La cita del divorcio

Capítulo 12: El Amanecer Rojo

La palabra resonó en la habitación helada. Mío .

No lo dijo como un hecho. Lo dijo como una declaración de propiedad. Como un reclamo.

Isabella quedó paralizada, con la sábana apretada contra su pecho. El pijama de algodón se sentía como papel de lija. Estaba en la habitación de un hotel de lujo en Zúrich, siendo reclamada por el tirano que la había humillado, para luchar contra el fantasma que la había traicionado.

Y ambos eran hermanos.

El caos de esa revelación era tan absoluto que la dejó sin aliento.

Alexander la miró un segundo más.

La furia en sus ojos no había desaparecido, pero se había... enfocado. Ya no era la furia ciega de la traición; era la furia fría de un general que acababa de identificar al verdadero enemigo.

—El teléfono, Rossi.

La voz volvió a ser la del CEO. Cortante. Un látigo.

Isabella se movió por puro instinto. Sus piernas temblaban, pero obedecieron. Salió de la cama, arrastrando la sábana con ella por un segundo antes de soltarla, consciente de lo ridícula que se veía.

Se paró frente al teléfono de la suite, en su pijama, con el pelo revuelto, temblando de frío y de shock.

—¿Q-quién?

—Müller. El director que compramos. Ahora.

Ella marcó. Sus dedos eran torpedos. 3:32 am Estaba llamando a un ejecutivo alemán a las tres y media de la mañana.

Sonó una vez. Dos veces.

— ¿ Hola? —La voz de Müller era pastosa, aterrorizada. Una llamada del hotel del comprador a esta hora solo podía significar una cosa.

—Herr Müller, habla Isabella Rossi, la asistente del señor Vance.

Frau Rossi... ¿sabe qué hora es? ¿Pasó algo?

Isabella miró a Alexander. Él estaba parado en el umbral de la puerta de comunicación, una silueta oscura contra la luz de su propia suite.

—El señor Vance —dijo Isabella, su voz volviéndose firme, robótica— adelantó la reunión de las 9 am

Lo espera a las 7 am.

Aquí, en su suite.

¿Siete? ¡Das ist unmöglich! ¡Es imposible! ¡La junta... Frau Gessler... están en sus casas, durmiendo!

Alexander se acercó y, sin pedir permiso, le quitó el auricular de la mano. Su piel rozó la de ella. Estaba caliente. Ardía.

—Herr Müller —dijo Alexander, su voz un gruñido bajo y sedoso—. Usted ya está de nuestro lado. Me aseguré de eso ayer.

Así que deje de lloriquear y haga lo que le pagué por hacer.

Asegúrese de que el resto de esos dinosaurios incompetentes estén en mi suite a las 7 am.

O la oferta que hicimos por sus acciones, y el problema de su año, volverán a ser solo suyos .

¿ Fui claro?

Hubo un balbuceo aterrorizado al otro lado. Alexander colgó.

El silencio volvió a llenar la habitación.

—Están asustados —dijo él, más para sí mismo que para ella—. Bien.

Se giró. —Mi hermano cree que me tiene. Cree que está... —hizo un gesto hacia ella, hacia la situación—... esta farsa familiar me hará retroceder. Cree que temo al escándalo.

Sé río. De nuevo esa risa sin humor, que le erizaba la piel a Isabella.

—No entiende nada.

El escándalo es solo apalancamiento que aún no se ha usado.

Isabella lo miraba.

El hombre que la había humillado por "ser una distracción" estaba ahora parado en su dormitorio a las 3:30 am, descalzo, en pijama, planeando una guerra corporativa motivada por una venganza familiar.

— ¿Qué quiere que haga? —preguntó ella.

Su voz era apenas un susurro.

Él la miró. El cálculo en sus ojos era tan intenso que la hizo retroceder un paso.

—Quiero que se convierta en el arma que necesito que sea. —Cruzó el umbral, regresando a su propia suite, a la sala de estar principal—. Venga.

Isabella no lo pensó. Agarró su bata del respaldo de una silla y se la puso, atándosela con fuerza.

Metió los pies en unas pantuflas del hotel. Y lo siguió.

Cruzó la puerta de comunicación.

Eran las 3:45 am

La sala de estar de la Suite Presidencial estaba iluminada solo por las luces de la ciudad de Zúrich, que entraban a raudales por el ventanal. El lago era un espejo negro salpicado de diamantes.

Alexander no subió las luces principales.

Encendió la lámpara de la mesa de conferencias. Creó una isla de luz en medio de la oscuridad. Un cuartel de guerra.

—Él (Sebastian) cree que estoy comprometido —dijo Alexander, comenzando a caminar de un lado a otro.

Como un león enjaulado. La energía que salía de él era aterradora, magnética—. Cree que estoy distraído.

Cree que voy a dudar. —Se detuvo y la miró—. Vamos a hacer exactamente lo contrario.

Vamos a tomar Acero Atlas antes de que salga el sol.

—¿Cómo? La junta...

—La junta está en pánico. Müller los va a despertar. Van a venir aquí furiosos, sin preparación, desequilibrados.

Y nosotros —sonrió— vamos a estar listos.

Fue al teléfono.

Llamó a Aida, la azafata del jet.

— Soy Vance. Despiértese.

La necesito en mi suite en diez minutos.

Y traiga café.

Todo el café Kenia que tenga. Y agua. Litros de agua

Isabella se dio cuenta: él la tenía a ella, pero también tenía a su propio personal de guardia en el mismo hotel.

Él nunca estuvo sin su ejército.

—Rossi. —El tono volvió a ser el del jefe—.

Anoche encontramos la debilidad de Müller.

Pero no es suficiente. Quiero a los otros dos. Baumann, el director financiero. Y Gessler, la presidenta de la junta.

—Señor, son las 4 am..

—¡Y Sebastián cree que estamos durmiendo! —gritó él.

La explosión la hizo saltar—.

¡Deje de decirme la hora y haga su trabajo!

¡Él me declaró la guerra, Rossi!

¡Y yo no pierdo!

Isabella se sentó a la mesa de vidrio. Abrio su computadora portátil. Sus manos temblaban, pero no de miedo. Era adrenalina. Una adrenalina oscura, fría, que le resultaba familiar. La misma que sintió al redactar el informe de Acero Atlas.




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