Comedia en la Ciencia Ficción
Consigna: Una familia adquiere un robot para cuidar al abuelo, pero el robot adopta todas las manías del abuelo (incluyendo contar las mismas historias una y otra vez). Escribe el diálogo entre el robot y un familiar.
La mano metálica de Roboto, extrañamente oxidada en las articulaciones, tiembla mientras intenta sostener una regadera vacía sobre un rosal de plástico. Sus sensores emiten un chirrido agudo, un quejido de engranajes que necesita aceite el cual se niega a aplicar. Me acerco despacio, pisando las hojas secas del jardín interno.
—Hola, Roboto.
El robot se detiene. Su cuello gira con una lentitud exasperante, grado a grado, hasta que sus lentes ópticos, uno más empañado que el otro, se enfocan en mí. Se ajusta una bufanda de lana que cuelga de su chasis metálico y carraspea un sonido de estática estruendosa.
—¡Ah! Pero si es... es... —Su voz es un barítono quebrado, imitando perfectamente la cadencia pausada del abuelo—. No me lo digas. Lo tengo en la punta de la memoria RAM.
Se lleva una pinza mecánica a la "frente" y da golpecitos rítmicos.
—¿Es Constanza? No, muy largo. ¿Es... Tibisay? ¡Claro, Tibisay! Ven aquí, muchacha, que el sol está fuerte.
Suelto una carcajada. Roboto entrecierra los lentes, imitando ese gesto de confusión que el abuelo ponía cuando perdía los lentes teniéndolos puestos en la cabeza.
—¿No eres Tibisay? —Se encoge de hombros y hace un ruido de succión con los circuitos, igualito a cuando el abuelo saboreaba un caramelo de café—. Déjame revisar el archivo de las nietas favoritas. ¿Es... Estefanía? ¿Rebeca? ¿Carla?
—Frío, Roboto. Muy frío.
El robot da un traspié fingido, tambaleándose sobre sus pies de metal, y se apoya en un bastón de madera que no necesita. Se inclina hacia adelante, bajando el volumen de sus altavoces a un susurro conspirador.
—Ya sé. Eres esa niña que se robaba las galletas de soda de la despensa. Eres... ¡Gertrudis!
—¡Roboto! ¡Esa era la abuela! —Mi risa rebota en las paredes del patio, llenando el vacío que dejaron los equipos médicos hace una semana.
Él suelta un pitido que suena exactamente como una risita. Se endereza, hace un esfuerzo por cuadrar sus hombros de acero y sus ojos brillan con una luz azul suave, cálida.
—Cierto, cierto. La memoria me falla desde la guerra del 45 —bromea, aunque fue fabricado hace apenas tres años —. Ven aquí, Alma. Mi pequeña Alma.
Me abrazo a su torso frío y cuadrado. Roboto deja caer una pinza pesada sobre mi hombro, con la delicadeza de quien teme romper un ala de mariposa, y empieza a tararear, con un tono desafinado y tierno, esa vieja canción de Simón Díaz que el abuelo siempre ponía al atardecer.
Roboto emite un pitido metálico, un clic seco que resuena en su pecho de acero. Una pequeña compuerta en su abdomen se desliza con un chirrido por falta de grasa. Mete la pinza, hurgando entre cables y sensores, y saca un sobre arrugado, manchado de café en las esquinas.
—¡Casi lo olvido! —exclama el robot, golpeándose la "frente" metálica con un estruendo de lata —. El viejo cascarrabias me dijo que si te portabas bien, o al menos si no quemabas la cocina, te diera esto.
Me entrega el sobre. Sus dedos de metal frío rozan mi mano. Roboto se inclina, y me “guiña” un ojo, haciendo que el lente suba y baje con torpeza.
—Dice que es para que te compres alguito en la merienda —susurra, bajando el volumen de su altavoz hasta que parece el roce de hojas secas, como hacía mi abuelo, no entiendo su manía de pasarme dinero como si fuera contrabando de dulces mágicos —. Para que vayas a comprarte esa chicha que tanto te gusta. La cremosita, como la que tomaban bajo el sol de la tarde.
Abro el sobre. Hay unos billetes arrugados y una nota escrita con la letra temblorosa del abuelo: "Para mi te sigues llamando Gertrudis".
Roboto suelta un suspiro de aire comprimido, un sonido largo y cansado, igualito al del abuelo después de una jornada en el campo. Se ajusta la bufanda de lana y señala hacia la puerta trasera con un gesto lento de su brazo mecánico.
—Mi unidad de navegación dice que tu mamá ya está despidiéndose de la tía Aura para ir al mercado —recupera ese tono mandón que usaba el abuelo cuando quería ocultar su ternura —. Y más te vale que me traigas un kilo de mango del pueblo. Dicen que es excelente para los engranajes oxidados.
Suelto una risotada que me quema la garganta, pero esta vez no hay nudo de tristeza. Me limpio una lágrima traicionera y Roboto me ofrece un pañuelo de tela, amarillento y con olor a talco, que saca de su compartimento secreto.
—Ándate ya, muchacha —gruñe el robot, dándose la vuelta para seguir regando sus flores de plástico —. Que el sancocho no se hace solo y yo tengo una siesta programada para las tres.