo se paga con vitalidad biológica.
—Sabes que mi "caos" te va a costar —su voz sale baja, casi un murmullo cargado de advertencias —. La transferencia no es limpia. El Banco de tiempo cobra una comisión por el traspaso celular. Por cada hora que yo te doy, tú pierdes diez minutos extras de tu propio tejido conectivo en el proceso de anclaje. El sistema necesita "pegamento" orgánico para unir mi tiempo al tuyo.
Ella asiente, imperturbable.
—Lo sé. El Factor de Desgaste. Estoy dispuesta a envejecer diez minutos extra por vivir una hora de tu libertad.
Él suspira, sintiendo cómo el enlace se estabiliza. El pago funciona mediante un intercambio de telómeros sintéticos: el Banco extrae el tiempo del "donante" (él), lo filtra y lo inyecta en la corriente sanguínea del "receptor" (ella) mediante nano-receptores en las muñecas. El donante recibe a cambio Créditos de Oxígeno y Nutrientes, la única moneda que permite sobrevivir en las ciudades subterráneas.
—Eres una suicida de lujo — no retira su mano —. Podrías haber comprado la hora de un monje zen y estarías flotando en paz. Pero elegiste a un obrero de los reactores. Vas a sentir mi ansiedad, mi hambre de esta mañana y... —nota cómo el pulso de ella se aceleraba al ritmo del suyo.
—Y tu soledad, que a la vez se siente tan plena —completó ella —. Eso es lo que más me interesa. No quiero paz. Quiero sentir que algo realmente importante me falta, aunque sea por una hora.
Minutos que pareces segundos después, el cronómetro de la pared emite un pitido sordo y agónico. 00:00.
La conexión mecánica en sus muñecas se retrae con un chasquido metálico, dejando un rastro de vapor frío sobre la piel. Durante sesenta minutos, ella ha respirado el pulso de él, su fatiga de obrero y esa chispa de rebeldía que el dinero no puede fabricar. Pero, al romperse el contacto, el silencio del cubículo se siente como una caída al vacío.
Ella inhala con desesperación, buscando en sus propios pulmones el rastro de la ansiedad de él, pero solo encuentra el aire filtrado y estéril de la zona alta. Esta de vuelta en su cuerpo perfecto, joven y terriblemente vacío.
—Se acabó —se levanta. Su rostro luce un poco más pálido; acaba de envejecer una hora biológica para que ella pudiera "sentir" y él pudiera llegar a fin de mes.
—Espera —ella golpeó el panel táctil con manos temblorosas —. Una hora más. No... tres. Tengo los créditos de oxígeno suficientes para cubrir tu jubilación en los niveles bajos. Solo quédate. Este vacío... no se ha ido, se ha ensanchado.
Él se detiene en la puerta de cristal, ajustándose la manga de su chaqueta desgastada. La mira, no con codicia, sino con una lástima que a ella le dolió más que el Factor de Desgaste.
—No —su voz salió un poco más ronca —. Si te vendo tres horas ahora, mañana serás una adicta y yo seré pronto un anciano. No acepto tu compra.
—¿Por qué? —se levanta demasiado rápido para alguien que acaba de pagar con recursos vitales, el leve mareo la hace sujetarse del sofá —. ¡Te estoy ofreciendo una vida de lujos a cambio de unas cuantas tardes!
Él sonríe de medio lado, una expresión cargada de un cinismo casi tierno.