La cita del divorcio

Capítulo 19: La Espía de Mi Madre

El portarretratos se sintió como un bloque de hielo en su mano.

El silencio en la habitación del Ala Este era absoluto, denso.

El único sonido era el murmullo lejano del sistema de ventilación y el latido de su propio corazón, que golpeaba con fuerza contra sus costillas.

Alexander estaba parado en el umbral.

Inmóvil.

Una estatua de furia helada.

Su mirada no estaba en Isabella.

Estaba clavada en la foto. En la sonrisa de su madre. En la risa de Isabella.

—"¿Cuántas otras... omisiones... has estado guardando?"

La pregunta seguía vibrando en el aire.

Isabella no podía respirar. Trató de hablar, de explicar. Las palabras no salían.

Él dio un paso dentro de la habitación. Luego otro.

Se movió con una lentitud deliberada, depredadora, que la aterrorizó más que cualquier grito. Se detuvo frente a ella. Tan cerca que el costoso traje de él rozaba las cajas de cartón de la vida pasada de ella.

Lentamente, levantó la mano.

Isabella se encogió por instinto.

Él no la tocó. Con una precisión quirúrgica, tomó el portarretratos de plata de sus dedos temblorosos.

El contacto fue gélido.

Apartó la foto y la miró bajo la luz del sol que entraba por el ventanal. Sus ojos azules escanearon la imagen. Su mandíbula estaba tan apretada que Isabella oyó el crujido de sus dientes.

— ¿Cuándo? —Su voz era un murmullo. Apenas audible, pero cortaba como un diamante.

—Hace... hace un año —logró susurrar Isabella—. En Navidad.

—Un año. —Repitió la palabra. No sonaba a tiempo. Sonaba a sentencia—. Un año entero.

—Señor, usted...

—"Señor"? —Se río. La risa fue un soplido seco, horrible—. ¿Todavía con eso? ¿Después de esto?

Sostuvo la foto.

—"Familia"? ¿Eso es lo que son?

-¡No! Es... ella... ella fue amable conmigo...

—"Amable". —Alexander probó la palabra como si fuera veneno—. ¿Y yo qué fui, Isabella? ¿El tirano? ¿El carcelero? ¿Mientras ella era la salvadora?

—¡Usted no entiende!

-¡NO! —El rugido la hizo saltar hacia atrás, chocando contra la pila de cajas—. ¡Usted no entiende!

Se abalanzó. No la tocó, pero invadió su espacio, atrapándola. Sus ojos eran dos llamas de hielo.

—¡Yo creía que era una espía de Sebastián! ¡Creía que eras la esposa-fantasma enviada por mi padre! ¡Qué idiota! ¡Qué ciego!

—¡No soy una espía!

—¡Lo sos! ¡Pero no sos la de él! —Golpeó la foto con el dedo—. ¡Sos la de ella !

Isabella quedó helada. —¿Qué?

—¡Mi madre! —escupió el nombre—. Jugando el mismo juego sucio que mi padre.

¡El mismo! Él usa a Sebastián. Ella... te usa a ti.

El mundo de Isabella se inclinaba. La lógica de él era tan retorcida, tan paranoica... y, sin embargo, desde su perspectiva, tenía un sentido aterrador.

—¡Eso no es verdad!

-¿No? —Se lanzó hacia ella—.

¡Ella te consiguió el trabajo! ¡Ella te consiguió el préstamo! ¡Ella te "protegió"! ¡Y a cambio de qué, Isabella! ¿A cambio de qué?

—¡De nada! ¡Solo...

—¡A cambio de información! ¡A cambio de tener un par de ojos dentro de mi oficina! ¡Un par de ojos que no eran de Thorne, sino de Vance! ¡Ella me estaba espiando! ¡Mi propia madre!

Isabella sintió que la rabia reemplazaba al miedo.

Esto no era justo.

Estaba profanando la única relación pura que le quedaba.

—¡Usted está enfermo! —gritó ella, las lágrimas de furia quemándole los ojos—.

¡Está tan retorcido por el odio a su familia que no puede ver la verdad!

—¿La verdad?

¡Muéstrame la verdad, entonces! ¡Muéstrame la verdad en esto ! —agitó la foto.

—¡La verdad es que su hermano me dejó plantada en una iglesia llena de lirios y vacía de gente! ¡La verdad es que mi padre se desmayó en esa iglesia! ¡Y la verdad es que la única persona en todo ese maldito edificio que me miró con algo que no fuera lástima o desprecio fue ELLA!

Isabella estaba temblando, las lágrimas rodando por sus mejillas. El dique se había roto.

—¡Me abrazó! —sollozó—. Una desconocida. Me abrazó mientras mi vida se hacía pedazos. ¡Perdí a mi madre cuando era chica! ¡Y esa mujer, en el peor día de mi vida, fue la única madre que tuve!

El silencio volvió. Esta vez, fue un silencio aturdido.

Alexander la miraba. Su furia había flaqueado, reemplazada por... algo que Isabella no podía descifrar. ¿Confusión? ¿Choque?

Él no había esperado la verdad emocional.

Él esperaba una estrategia. Esperaba espionaje, dinero.

No esperaba... amor.

La vulnerabilidad de ella, la confesión cruda y dolorosa, lo había desarmado.

Él retrocedió un paso. Miró la foto de nuevo. Esta vez, vio lo que Isabella decía. Vio la sonrisa genuina de su madre. Vio la risa rota de Isabella.

Se dio vuelta. Le dio la espalda. Camino hacia el ventanal de la habitación de ella.

—Ella sabía... —murmuró él—. Sabía lo que mi padre y Sebastián estaban haciendo.

—Sabía que eran crueles —dijo Isabella, su voz rota—.

Me hizo prometer que nunca le diría la verdad.

Alexander se giró lentamente. La máscara de hielo volvió a su lugar, pero esta vez, Isabella vio las grietas. Vio al hombre debajo. Y estaba sufriendo.

—¿Proteger? ¿Te dijo que era para protegerme a mí ?

—Dijo que... si usted se enteraba de la conexión con Sebastian... me echaría. Y que yo...

—¿Que usted qué?

—...que yo era la única persona allí dentro que no le debía lealtad a su padre.

Alexander cerró los ojos. La traición era real. Pero no era la que él pensaba.

—Así que es verdad. —Abrió los ojos. El dolor se había ido. El hielo estaba de vuelta. Más duro que antes—. Una espía. Tal como lo dije.

—¡No! ¡Una aliada!

—¡Una espía! —repitió él—. Mi madre. Jugando su propio juego de tronos. Usándote como su peón.

»Y tu ... —la señaló—... eres tan ingenua que te creíste la historia de la "madre sustituta". Te compro con afecto, la moneda más barata de todas.




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