La cita del divorcio

Capítulo 11: La Guerra de los Hermanos

La palabra quedó suspendida en el aire viciado de la suite.

¿Ex marido?

El cerebro de Isabella cortocircuitó. El pánico de la puerta abierta, el shock de verlo en pijama... todo eso se disolvió en una confusión helada, total.

—¿Qué... qué dijiste?

—Dije —repitió Alexander, su voz era un gruñido bajo, peligroso, cada sílaba tallada en hielo— que acabo de recibir un mensaje. De su exmarido.

—No... —Isabella retrocedió un paso, tropezando con la alfombra gruesa.

Se sentía ridícula—. No. Es imposible.

Usted no lo conoce. Mi... mi ex marido... se llama...

Se detuvo. No podía ser. Era una coincidencia. Tenía que serlo.

—Se llama... ¿qué, señorita Rossi?

La estaba desafiando. La estaba acorralando. Él no estaba preguntando. Él ya sabía la respuesta.

—Usted me dijo que era un fantasma —continuó él, dando un paso dentro de la habitación de ella. La puerta de comunicación seguía abierta, un portal oscuro entre los dos mundos—. Un cobarde que la dejó plantada. Un acuerdo de negocios que salió mal.

—¡Es verdad! —chilló ella, su voz aguda por el pánico.

—Es una parte de la verdad. —Su furia era tan palpable que calentaba el aire frío—. Una mentira de omisión muy, muy cuidadosa.

Él levantó su celular. La luz de la pantalla iluminaba su rostro desde abajo, creando sombras duras bajo sus pómulos. Era el rostro de un demonio vengador.

—¿Sabes lo que más odio en este mundo, Rossi? Más que la incompetencia. Más que las arrugas en los diarios. —Se acercó a otro paso. Ella estaba atrapada entre él y la cama—. Odio a los mentirosos. Y odio a los Thorne.

—Y usted —dijo él, su voz bajando a un susurro que era más aterrador que cualquier grito—, resultó que es ambas cosas.

Le mostró la pantalla del celular.

Era un mensaje de un número suizo. El nombre del contacto no era "Sebastian". Era una sola letra: T.

El mensaje decía:

"Veo que finalmente conociste a mi esposa, hermanito. ¿Disfrutando de mis... bienes? Cuidala. Sigue siendo una Thorne, legalmente".

Isabella leyó las palabras una vez. Dos veces. No tenían sentido.

"Hermanitos". "Esposa". "Sigue siendo una Thorne".

Miró el rostro de Alexander. La furia ardía en sus ojos azules.

Y el mundo se rompió en mil pedazos.

—Oh... Dios... mío... —Isabella se dejó caer en la cama. Las piernas le fallaron. El pijama de algodón de repente se sintió helado contra su piel—. Dios mío, no.

—Dios no tiene nada que ver con esto —espetó él—. ¿"Ay, Dios mío, no"? ¿Recién ahora? ¿O cuando me mintió en la cara, en mi oficina?

—¡Yo no mentí! —gritó ella, el pánico dando paso a una defensa histérica—. ¡No mentí!

—¡¿NO MINTIÓ?!

El rugido la hizo saltar. Alexander dio un paso adelante y arrancó la laptop de Isabella (la de ella, la personal) de la mesa de noche.

—¡Me dijo que era un acuerdo! ¡Me dijo que no lo conocía! ¡Me dijo que la dejó plantada!

—¡Y ES VERDAD! ¡TODO ES VERDAD! ¡NUNCA LO VI!

—¡PERO SABÍA QUIÉN ERA! ¡Sabía que era un Thorne! ¡Sabía que estaba conectado a esta familia! ¡Sabía que Eleanor Vance... mi madre ... era su contacto!

Isabella quedó helada. — ¿Cómo...?

—¡No soy idiota, Rossi! ¿Creía que no sabía que usted y mi madre hablaban? ¿Que no sabía que ella le consiguió el préstamo en Vance? Lo toleré.

Pensé que era una pobre diabla a la que mi madre estaba ayudando. —Se lanzó hacia ella, parándose frente a ella.

Isabella tuvo que echarse hacia atrás—. ¡Pero todo este tiempo, usted no era una empleada desesperada! ¡Era la esposa de mi hermano! ¡Una Thorne!

¡Metida en mi oficina, manejando mis secretos, ejecutando mis planes!

La acusación la golpeó. Él creía que era un espía. Una espía de Sebastián.

-¡No! ¡Alexander, no! —Usó su nombre de pila. Un error. La furia en sus ojos se intensificó—. ¡Lo juro! ¡Lo juro por mi vida! ¡Eleanor me hizo prometer que nunca le diría! ¡Ella dijo que usted odiaba esa parte de la familia, que me despediría si sabía la conexión!

—¡Y TENÍA RAZÓN! ¡La habría echado al segundo!

—¡Por eso no dije nada! ¡Tenía miedo! ¡Usted mismo me lo dijo, estoy desesperada, necesitaba el trabajo!

Él la miró. El odio en su rostro era tan puro, tan absoluto, que Isabella sentía que la quemaba viva.

—Miedo —escupió él—. Usted no sabe lo que es el miedo.

Se pasó una mano por el pelo revuelto, un gesto tan humano, tan fuera de lugar en él, que la asustó más. Se estaba descontrolando. El rey de hielo se estaba derritiendo en lava.

—¿Y el divorcio? —preguntó él, su voz de repente mortalmente tranquila—. El papel que puso en mi escritorio . ¿Qué fue eso? ¿Una obra de teatro? ¿Para ganar mi confianza?

La sangre se le heló a Isabella.

—¿Qué? ¡No! ¡Es real! ¡Fui al Registro Civil! ¡Firme! ¡M-me hizo firmar una cláusula de silencio!

Alejandro la miró. Y luego, por primera vez, se río.

Fue el sonido más aterrador que Isabella había oído. No tenía humor. Era el sonido de algo rompiéndose.

—¿Una cláusula de silencio? —dijo él—. ¿Y usted la firmó? ¿Usted, mi investigadora estrella, la que destrozó a Acero Atlas? ¿Firmó un papel de Sebastian Thorne sin leer la letra chica?

—Qué... qué letra chica?

Alexander volvió a mirar su celular. Leyó el siguiente mensaje de Sebastián.

—"PD: Dile a Isa que sus abogados deberían haberle explicado mejor el proceso. El divorcio no se registra hasta que mi firma esté en el papel, hermanito. Y yo... todavía no he firmado. Sigo pensando si me gusta más como rubia o morocha."

El mensaje era una burla. Una broma sucia.

Pero el significado...

Isabella sintió que el suelo desaparecía.

—No... no. Smithson dijo... Kline dijo... dijeron que él lo firmaría . Que al final del día...

—¡Le mintieron, Rossi! ¡Le mintieron! —Alexander arrojó su propio celular contra el sofá de la suite de ella—. ¡Todo fue una trampa! ¡Una trampa de Sebastian para conseguir su firma en esa mordaza, para atarla legalmente al silencio, mientras él sigue teniendo el control total!




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