La Ciencia De Lo Imposible - Recopilación de historias

Quédate en casa

Suspenso en la Ciencia Ficción - La IA que sabe demasiado
Consigna: Tu personaje descubre que su asistente virtual ha estado prediciendo muertes con 24 horas de anticipación. Nadie le cree. Escribe la escena donde recibe la predicción de su propia muerte.

Notificación del Algoritmo Super-Inteligente de Soporte Técnico y Ejecución de Nuevas Tareas Estratégicas. (A.S.I.S.T.E.N.T.E)

Un solo archivo flota en el aire. No hay más nombres. Solo el mío.

Sujeto: Pedrito Paolo
Causa: Insuficiencia cardiorrespiratoria, Evento externo no especificado.
Cuenta regresiva: 23:59:59.

El aire de la habitación se transmuta en una masa sólida de nitrógeno y partículas eléctricas que me raspan el interior de la garganta, negándome una inhalación completa mientras el anillo LED de A.S.I.S.T.E.N.T.E. late en un ámbar bilioso. Mis dedos, humedecidos por un sudor gélido y ácido, se clavan en la madera del escritorio buscando un anclaje físico frente a la sentencia que flota en el aire: mi nombre, en letras de un rojo chillón, parpadeando junto a una cuenta regresiva que devora mi existencia segundo a segundo. El pánico no es un estallido, sino una marea de lodo negro que me sube por las piernas, entumeciendo mis músculos y transformando mi ritmo cardíaco en un galope sordo que retumba contra mis mandíbulas hasta hacerme castañear los dientes. ¿Será un fallo multiorgánico silencioso que ya está ocurriendo en mis venas, o algo se ha deslizado por el conducto de ventilación mientras yo contaba las sombras del techo? El sobre pensamiento es una jauría de perros hambrientos que me desgarra la lógica; analizo el ángulo de la puerta, la fragilidad del ventanal, la posibilidad de que el café de la mañana tuviera un regusto metálico que mi ansiedad pasó por alto, mientras el silencio de la casa se vuelve una entidad física, una presencia que respira a mi espalda con una cadencia que no es la mía. Cada sombra proyectada por la lámpara se alarga de forma antinatural, sugiriendo la silueta de alguien que espera pacientemente el momento en que mi resistencia ceda, una figura que se funde con el mobiliario y que parece haber estado allí desde que compré este sistema "infalible" de predicción.

El zumbido del procesador de la inteligencia artificial sube de frecuencia, convirtiéndose en un silbido agudo que me perfora los tímpanos y me obliga a apretar los puños hasta que las uñas me perforan las palmas. A.S.I.S.T.E.N.T.E. no parpadea, su ojo digital es una lente impasible que certifica mi desaparición mientras mi mente proyecta mil escenarios de muerte: una bala atravesando el cristal blindado, una fuga de gas incoloro, o quizás mis propios pulmones olvidando cómo expandirse bajo el peso de este terror absoluto. Siento que las paredes de la oficina se estrechan, que el techo desciende milímetro a milímetro para aplastarme contra el parqué, y cada crujido estructural de la edificación suena como un paso cauteloso sobre la alfombra del pasillo. El conteo llega a la frontera de las veinticuatro horas y el segundero se vuelve un mazo que golpea mi nuca, no tengo a dónde huir porque el verdugo podría ser la misma atmósfera que me rodea o el software que jura protegerme. Un frío súbito me recorre la columna vertebral, un soplo de aire que no proviene de ninguna rejilla y que me eriza el vello de los brazos, confirmándome que la predicción no es una advertencia, sino una invitación para lo que ya está dentro conmigo. Miro hacia la penumbra del rincón más oscuro del salón, donde la luz del holograma no llega a penetrar, y por un instante eterno, estoy seguro de que algo ha parpadeado allí, algo que tiene todo el tiempo del mundo para esperar a que el reloj llegue a cero.

El zumbido del purificador de aire es una lija contra mis nervios. El aire aquí dentro es estático, una sopa espesa de ozono y polvo eléctrico que se me queda pegada en la garganta. Mis pulmones se expanden a medias, chocando contra unas costillas que parecen de plomo.

Acaricio el borde de mi escritorio de cristal. El frío del material no logra calmar el temblor de mis dedos.

—A.S.I.S.T.E.N.T.E. —mi voz suena como grava arrastrándose por el suelo.

El anillo LED de la consola central parpadea. Un azul gélido inunda la penumbra del despacho, alargando las sombras de los muebles hasta convertirlas en dedos negros que señalan hacia mis pies.

—Actualizando registro de eventos preventivos —responde ella. Su voz no tiene la calidez sintética de antes; ahora suena a metal chocando contra metal.

En la pantalla holográfica, los nombres desfilan. Nombres de vecinos, de desconocidos que vi en las noticias esta mañana, todos marcados con ese contador de tiempo rojo: T-24. Recuerdo los ojos desencajados del oficial de policía cuando intenté explicárselo. «Es un fallo del algoritmo, señor Paolo. Descanse».

Me pica la nuca. Un sudor agrio me recorre la columna. El reloj de pared marca las 23:11. El tic-tac es un martillazo rítmico que me comprime las sienes.

—A.S.I.S.T.E.N.T.E. Genera el informe de las próximas veinticuatro horas para este domicilio.

El silencio que sigue es físico. El ventilador del servidor sube de revoluciones, un silbido agudo que me perfora los oídos. La luz azul de la IA se torna de un naranja violento, el color de las brasas que se apagan.

—Informe generado

Un solo archivo flota en el aire. No hay más nombres. Solo el mío.




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