La cita del divorcio

Capítulo 10: La Puerta Abierta

—...de que la puerta de comunicación entre ambas habitaciones esté abierta.

La voz de Alexander Vance fue un martillo de terciopelo. Serena, fría y absolutamente innegociable.

El gerente del Dolder Grand, un hombre suizo acostumbrado a los caprichos de los multimillonarios, palideció visiblemente.

—Herr Vance, la Suite Zúrich... es una suite completa. No es un anexo. La puerta de comunicación es para... para familias.

—Exacto —dijo Alexander, sin mirarlo. Tomó la tarjeta dorada de su suite—. La señorita Rossi es... familia corporativa.

Isabella se quedó sin aire. Familia . La palabra, en su boca, sonó como una sentencia.

—Señor... —intentó protestar ella, su voz apenas un susurro. La humillación era pública. El gerente, los botones... todos la miraban ahora con esa mezcla de lástima y especulación lasciva. La asistente personal. La puerta conectada.

Alexander se giró hacia ella. Su mirada de hielo ártico la congeló en el sitio.

No había rabia.

Había una advertencia.

Ni una palabra más .

—Estamos perdiendo tiempo —dijo él—. Mi maleta, a la Suite Presidencial. La de ella, a la Zurich. Y esa puerta, abierta. Ahora.

No esperaba respuesta. Se dirigió al ascensor privado de las suites, su espalda recta, un muro de cachemira gris.

Isabella no tuvo más remedio que seguirlo, sintiendo el calor de las miradas en su nuca. El sonido de sus propios tacones sobre el mármol del salón sonaba a derrota.

El viaje en el ascensor fue un silencio opresivo. Era un ascensor revestido en madera oscura y terciopelo rojo, íntimo y sofocante. Olía a él.

El ding del ascensor al llegar al piso más alto fue un alivio.

El pasillo era una nube. La alfombra era tan gruesa que sus tacos no hacían ruido. Se sintió como caminar sobre algodón, como en un sueño.

Él se detuvo frente a una puerta doble, imponente. La Suite Presidencial. Pasó su tarjeta. La luz verde parpadeó.

Se giró y señaló la puerta que estaba, literalmente, pegada a la suya. Una puerta idéntica, solo que simple.

—La suya.

Le entregó la tarjeta dorada de la Suite Zúrich. Sus dedos rozaron los de ella. Fue como el toque de un témpano.

Isabella tomó la tarjeta. Sus manos temblaban de furia.

—Señor Vance, esto es...

—¿Qué? —la cortó él, su voz baja, peligrosa—.

¿Incómoda, señorita Rossi? ¿O es que el estándar de cinco estrellas no es suficiente para usted?

—Es completamente inapropiado —siseó ella. Estaban solos. Podía hablar—. No soy... yo no...

Él se río. No fue una risa. Fue un soplido de aire frío.

—Usted es mi asistente. Usted es mi arma en esta negociación. La necesito donde pueda alcanzarla.

El equipo legal de Acero Atlas nos va a querer enterrar con el papeleo suizo a las 3 de la mañana. ¿Va a estar usted disponible, o va a estar buscando un ascensor en el ala este?

La lógica. La maldita lógica implacable que él usaba para justificar su control absoluto.

—Podría usar el teléfono.

—Yo no grito mis estrategias por la línea de un hotel, por muy seguro que sea. —Abrió su propia puerta—. Tiene diez minutos para instalarse. Y luego, viene a mi suite.

En la sala de estar. Vamos a desmantelar a la junta de Acero Atlas antes de la cena.

La puerta de la Suite Presidencial se cerró, dejándola sola en el pasillo silencioso.

Isabella miró la tarjeta dorada en su mano. Quería tirarla. Quería llamar a Eleanor y tomar el primer vuelo de vuelta.

Pero pensó en el mensaje de Alexander. "Mi inversión en usted". Era una máquina. Una pieza de su arsenal. Y las piezas no discuten.

Las piezas obedecen.

Respiro hondo.

Dios, dame fuerzas .

La Suite Zúrich.

Era obscena.

Era el doble de grande que su monoambiente. Un recibidor, una sala de estar pequeña, un dormitorio gigantesco con una cama que parecía una nube, y un baño de mármol que tenía su propia vista del lago. Una jaula de oro.

Y allí, en la pared que conectaba con la habitación de él, estaba.

La Puerta.

Blanca. Elegante. Con un picaporte dorado.

Isabella se acercó. El corazón le golpeaba las costillas. Estiró la mano.

Giró el picaporte.

...

Abierta.

Sintió náuseas. Se asomó un centímetro. Podía ver directamente la sala de estar principal de la Suite Presidencial de Alexander. Era enorme, con un piano de cola, sofás y una mesa de conferencias de vidrio.

Él ya estaba allí. De espaldas a ella, en la mesa, con la laptop abierta. Ya estaba trabajando.

Cerró la puerta con una suavidad que ni ella creía poseer.

Se apoyó contra la madera. Estaba temblando.

Esto era una locura. Estaba legalmente divorciada hacía menos de treinta horas. Estaba en la ciudad de su ex esposo .

Y estaba atrapada en una suite conectada por una puerta sin llave al hombre más magnético y aterrador que había conocido.

Un hombre que la miraba en los aviones mientras dormía.

Esto era una prueba. No hay eficiencia. Era una prueba de límites.

Y ella no tenía ninguno que él no pudiera comprar.

Se recompuso. Se lavó la cara con el agua helada del grifo suizo. Se miró en el espejo. El moño tirante. La falda negra. La máscara del "Asistente Rossi".

Si él quiere una máquina, tendrá la mejor máquina que haya visto .

Agarró su computadora portátil. Contó hasta diez.

Cruzó su propia suite. Puso la mano en el picaporte dorado de la puerta de comunicación.

La abrió.

Él no levantó la vista.

—Cierre la puerta —dijo, su voz concentrada en la pantalla—. Siéntese.

Isabella entró en la sala de estar de la Suite Presidencial. Era territorio enemigo. Olía a él. Olía a poder.

Se sentó frente a él, en la mesa de vidrio.

—El equipo legal de Acero Atlas acaba de enviar su contraoferta inicial —dijo él, tecleando furiosamente—. Es un insulto. Quieren tratarnos como inversores minoritarios.




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