La cita del divorcio

Capítulo 15: La Jaula de Oro

La mano de Alexander cubría la de ella.

"...no se cierra. Nunca."

Sus dedos eran largos, calientes. Su calor se transfería a la piel helada de Isabella. Estaba atrapada. Su mano, en el picaporte dorado, era el punto de conexión. Su cuerpo, detrás de ella, era un muro de calor y poder. Su aliento, en su oído, era una sentencia.

Terror.

Un terror tan puro, tan primitivo, que le borró los pensamientos. Estaba paralizada. Era la presa, y el depredador le estaba explicando, con una calma aterradora, los barrotes de la nueva jaula.

—¿Está claro?

La voz era un murmullo. Seda áspera.

Isabella no podía hablar. El aire no le llegaba a los pulmones. Solo pudo asentir. Un movimiento diminuto, espasmódico.

—Usa tus palabras, Isabella.

Su nombre de pila. De nuevo. Un golpe.

—Sí... —su voz era un graznido. Carraspeó—. Sí, señor. Está claro.

Él no se movió. Siguió allí, un segundo más. Sosteniendo su mano. Sosteniéndola a ella . Asegurándose de que la rendición fuera total.

Luego, como si nada hubiera pasado, retiró su mano. El calor desapareció.

Dio un paso atrás.

Isabella casi se cae de bruces cuando la presión desapareció de su espalda. Se aferró al picaporte para no colapsar.

—Tiene tres horas —dijo él. Su voz era el tono del CEO otra vez. Fría, de negocios—. El resumen de la transición de Acero Atlas. Y empaca. El jet sale a las 11:30 am, hora de aquí.

Se dio vuelta y caminó hacia la sala de estar principal de su propia suite, donde estaba la mesa de conferencias.

Como si no acabara de desmantelar el mundo de ella.

—Señor...

Él se detuvo, pero no se giró. —¿Qué?

—Puedo... —su voz temblaba de humillación— ...puedo cerrar la puerta... ¿para cambiarme?

Hubo un silencio.

—Diez minutos —dijo él, sin mirarla—. Luego, abierta. Como acordamos.

Y siguió caminando.

Diez minutos.

Isabella cruzó el umbral hacia su habitación.

Cerró la puerta. Y por un acto de desafío que la sorprendio a sí misma, giró el pestillo.

El clack del cerrojo sonó como un disparo en la suite silenciosa.

Se apoyó contra la madera.

Temblaba.

No de frío.

De una furia impotente.

¡Diez minutos! ¿Quién era él?

Era el hombre que acababa de salvarla (¿o reclamarla?) del hermano que la había traicionado. El hombre que, en un giro enfermo, era ahora su única protección contra la "correa" de la que Sebastián había alardeado.

Era su dueño. De una forma u otra, siempre tuvo un dueño. Primero su padre, luego Sebastian (en el papel), ahora Alexander.

No perdió el tiempo. Corrió al baño. Se encerró allí.

Se miró en el espejo.

Era un desastre.

La "máquina de guerra" de las 7 am se veía como una sobreviviente de un bombardeo. Ojos rojos, el moño tirante aflojado por la adrenalina, la piel pálida.

Se desnudó y se metió bajo la ducha. El agua hirviendo fue un shock.

Lloró.

Lloró por todo.

Por la humillación de la boda.

Por la mentira de Sebastián.

Por la traición de la firma.

Por el miedo a Alexander.

Lloró por la "correa" y por la "puerta abierta".

Lloró por la chica ingenua que había sido, la que creía que un título en finanzas y trabajar duro era suficiente.

Lloró dos minutos.

Luego, cerró el grifo.

El llanto era un lujo.

Era una debilidad.

Y Alexander odiaba las debilidades.

Se secó. Se vistió. La armadura. La misma falda negra, la misma blusa blanca. El "uniforme".

Salió del baño. Miró la puerta de comunicación. El pestillo seguía puesto.

Tengo que abrirlo .

Su mano tembló. Odiaba esto. Odiaba su cobardía. Odiaba su obediencia.

Pero más odiaba a Sebastian.

giró el pestillo.

Abrió la puerta.

Él estaba sentado en la mesa de conferencias, hablando por teléfono en alemán, con el auricular puesto.

Levantó la vista cuando ella apareció en el umbral.

Ella lo miró. Él la miró…

Bienvenida de vuelta,

Ella no dijo nada.

Se sentó en su propia suite, en el escritorio pequeño, dejando la puerta abierta.

El espacio entre ellos era ahora territorio compartido.

Podía oír cada palabra que él decía. Cada matiz de su voz. Era... expuesta. Íntimo. Y aterrador.

Se obligó a trabajar.

El resumen de Acero Atlas.

Los números, las cifras, la logística de la transición de poder.

La "máquina" se encendió. Era su refugio. Mientras estaba en los números, no estaba en esa habitación.

A las 11:00 am, él colgó su última llamada. El silencio llenó el espacio.

—Rossi.

Su voz cruzó el umbral.

—¿Señor? —dijo ella, levantándose.

—El informe.

Camino. Cruzó la puerta abierta.

Entró a la suite de él. Le entregó la tableta.

Él la leyó. Sus ojos volaron.

—Conciso. Eficiente. Bien.

Un botón apareció en la puerta principal.

Aida lo supervisaba. El equipaje.

—Vámonos —dijo Alexander, guardando su laptop.

El viaje en el Maybach al aeropuerto fue en un silencio de tumba.

Isabella miraba por la ventana. Zúrich.

La ciudad de los Thorne.

Hermosa, limpia, y ahora, para ella, el escenario de la peor revelación de su vida.

Alexander miró su celular. No trabajaba. Solo miraba la pantalla.

¿Estaba esperando otro mensaje de Sebastián?

El jet estaba listo. Blanco, elegante, la "V" brillando bajo el sol suizo.

Subieron la escalera.

El mismo lujo color crema. El mismo olor a cuero y poder.

Isabella, por costumbre, fue a sentarse en la butaca de enfrente. La misma que había ocupado en el viaje de ida.

-No.

La voz de él la detuvo.

Ella se giró. Él ya estaba sentado. En el mismo lugar que antes. Pero esta vez, su portafolio no estaba en el asiento de al lado.

Él dio una palmada suave en el cuero crema de la butaca contigua a la suya.




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