La cita del divorcio

Capítulo 1: El Vestido Vacío

El clic del tacón.Ese era el sonido de la vida actual de Isabella Rossi.

clic, clic , clic . Un sonido agudo, seco, casi desesperado, mientras caminaba por el piso 42 de Vance Industries.

El mármol blanco importado, frío como un témpano, le devolvía el eco de sus propios pasos.

Zapatos caros, sí, pero comprados en la liquidación final, con la tarjeta al límite. Como todo en su vida.

Dos años. Veinticuatro meses, setecientos treinta días contando centavos para pagar el desastre monumental que mi padre había dejado antes de... bueno, antes de irse.

La quiebra no solo se había llevado la casa de la infancia y el prestigio de los Rossi; se había llevado la dignidad.

El monitor de su cubículo (porque sí, era solo un cubículo, aunque tuviera vista a medio Chicago) era su condena y su salvación.

Números rojos.

Siempre rojos.

El préstamo de Vance Industries, que pagaba con su sueldo de asistente administrativo, era la soga que la mantenía a flote, pero también la que le apretaba el cuello.

Clic, clic, clic .

Un bocinazo la sacó de la planilla de Excel. Un bocinazo furioso, impaciente, cuarenta y dos pisos más abajo, en el caos de la hora pico.

Ese sonido...

Ese maldito sonido fue la llave. La transportó.

[ESCENA RETROSPECTIVA]

Hace dos años. El mismo calor pegajoso de julio.

El vestido le pesaba. Cien kilos de tul italiano y encaje francés (pagados por ellos , claro, como parte del acuerdo) se le pegaban a la espalda sudada.

El aire acondicionado del auto alquilado no daba abasto, o quizás era el pánico lo que la estaba ahogando.

—Papá, vamos a llegar tarde.

—Tranquila, Isa. Vamos a llegar.

Pero la voz de su padre temblaba. Él golpeó el volante del Mercedes alquilado.

clic, clic, clic . Era el sonido de su anillo contra el plástico.

—Estamos en la Avenida Michigan, ¡no se mueve nada!

—El novio espera, Isabella. Es un Thorne. Los Thorne esperan.

El novio. Sebastián Thorne. El fantasma. El hombre cuyo nombre solo había visto en un contrato legal, frío como el mármol que pisaría dos años después. Ni una foto. "Es por seguridad", había dicho su padre, restándole importancia. "Es un acuerdo, Isa. Nos salva".

Un acuerdo. Ella era la mercancía para salvar el apellido Rossi.

Cuando finalmente llegaron, dos horas y cuarto tarde, el sol ya empezaba a bajar. Isabella no esperaba que su padre le abriera. Se bajó del auto tropezando con los cien kilos de tul, sintiendo la humillación caliente subiéndole por el cuello.

Corrió por el atrio de la iglesia. Una iglesia imponente, gótica, elegida por ellos.

Y la vio.

No había invitados. No había música. No había novio.

Solo estaba ella, la madre del novio. Una mujer elegante, de cabello plateado recogido en un moño perfecto, parada sola en la primera banca. Sus ojos, increíblemente azules, la miraron con... ¿lástima?

—Querida...

Isabella se frenó. El corazón le latía en los oídos.

—¿Dónde...?

—Se fue, querida.

La voz de la mujer era suave, pero firme.

—¿Cómo que se fue? ¿El cura? ¿Los invitados?

La mujer se acercó. Le acomodó un mechón de pelo que se había escapado del velo.

—Sebastián. Mi hijo. Se fue.

Isabella sintió que el piso de mármol (siempre el mármol) se abría bajo sus pies. No hubo nota. No hubo un mensaje. Solo la humillación absoluta de un vestido vacío en una iglesia vacía.

Su padre se desplomó contra una columna. El acuerdo se había roto. Estaban arruinados.

[PRESENTE]

—¡Señorita Rossi!

La voz aguda de Jennifer Lane, la asistente ejecutiva senior (léase: la víbora oficial del piso 42), la trajo de vuelta al presente.

Isabella parpadeó. El mármol frío de Vance Industries. El olor a café quemado y a limpiador de vidrios.

—¿Sí, Jennifer?

—Se puede saber ¿por qué estás soñando despierta? El informe de gastos de la división europea tenía que estar en mi escritorio hace diez minutos.

Isabella presionó la mandíbula. Jennifer disfrutaba recordándole que, aunque Isabella era brillante (hablaba tres idiomas y tenía un título en finanzas que Jennifer ni soñaba), seguía estando por debajo.

—Lo estaba cerrando. Ya te lo envío.

—Que sea rápido. Hoy nadie está para pavadas.

Isabella vio cómo se alejaba, con su clic, clic, clic mucho más arrogante que el de ella. Se frotó las sienes. El dolor de cabeza era su compañero constante. El fantasma de Sebastian Thorne, aunque ausente, seguía costándole dinero; los abogados del acuerdo (aunque roto) seguían enviando facturas por "gestión".

Estaba agotada. Eran las siete de la tarde. Estaba por apagar la computadora, juntar sus migajas de dignidad e irse a su departamento minúsculo, cuando sonó el ding del correo interno.

Un correo masivo. De esos que usualmente ignoraba.

DE: JUNTA DIRECTIVA (JuntaDirectiva@VanceInd.com) ASUNTO: Comunicado Oficial: Regreso del Presidente.

Isabella bostezó. Otro traje gris, viejo y aburrido, que vendría a mover los números de lugar.

Abro el correo por pura inercia.

"Todo el personal de Vance Industries:

Nos complace anunciar el regreso de Europa y la toma de posesión efectiva de la presidencia de la compañía por parte del Sr. Alexander Vance. El Sr. Vance, quien ha manejado con éxito nuestras operaciones internacionales durante los últimos cinco años, tomará el control total de la sede de Chicago a partir de mañana..."

Isabella frunció el ceño. Alexander Vance. El heredero. El cuco. El hijo de la dueña (la mujer que ahora era su "suegra" fantasma, aunque Isabella no conectaba los apellidos... Vance era la madre, Thorne era el padre).

Nunca lo había visto. Se decía que era un tirano. Que era brillante. Que era implacable. Y que odiaba Chicago.

—Genial —murmuró para sí misma—. Justo lo que necesitaba. Más presión.




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