La cita del divorcio

Capítulo 13: El Dueño de la Correa

El silencio.

Fue lo primero que tocó a Isabella. Un silencio tan absoluto, tan pesado, que pareció absorber el sonido de su propio corazón.

Sebastián Thorne.

El fantasma. El cobarde. El hombre que había poblado sus pesadillas durante dos años.

Y no era un monstruo.

Eso era lo peor. No era una criatura deforme, ni un anciano decrépito. Era...hermoso.

De una manera que la enfermó.

Donde Alexander era una escultura de hielo y granito, tallada con líneas duras y una intensidad que quemaba, Sebastian era una pintura renacentista.

Cabello castaño claro, con reflejos dorados que el sol del amanecer de Zúrich captaba. Ojos azules, sí, los mismos ojos de la familia, pero donde los de Alexander eran una tormenta ártica, los de Sebastian eran un lago de verano... superficial, encantador y probablemente lleno de pirañas.

Su traje era italiano, suave, de un color beige que ningún hombre de negocios como Alexander usaría.

Y su sonrisa... esa sonrisa perezosa, arrogante y absolutamente segura de sí misma, era el arma más letal que Isabella había visto.

Era la sonrisa de un hombre que nunca había trabajado un día en su vida, pero que era dueño de todo.

"Solo venía a buscar a mi esposa."

Las palabras seguían flotando en el aire.

Frau Gessler, la Dama de Hierro, parecía haber visto un fantasma. Baumann, se había puesto de un color gris verdoso. Müller, el comprado, solo miraba el suelo, como si deseara que se lo tragara.

Sebastián los ignoró.

Su atención estaba fija en una sola persona.

En ella.

Dio un paso dentro de la suite. Sus zapatos de cuero, color caramelo, no hacían ruido en la alfombra gruesa.

—Isabella, querida. —Su voz era suave, con ese acento que mezclaba el inglés americano de élite con algo... europeo.

El acento del dinero viejo—.

Oh Isa , ¿no? Así te llama mi madre.

El golpe fue quirúrgico.

En una frase, le había dicho a toda la sala:

Ella es mía.

Estoy en contacto con la matriarca, Eleanor.

Ustedes y mi hermano están fuera de este círculo.

Se giró hacia la junta, su sonrisa ampliándose, como un gato que acaba de llegar a tres canarios.

—Mil disculpas, damas, caballeros. —Hizo un gesto de saludo, encantador—.

Asuntos familiares. Mi hermano pequeño...

—dio una palmadita condescendiente en el aire en dirección a Alexander—

...a veces se olvida de las prioridades.

El trabajo, el trabajo, el trabajo.

Es agotador, ¿no?

Gessler balbuceó algo.

Sebastián se volvió a centrar en Isabella.

Y comenzó a caminar hacia ella.

No miró a Alexander. Lo borró. Lo tratado como un mueble más de la suite.

—Isa, querida, ¿hiciste las valijas? —Se detuvo a dos metros de ella—. Nos vamos.

Zúrich es mucho más lindo cuando no estás trabajando con... él .

El desprecio en esa última palabra fue tan casual, tan profundo, que Isabella sintió que la temperatura de la habitación bajaba diez grados.

Y entonces, Alexander habló.

—Sebastián.

Fue una sola palabra.

No fue un grito. No fue un gruñido. Fue un bloque de hielo.

El sonido detuvo a Sebastián en seco.

El encanto en el rostro de Sebastián vaciló. Solo una fracción de segundo. La sonrisa volvió, pero esta vez, era más afilada.

-Alex. Hermanito.

Ahí estás. —Se giró lentamente—.

Qué maleducado de mi parte, no saludarte en tu propia... ¿cómo se dice? ¿Guarida?

—Estás interrumpiendo una reunión de negocios —dijo Alexander. Que seguía quieto. Una estatua de furia contenida.

Sebastián río. Una risa ligera, burbujeante.

—¡Negocios! ¡Alex, por favor! —Señaló a la junta—. Estás jugando a ser CEO con esta gente rota.

Es adorable. ¿Pero no ves lo que estás haciendo?

Estás usando a mi esposa como tu...

¿qué? ¿Secretaria? Es un poco... patético, ¿no crees?

—Ella es mi asistente personal —declaró Alexander, su voz plana.

—Es mi esposa —replicó Sebastian, la sonrisa desapareciendo.

El encanto se estaba desvaneciendo, revelando la víbora debajo—.

Y según la ley suiza, y la de Illinois, ya que estamos... lo que es de ella, es mío.

Y lo que es mío... bueno.

Sus ojos azules, tan parecidos y tan diferentes a los de Alexander, barrieron a la junta.

—Imaginen el conflicto de intereses, Frau Gessler. El hermano renegado tratando de comprar una compañía en la que nuestra familia, la verdadera familia Thorne, tiene intereses.

¿Y usando a la esposa del heredero principal para hacerlo?

Es... sucio. Incluso para ti, Alex.

Allí estaba. La estrategia. Sebastián no venía a rescatarla.

Venía a destruir el trato. Venía a humillar a su hermano en el escenario más público posible.

El mensaje de las 3 am no fue la declaración de guerra.

Fue el aviso. Esto era la invasión.

Isabella sintió que la miraban.

Los tres miembros de la junta. Alexander y Sebastián.

Ella era el centro. La bomba. El "conflicto de intereses".

—Vamos, Isa. —Sebastián dio el último paso.

Estaba tan cerca que ella podía oler su colonia. Era ligera, cítrica y algo dulce.

Completamente opuesta al olor a maderas y poder de Alexander.

Extendió una mano hacia ella. Una mano impecable, con un reloj de oro que costaba más que su deuda entera.

—Dejemos que los adultos de verdad hablen de Acero Atlas.

Vos y yo tenemos que... ponernos al día. Dos años es mucho tiempo.

La mano quedó flotando en el aire entre ellos.

El mundo se detuvo.

Isabella miró esa mano.

Era la mano que debería haberla tomada en el altar.

Era la mano que debería haber firmado los papeles del divorcio.

Era la mano que la había dejado sola, humillada, en una iglesia vacía. Era la mano que, dos años después, la había engañado para que firmara una mordaza, mientras la mantenía legalmente atada a él.




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